**Punto de vista de Dere**
El puto helicóptero rompió la noche como un trueno, las hélices cortando el aire mientras descendía al techo del hospital. Yo estaba apoyado contra la pared del pasillo, con la espalda jodiéndome, el costado ardiendo como si me hubieran metido un hierro caliente, sangre pegajosa empapándome la camisa negra. Cada respiración era una puñalada, pero me importaba una mierda. Solo quería saber si ella seguía viva.
Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaban: Maximiliano y Alicia Salvaterra bajando como un puto huracán. Alicia cojeaba todavía por la herida de la bala, pero caminaba rápido, cara pálida y ojos rojos. Maximiliano con su traje n***o impecable, cara de piedra pero los puños cerrados como si quisiera romper el mundo.
— ¿Dónde está mi hija? —ladró Maximiliano nada más entrar, voz que hizo que las enfermeras se encogieran.
Una enfermera joven, temblando, señaló el pasillo.
— En cirugía, señor. Estado crítico.
Maximiliano la miró como si quisiera matarla.
— ¿Y el maldito que causó esto?
Nadie contestó. Porque nadie sabía todavía. Pero yo sí. Esto no fue accidente. Fue un mensaje.
Alicia me vio y se acercó rápido, ojos llenos de lágrimas.
— Dere… ¿qué pasó? ¿Dónde está mi niña?
Tragué sangre, voz ronca.
— Nos embistieron a propósito, señora. Alguien quiso matarla.
Ella se tapó la boca, lágrimas cayéndole.
Maximiliano se giró hacia mí, ojos oscuros ardiendo.
— ¿Cómo carajos dejaste que pasara esto, Ferrel?
Apreté los dientes, el dolor subiéndome por el costado.
— No lo dejé, señor. Lo intenté. Pero fueron rápidos.
Él dio un paso, tan cerca que sentí su aliento.
— Si mi hija muere… más te vale estar muerto también.
No respondí. Porque en el fondo sabía que tenía razón. Si Alice moría, yo no quería seguir respirando.
Cristina y Rebeca llegaron corriendo, caras desencajadas, Cristina con el pelo revuelto y Rebeca llorando ya.
— ¡Dere! —gritó Cristina, parándose frente a mí—. ¡Dios, estás lleno de sangre!
Rebeca me miró horrorizada.
— ¿Tú estás bien? ¡Estás pálido, coño!
Un médico se acercó rápido, bata blanca manchada, cara seria.
— Usted también necesita atención. Esa herida es profunda.
— Estoy bien —gruñí, apretando más el costado, sangre filtrándose entre mis dedos.
— No lo estás, cabrón —insistió el médico, llamando a dos enfermeros—. ¡Camilla aquí, ahora!
No puse resistencia. Me dejaron caer en la camilla, el dolor explotándome cuando me movieron, pero mi mirada seguía clavada en la
puerta roja del quirófano.
### Capítulo XX: El fuego que no se apaga
**Punto de vista de Dere**
Las luces del hospital eran una mierda fría, blancas y crueles, que me taladraban los ojos como cuchillas. Yo estaba sentado en una camilla de mierda, con el abdomen vendado y un dolor que me subía hasta la garganta cada vez que respiraba, pero no sentía nada comparado con el puto nudo que tenía en el pecho. Alice seguía en quirófano. Horas. Horas de mierda esperando, con la sangre seca en las manos y la cabeza dándome vueltas.
Maximiliano Salvaterra estaba a unos metros, teléfono en la oreja, cara de piedra pero los ojos ardiendo como carbones. Alicia lloraba bajito en una silla, abrazándose a sí misma, y yo solo podía pensar en una cosa: si Alice no salía de esa, yo no salía vivo de aquí.
Vi cómo Maximiliano colgó el teléfono y se acercó, pasos pesados, traje impecable aunque la noche lo había jodido a él también.
— Sabemos quién fue —soltó bajo, voz fría como un cuchillo recién afilado.
Me enderecé, ignorando el tirón en el costado.
— Moncada.
Él asintió, ojos oscuros clavados en los míos.
— El vehículo estaba a nombre de una empresa fantasma que lleva su olor. En los bajos fondos ya se habla. El hijo de puta quiere mi cabeza… y la de mi hija.
Sentí la rabia subirme como bilis, caliente, amarga.
— Ese cabrón… —gruñí, puños cerrándose solos—. ¿Qué quiere hacer?
Maximiliano se acercó más, voz bajando hasta que solo yo la oí.
— Quiero que lo vigiles. Cada paso, cada llamada, cada puta respiración. Quiero saber con quién come, con quién folla, dónde caga. Sus aliados, sus deudas, sus miedos. Todo. Y cuando tengamos suficiente… —sus ojos se oscurecieron como la noche— lo hacemos pagar. Lento. Doloroso. Hasta que ruegue.
Asentí lento, la rabia quemándome por dentro.
— Considéreme dentro, señor. Ese hijo de puta tocó lo que no debía. Y yo no perdono.
Él me miró un segundo más, como si midiera si era hombre o bestia.
— No falles otra vez, Ferrel. Porque si Alice no sale de esa… no habrá lugar en el mundo donde te escondas de mí.
No respondí. Porque no hacía falta. Si Alice no salía, yo mismo me ponía la bala.
A lo lejos, la puerta de la sala de cirugía se abrió con un chirrido que me heló la sangre. Un doctor salió, bata manchada, cara seria como una sentencia.
— ¿Familiares de Alice Salvaterra?
Alicia se levantó de golpe, lágrimas cayéndole, voz temblando.
— ¡Soy su madre! ¿Cómo está mi hija? ¡Dígame algo, por Dios!
Maximiliano se acercó, brazo alrededor de su mujer, pero ojos fijos en el doctor.
El médico respiró hondo, quitándose la mascarilla.
— Sobrevivió a la cirugía. Estabilizamos la hemorragia interna y el trauma craneal parece controlado. Pero… está en coma inducido. Las próximas 48 horas son críticas.
Alicia soltó un sollozo que me rompió algo por dentro.
Maximiliano apretó la mandíbula.
— ¿Va a despertar?
El doctor dudó un segundo.
— No podemos prometer nada. Pero es fuerte. Tiene chances.
Yo me levanté de la camilla, ignorando el dolor que me subió como fuego.
— ¿Puedo verla?
El doctor me miró, vio la sangre, la cara de matar.
— Cinco minutos. Y solo familiares cercanos.
Maximiliano me miró.
— Tú entras conmigo.
Y entramos.
La habitación era fría, máquinas pitando, tubos por todos lados. Alice ahí, pálida como un fantasma, moretones en la cara, cabeza vendada, el vestido rojo cortado y tirado en una bolsa.
Me acerqué, las piernas temblándome por primera vez en años.
— Alice… —susurré, voz rota—. Aguanta, joder. Aguanta.
Tomé su mano fría, apretándola.
— No te mueras, carajo. No me dejes.
Porque si te vas…
Yo me voy contigo.
— Aguanta, Alice —murmuré, voz rota—. Aguanta, joder. No me dejes.
Porque si te vas, yo me voy contigo.
Y que se joda el mundo.