Capítulo 16: Atracción Bajo el Sol

908 Words
**Punto de vista de Alice** El sol de Río me pegaba como un hijo de puta esa mañana, quemándome la piel y haciendo que el bikini blanco con detalles dorados se me pegara al cuerpo como si quisiera follarme él mismo. Me levanté temprano, me miré en el espejo de la suite y me gusté: tetas firmes, culo alto, cabello rubio en ondas deshechas como si acabara de salir de una follada salvaje en la playa. Perfecta para joderle la existencia a Dere. Porque eso era lo que hacía ahora: joderlo. Día tras día. Y él… él me dejaba con las ganas, el muy cabrón. Salí de mi habitación descalza, el piso frío del pasillo erizándome la piel, y fui directo a su puerta. Golpeé fuerte, tres veces, como si estuviera llamando a un delincuente. — ¡Abre, Dere, carajo! ¡No me hagas esperar! La puerta se abrió de golpe y ahí estaba él… joder. En boxers negros, nada más. Torso desnudo, tatuajes cubriéndolo todo como una puta obra de arte oscura, músculos marcados por años de guerra y gimnasio, esa V que bajaba hasta perderse en la tela y me dejó la boca seca. Me quedé mirando como una idiota un segundo, tragando saliva, antes de recuperar mi actitud de reina malcriada. — ¿Qué mierda haces durmiendo todavía? —le solté, cruzando los brazos bajo las tetas para que viera lo que se perdía—. Vamos a la playa, grandote. Hoy me da la gana broncearme y tú vienes, porque sin ti no salgo, ¿recuerdas las órdenes de papá? Él me miró de arriba abajo, lento, como si me estuviera follando con los ojos, y su voz salió ronca, recién despertada, peligrosa. — ¿En bikini a las ocho de la mañana? ¿Quieres matar a alguien o solo joderme a mí? Sonreí, dando un paso adentro sin pedir permiso, rozándole el pecho con el hombro al pasar. — Las dos cosas, soldado. Ahora vístete o te llevo así. Me da igual si la mitad de Río ve lo que te traes entre las piernas. Él cerró la puerta de un golpe, quedándose ahí parado, tan cerca que sentí su calor y ese olor a hombre recién levantado que me mareaba. — Cuidado con lo que provocas, Alice. Porque un día de estos te tomo la palabra y no va a ser para broncearte. Me giré, mirándolo fijo, el coño palpitándome solo con su voz. — ¿Amenazas o promesas, Dere? Porque hablas mucho para alguien que solo mira. Él dio un paso, acorralándome contra la pared sin tocarme, solo con su cuerpo enorme y esa mirada que me quemaba. — Cuando te toque, Alice, no vas a poder hablar. Vas a estar demasiado ocupada gritando mi nombre. Y se apartó, agarrando una camiseta negra del respaldo de la cama y poniéndosela lento, como si supiera que lo estaba mirando como una puta en celo. En la playa el calor era criminal. La arena quemaba, el mar brillaba como un espejo roto, y yo caminaba delante con el pareo semitransparente, sintiendo sus ojos clavados en mi culo con cada paso. Nos sentamos en unas tumbonas VIP, yo me unté bronceador lento, muy lento, pasándome las manos por las tetas, el estómago, los muslos, sabiendo que él miraba. — ¿Me echas en la espalda o sigues fingiendo que no te pones duro viéndome? —le solté, tirándole el frasco. Él lo agarró al vuelo, voz ronca. — Date la vuelta, princesa. Y abre bien las piernas si no quieres que te queme el sol. Me giré boca abajo, desaté el top del bikini y dejé las tetas aplastadas contra la tumbona. Sentí sus manos grandes, callosas, frías por el bronceador, deslizándose por mi espalda, bajando hasta el borde del culo, rozando apenas la tela. — Joder, Dere… ¿siempre eres tan profesional o solo conmigo te tomas licencias? —gemí bajito, sin poder evitarlo. Sus dedos se detuvieron un segundo en la curva de mi culo. — Profesional hasta que dejes de provocarme, Alice. Pero si sigues moviéndote así… te juro que te follo aquí mismo y que se jodan los testigos. Me mordí el labio tan fuerte que casi sangré. — Hazlo, cabrón. A ver si cumples algo de lo que hablas. Él se inclinó, aliento caliente en mi oreja. — No aquí. No así. Cuando te folle, vas a ser solo mía. Sin público. Sin juegos. Solo tú gritando debajo de mí hasta que olvides tu puto nombre. Y se levantó, dejándome temblando, mojada, con el coño latiendo como loco. En el desayuno del restaurante de la playa pedí jugo de maracuyá y frutas, él solo café n***o. El silencio era pesado, cargado. — ¿Sabes, Dere? —dije de repente, mirándolo fijo—. Creo que eres mucho más interesante de lo que pensaba. Él levantó la vista, ojos oscuros clavados en los míos. — ¿Interesante? ¿O solo te pones mojada porque no te doy lo que quieres? Sonreí, lenta, malcriada. — Las dos cosas, soldado. Pero cuando me des lo que quiero… vas a rogar tú. Él se inclinó sobre la mesa, voz baja y cruda. — Cuando te dé lo que quieres, Alice, no vas a poder caminar. Y vas a rogar que no pare nunca. Y pagó la cuenta, dejándome temblando otra vez. Río me estaba quemando viva. Y no era el sol. Era él.
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