**Punto de vista de Alice**
**Los Ángeles, Mansión Salvaterra**
El rugido de ese Lamborghini n***o rompió la tarde como un trueno. Yo estaba en mi habitación, mirando por la ventana con el corazón todavía latiendo como loco después de la noticia del doctor, cuando vi el carro entrar a toda hostia por la reja principal. Los guardias se tensaron como perros de presa, pero lo dejaron pasar. Bajó un hombre alto, traje oscuro hecho a medida, cabello n***o con canas en las sienes, mirada que cortaba como navaja. Henríquez Salvaterra. El tío que todos mencionaban en voz baja, el que papá llamaba cuando las cosas se ponían realmente jodidas.
Bajé corriendo las escaleras, descalza, el pijama de seda corto subiéndose por los muslos, y llegué justo cuando papá lo recibía en la escalinata.
— Hermano —dijo Henríquez, voz grave como un pozo, estrechando la mano de papá con fuerza que crujió huesos.
Papá sonrió, pero era una sonrisa de lobo.
— Al fin llegas.
Henríquez encendió un cigarro puro con calma, humo subiendo lento mientras miraba la mansión como si midiera cada centímetro.
— ¿Cómo está la niña?
— Sobrevivió —respondió papá, voz ronca—. Pero Moncada no va a parar hasta que la vea muerta.
Henríquez dio una calada larga, ojos oscuros brillando.
— Entonces hagamos que él no vea la luz del día nunca más.
Papá soltó una risa baja, oscura.
— Eso pensaba exactamente.
Los dos entraron, seguridad duplicándose en la entrada como si la guerra ya hubiera empezado. Yo me quedé arriba, mirando desde el balcón, sintiendo que el mundo se cerraba más.
Porque si Henríquez estaba aquí… esto ya no era negocio.
Era venganza.
**Italia, Finca de la Abuela Salvaterra**
El jet aterrizó en una pista privada rodeada de viñedos que olían a tierra y a sol viejo. Bajé las escaleras con el corazón en la garganta, el vestido blanco corto pegándose al cuerpo por el calor italiano, gafas oscuras puestas para que nadie viera lo jodida que estaba por dentro. Dere detrás, como siempre, maleta en mano, traje n***o impecable aunque el sudor le brillara en la sien.
La finca era un sueño: casa de piedra antigua, balcones llenos de flores rojas, piscina infinita mirando los olivares, aire que olía a lavanda y a limón. Pero para mí era una cárcel dorada.
Y entonces la vi.
Mi abuela Salvaterra bajando los escalones como una reina absoluta, cabello canoso recogido en un moño perfecto, vestido n***o elegante aunque estuviéramos en el campo, ojos verdes que me taladraban como si me leyeran el alma.
— ¡Mi nieta, al fin en casa! —dijo con esa voz fuerte, abrazándome tan fuerte que casi me rompe mis costillas.
Intenté sonreír, pero salió forzado.
— Abuela…
Ella me soltó, me miró de arriba abajo y luego clavó los ojos en Dere, que estaba quieto como una estatua a mi lado.
— Así que tú eres el guardaespaldas —dijo, voz baja pero con filo, escaneándolo como si fuera a comprarlo o matarlo.
Dere no se inmutó.
— Sí, señora.
Ella asintió lento, aprobadora pero peligrosa.
— Bien. Aquí no hay lujos ni caprichos de niña rica. Si están en mi casa, siguen mis reglas. ¿Entendido?
Suspiré, cruzando los brazos.
— Genial. Otra cárcel.
Ella me miró fijo, sin sonrisa.
— Llámale cárcel si quieres, pero esta cárcel te mantiene viva. Tu padre no te mandó aquí por gusto. Te mandó porque Moncada quiere verte muerta, y aquí nadie entra sin que yo lo permita.
Me quedé callada. Porque tenía razón.
Ella miró a Dere otra vez.
— Y tú, muchacho. Aquí no hay “señorita Alice”. Aquí hay trabajo. La finca es grande, hay viñedos, caballos, y enemigos que no duermen. Si vas a protegerla, protégela de verdad. Nada de tonterías.
Dere asintió, voz grave.
— No hago tonterías, señora.
Ella sonrió por primera vez, pero era una sonrisa de loba.
— Eso espero. Porque si fallas… te mato yo misma.
Y se giró, caminando hacia la casa.
Yo miré a Dere de reojo, voz bajita y cabreada.
— Bienvenido al infierno, grandote.
Él me miró, ojos oscuros sin parpadear.
— El infierno ya lo conozco, Alice. Lo que no conozco es cómo carajos voy a sobrevivir viéndote en bikini todo el día sin tocarte.
Me quedé sin aire, el coño palpitándome solo con su voz.
Y supe que esta finca iba a ser un puto campo de batalla.
Y que yo no sabía si quería ganar o perder.
**Punto de vista de Alice**
La abuela Salvaterra caminaba por el pasillo de piedra como si la finca fuera su puto reino, y la verdad es que lo era. Yo iba atrás, maleta en mano, mirando las paredes antiguas llenas de cuadros de familia, el olor a lavanda y a tierra vieja pegándose a mi piel. Dere cerrando la marcha, callado como siempre, con esa presencia que me ponía la piel de gallina aunque no quisiera.
