Capítulo 17: Juego de Provocaciones

1287 Words
**Punto de vista de Alice** El sol de Río ya empezaba a bajar, pero el calor seguía pegándome como un amante posesivo, el sudor resbalándome entre las tetas y haciendo que el vestidito corto de algodón se me pegara al cuerpo como una puta promesa. Caminábamos por las calles empedradas de Ipanema, yo balanceando las caderas a propósito, sandalias resonando contra el piso, y Dere atrás como una sombra negra que no se despegaba ni un segundo. El almuerzo había sido tranquilo —demasiado tranquilo para mi gusto—, y yo ya estaba harta de ese silencio de mierda que él usaba como arma. Necesitaba joderlo. Necesitaba que reaccionara. Porque si no, me iba a volver loca yo sola. Me paré de golpe en medio de la vereda, giré sobre mis talones y quedé frente a él, tan cerca que casi le rozaba el pecho con el mío. El olor a mar y a su colonia barata me golpeó como un puñetazo. — ¿Sabes qué, Dere? —le solté con esa sonrisa de mierda que sabía que lo volvía loco, cruzando los brazos bajo las tetas para que viera lo que se perdía—. Creo que te hace falta un poco de diversión en la vida. Estás todo el día con esa cara de culo, como si el mundo te debiera algo. ¿O es que conmigo te pones así de aburrido? Él ni se inmutó, brazos cruzados sobre ese pecho que me tenía loca, ojos oscuros clavados en los míos como si me estuviera leyendo el alma. — Y creo que tú estás disfrutando demasiado jodiéndome la existencia, Alice. ¿No te cansas nunca? Reí fuerte, echando la cabeza atrás, el cabello rubio cayéndome por la espalda como una cascada. — ¿Cansarme? ¡Jamás, grandote! Me divierte verte ahí, tieso como un poste, fingiendo que no te pongo cachondo cada vez que me miras el culo. Porque lo haces, ¿verdad? Te he pillado mil veces. Ese “pequeño problema” que se te marca en los pantalones cuando crees que no miro. Él levantó una ceja, pero vi cómo se le tensaba la mandíbula, esa vena saltando en el cuello como si estuviera conteniendo un volcán. — ¿Mi pequeño problema? Ilumíname, princesa. Porque lo único que veo aquí es a una niñita malcriada que no sabe cuándo parar. Me acerqué más, tanto que sentí su calor y el bulto de su pecho subiendo y bajando rápido. Bajé la voz, juguetona, venenosa. — Tu problema es que te pongo dura cada vez que me acerco, Dere. Cada vez que me doblo, que me río, que te miro como si quisiera comerte vivo. Y tú ahí, fingiendo que eres de hielo, cuando los dos sabemos que te mueres por arrancarme este vestido y follarme contra la primera pared que encontremos. Él dio un paso, acorralándome contra la pared de un local cerrado, manos a ambos lados de mi cabeza, tan cerca que sentí su aliento en mi boca. — ¿Eso crees, Alice? ¿Que me pones duro? Claro que sí, carajo. Me pones como una piedra cada vez que abres esa boca o mueves ese culo. Pero no soy uno de tus juguetes ricos que se babean por ti. Yo controlo. Yo decido cuándo y cómo. Y cuando lo haga… no vas a poder caminar en una semana. Tragué saliva, el coño palpitándome como loco, pero no me rendí. Sonreí, lenta, malcriada. — ¿Controlas? Qué lindo. Porque yo veo a un hombre que se muere por tocarme y no se atreve porque papá te paga. ¿O es que tienes miedo, soldado? ¿Miedo de que te guste demasiado y no puedas parar? Él soltó una risa baja, oscura, que me vibró en el pecho. — Miedo no, Alice. Tengo órdenes. Pero si sigues provocándome así, un día esas órdenes se van a la mierda. Y cuando eso pase, te voy a follar hasta que olvides tu nombre, hasta que ruegues que pare y después ruegues que siga. ¿Eso quieres oír? Me mordí el labio, sintiendo el calor subirme por todo el cuerpo. — Sí, quiero oírlo. Quiero que lo digas mirando a los ojos. Que admitas que te mueres por meterme mano, por besarme, por hacerme gritar. Porque yo también me muero, Dere. Me muero por verte perder el control de una puta vez. Él se quedó callado un segundo, ojos oscuros ardiendo, y por primera vez vi que el muro se agrietaba. — Cuidado con lo que deseas, Alice. Porque cuando lo tenga, no va a haber vuelta atrás. Y se apartó, dejándome temblando contra la pared, el coño mojado y la cabeza hecha mierda. Me reí, nerviosa, malcriada. — ¿Ah sí? Pues yo deseo que lo hagas ya, cabrón. A ver si cumples o sigues hablando mierda. Él me miró por encima del hombro, sonrisa torcida. — Pronto, princesa. Muy pronto. Y seguimos caminando, pero el aire entre nosotros ya no era el mismo. Estaba cargado. Eléctrico. Y yo sabía que el juego acababa de subir de nivel. **Punto de vista de Dere** Joder. Esa mujer me estaba volviendo loco de verdad. Caminaba delante de mí balanceando las caderas como si supiera exactamente lo que me hacía, y yo atrás como un idiota con la polla dura y la cabeza hecha mierda. Cada palabra suya era una bala directa a mi control, y yo… yo ya no sabía cuánto más iba a aguantar. Ella se paró de golpe y me encaró, ojos galanos brillando con esa malicia que me ponía como loco. — ¿Sabes qué, Dere? Creo que te hace falta un poco de diversión en la vida. Estás todo el día con esa cara de culo. Y ahí empezó otra vez. La jodía con su boca sin filtro, provocándome, pinchándome, hasta que sentí que iba a explotar. — ¿Incomodidad? No sé de qué hablas, me parece que te diviertes un montón, ya me di cuenta de tu pequeño problema. Pequeño problema. La muy cabrona. Quise reír y follarla al mismo tiempo. — ¿Mi pequeño problema? Ilumíname, princesa. Y ella, sin cortarse, acercándose tanto que sentí su perfume y su calor. — El problema es que te veo igual de distraído cuando me miras… ¿O tal vez te estás esforzando mucho por no ver lo que hay frente a ti? Joder. Quise agarrarla ahí mismo, contra la pared, y callarle esa boca con la mía. Pero me contuve. Apenas. — Tú siempre tan directa, ¿eh? Ella rió, ese sonido que me ponía la piel de gallina. — ¿Qué puedo decir? Me gusta ver cómo te descontrolas un poquito. Y ahí fue cuando perdí un poco el control. La acorralé, manos a ambos lados de su cabeza, voz saliendo ronca. — Lo que pasa, Alice, es que… eres una persona imposible. Ella sonrió, ojos brillando. — ¿Imposible? Oye, te estoy haciendo un favor, ¿sabías? Al menos estoy sacudiendo tu aburrida rutina. Me crucé de brazos, intentando no mirarle las tetas que subían y bajaban rápido. — ¿Ah sí? Y ¿qué tal si te digo que lo que realmente está pasando es que… te estás divirtiendo más que yo? Ella se sonrojó un segundo —solo un segundo— y lo disfrazó con esa sonrisa de reina malcriada. — Quizás. Pero nadie tiene que saberlo, ¿verdad? Y nos quedamos mirando, el aire tan pesado que casi se podía cortar. Porque los dos sabíamos que esto ya no era juego. Era fuego. Y uno de los dos iba a quemarse primero. Yo solo rezaba para que no fuera yo. Pero joder… con ella, ya estaba perdiendo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD