Capítulo 11: La Llegada de Julián Lombardi

1195 Words
**Punto de vista de Alice** Unos días después, el ambiente en la mansión Salvaterra se alteró de una puta vez con la llegada inesperada de Julián Lombardi. Yo estaba encerrada en mi estudio, con la música de fondo a todo volumen, revisando bocetos de mis próximos shootings de modelaje —líneas de ropa que me tenían obsesionada, telas que se pegaban a la piel como promesas rotas— cuando escuché el rugido de un motor que conocía demasiado bien. Ese Lamborghini n***o brillante frenando en la entrada principal como si el mundo le perteneciera. Me acerqué a la ventana con el corazón en la garganta, y ahí estaba él: Julián Lombardi, el capitán del equipo nacional de fútbol, bajando del carro con esa sonrisa de hijo de puta confiado que me había vuelto loca años atrás. Cabello oscuro perfecto, camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el pecho bronceado de tanto entrenamiento, y esa forma de caminar como si la gravedad le rindiera pleitesía. Mi ex. El que me había roto el corazón y ahora volvía como si nada. Me quedé congelada un segundo, el lápiz cayéndose de mi mano al piso con un ruido sordo. ¿Qué carajo hacía aquí? ¿Después de tanto tiempo? Bajé corriendo las escaleras, descalza, el vestido corto de algodón blanco pegándose a mis muslos por el calor de la tarde, y abrí la puerta principal de un tirón antes de que Rosa pudiera llegar. Ahí estaba él, a dos pasos, oliendo a colonia cara y a recuerdos que prefería enterrar. — Alice… joder, cuánto tiempo, mi reina —dijo con esa voz ronca que todavía me erizaba la piel, extendiendo los brazos como si yo fuera a caer en ellos como una idiota. Lo miré de arriba abajo, cruzando los brazos bajo el pecho para que no viera cómo se me aceleraba el pulso. Intenté sonar fría, pero salió medio tembloroso. — ¿Julián? ¿Qué mierda haces aquí? ¿No estabas en Europa follando con modelos y celebrando goles? Él soltó una carcajada baja, esa risa que antes me derretía y ahora me ponía los nervios de punta. — Vine por ti, Alice. Directo del aeropuerto. No podía seguir sin verte. Te juro que cada noche en esos hoteles de mierda pensaba en ti, en nosotros. En cómo te dejé ir como un imbécil. Pero ya estoy aquí… y no me voy sin recuperarte. Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal como siempre hacía, y sentí su perfume golpeándome como un recuerdo físico. Quise retroceder, pero me quedé clavada, el orgullo malcriado peleando con la nostalgia que me subía por la garganta. — ¿Recuperarme? ¿En serio, Julián? ¿Después de dos años sin una puta llamada decente? ¿Después de que me dejaste tirada por una temporada en España y unas cuantas “amiguitas” que salían en las revistas? ¿Ahora vienes con esa carita de niño bueno a decirme que pensabas en mí? ¡Vete a la mierda! Él no se movió, solo me miró con esos ojos oscuros que sabían exactamente cómo desarmarme, bajando la voz hasta que sonó como un secreto sucio. — Sí, la cagué, Alice. La cagué grande. Pero tú sabes que nadie te ha tocado como yo. Nadie te ha hecho gritar como yo. Y tú… joder, mírate. Estás más cabrona que nunca. Más hermosa. Más mía. Déjame entrar, reina. Solo quiero hablar. Cinco minutos. Si después me mandas al carajo, me voy y no vuelvo a joderte la vida. Me mordí el labio tan fuerte que sentí el sabor metálico de la sangre. Quería odiarlo. Quería cerrarle la puerta en la cara. Pero algo en su voz, en esa seguridad arrogante que siempre había sido su sello, me hizo dar un paso atrás y abrir más la puerta. — Cinco minutos, Julián. Ni uno más. Y si me haces perder el tiempo, te juro que Dere te saca a patadas. Él entró, rozándome al pasar, su mano rozando mi cintura un segundo de más —intencional, el muy cabrón—. Cerré la puerta y lo llevé al salón principal, donde la luz del atardecer entraba por los ventanales gigantes, pintando todo de oro y mentiras. Se sentó en el sofá como si nunca se hubiera ido, piernas abiertas, brazos extendidos en el respaldo, mirándome como si ya me tuviera desnuda. — ¿Dere? ¿Ese es el mastodonte tatuado que vi afuera? ¿Tu nuevo perrito guardián? —preguntó con una sonrisa burlona que me hizo apretar los puños. — Mi guardaespaldas, imbécil. Después del atentado, papá no juega. Y sí, es más hombre en un dedo que tú en todo el cuerpo —solté, sentándome frente a él, cruzando las piernas para que viera lo que se perdió. Julián se inclinó hacia adelante, codos en las rodillas, voz bajando a ese tono íntimo que usaba cuando quería follarme con palabras. — ¿Más hombre? ¿En serio, Alice? ¿Ese tipo te protege o te vigila porque no confían en que puedas cuidarte sola? Porque yo te conozco… tú no necesitas que nadie te cuide. Tú mandas. Tú decides. Y yo… yo vine a recordarte cómo se siente cuando alguien te desea de verdad. No por deber. Sino porque no puede respirar sin ti. Me quedé callada un segundo, el corazón latiéndome como un tambor. Quería gritarle que se callara, que no me tocara esos recuerdos, pero mi boca traicionera soltó: — ¿Desearme? ¿O follarme y desaparecer otra vez cuando suene el teléfono de tu manager? Porque eso fue lo que hiciste, Julián. Me dejaste rota y te fuiste a celebrar goles con conejitas. ¿Y ahora qué? ¿Vienes a reclamar lo que ya no es tuyo? Él se levantó, lento, y se acercó hasta quedar a centímetros, su aliento cálido rozándome la cara, voz ronca y cruda. — No vine a reclamar, Alice. Vine a rogar. Si hace falta. Vine a decirte que no he tocado a nadie como te toqué a ti. Que cada gol que metí fue pensando en tu boca. Que estoy harto de la fama si no te tengo a ti gritando mi nombre. Déjame demostrarte que cambié. Una oportunidad. Una noche. Lo que quieras. Pero no me eches sin darme chance de arrodillarme y lamerte los pies si hace falta. El aire se espesó tanto que casi podía cortarlo con un cuchillo. Sentí su mano rozar mi rodilla, apenas un toque, pero quemó como fuego. Y en ese segundo, desde el jardín, vi la silueta de Dere —quieto, inmóvil, pero con los puños apretados, ojos oscuros clavados en nosotros como balas listas para disparar. Julián siguió hablando, voz baja y sucia. — Ese Dere… ¿te toca? ¿O solo mira? Porque si te toca, lo mato. Eres mía, Alice. Siempre lo fuiste. Y si tengo que pelear por ti, lo haré. Con él, con tu papá, con quien sea. Yo tragué saliva, el pulso en la garganta, y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué carajo decir. El juego acababa de cambiar. Y no sabía si quería ganar… o quemarme viva.
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