Ella abrió una puerta de madera oscura que crujió como en una película de terror.
— Aquí dormirás, muchacho —dijo la abuela, voz firme, mirando a Dere como si lo estuviera midiendo para un ataúd o para un trono, no sé.
Él entró, echó un vistazo rápido: cama grande con dosel, escritorio de madera antigua, ventana enorme dando a los viñedos que se perdían en la oscuridad. Sencillo pero elegante, como todo aquí.
— Gracias, señora —dijo él, voz seca, dejando la maleta en el piso con un golpe sordo.
La abuela lo miró con curiosidad, sonrisa torcida.
— Eres un hombre de pocas palabras. Eso me gusta. En esta casa los charlatanes duran poco.
— Solo hablo cuando hace falta —respondió él, sin inmutarse.
Ella soltó una risa baja, como si le hubiera gustado la respuesta.
— Entonces espero que sepas cuándo hace falta proteger a mi nieta, porque si fallas… te corto los huevos yo misma y los cuelgo en la entrada.
Yo abrí la boca para protestar, pero Dere solo asintió, serio.
— No va a hacer falta, señora.
La abuela me miró a mí, ojos verdes clavados como cuchillos.
— Y tú, niña, deja de poner cara de víctima. Esta es tu casa ahora. Acostúmbrate.
Y se fue, tacones resonando en la piedra.
Me quedé ahí parada, mirando a Dere, que ya se quitaba la chaqueta y la colgaba el arma en la silla como si estuviera en su puta casa.
— ¿Qué? ¿Vas a quedarte mirando o qué? —le solté, voz con veneno.
Él me miró por fin, ojos oscuros sin parpadear.
— Tú eres la que está en mi cuarto.
— ¡Tu cuarto! —reí amarga—. ¿Desde cuándo esta finca es tuya, Ferrel?
— Desde que tu abuela me dio la habitación —dijo tranquilo, quitándose la camiseta de un tirón y quedándose en pantalón, torso tatuado brillando bajo la luz tenue.
Me quedé sin aire un segundo, tragando saliva como idiota.
— Joder… ¿siempre tienes que quitarte la ropa delante de mí o es tu forma de decir hola?
Él sonrió torcido, primera vez que lo veía sonreír de verdad.
— Es mi cuarto, Alice. Si te molesta, cierra los ojos.
Me crucé de brazos, acercándome dos pasos.
— ¿Molestarme? ¿Tú? Sigue soñando. Solo me pregunto cuántas noches te pajearás pensando en mí mientras yo duermo a dos puertas.
Él se acercó, lento, hasta que sentí su calor y su olor a hombre.
— Todas las noches, Alice. Todas las putas noches desde Río. ¿Contenta?
El coño me palpitó tan fuerte que casi gemí.
— Mentiroso —susurré, voz temblando.
Él me miró fijo, mano subiendo despacio hasta rozarme la tira de mi vestido.
— Prueba y verás si miento.
Y se apartó, dejándome temblando.
**Exterior de la finca, junto a la piscina**
La noche italiana era caliente, el cielo lleno de estrellas como diamantes rotos, la piscina iluminada por luces azules que hacían el agua brillar como si estuviera viva. Yo estaba apoyada en la baranda, bikini n***o puesto aunque no me había metido, pareo transparente, cabello suelto, copa de vino en la mano mirando la oscuridad como si ahí estuviera la respuesta a toda esta mierda.
Oí pasos detrás y no tuve que girarme para saber quién era.
— ¿Qué? ¿También vas a vigilarme mientras respiro, Ferrel? —solté sin mirarlo, voz con ironía.
Él se apoyó a mi lado en la baranda, brazos cruzados, camiseta negra pegada al cuerpo por el calor.
— Tienes la manía de escaparte. Prefiero prevenir.
Bufé, girando la cabeza para mirarlo fijo.
— ¿Prevenir qué? ¿Que me tire a la piscina y me ahogue de aburrimiento? Porque contigo aquí esto es un puto convento.
Él me miró de reojo, voz grave.
— Convento o no, estás viva. Eso es lo que importa.
Reí amarga, dando un sorbo largo al vino.
— ¿Viva? Estoy muerta en vida, Dere. Encerrada en esta finca de mierda, sin fiestas, sin amigos, sin nada. Solo tú mirándome como si fuera a romperme o a joderte la existencia.
Él se giró hacia mí, ojos oscuros clavados.
— ¿Y qué quieres? ¿Que te lleve a una discoteca para que otro imbécil te toque mientras yo miro?
Sentí el golpe directo al coño.
— ¿Celoso, grandote? Porque si lo estás, dilo. O sigue fingiendo que no te pones duro cada vez que me ves así.
Él dio un paso, acorralándome contra la baranda, manos a ambos lados de mi cuerpo.
— ¿Duro? Me pongo duro cada vez que respiras, Alice. Cada vez que hablas, que caminas, que me miras con esa cara de “fóllame”. Pero no soy uno de tus juguetes. Cuando te tenga, va a ser porque tú lo ruegues. Y vas a rogar bonito.
Tragué saliva, temblando.
— ¿Ruegue? ¿Yo? Tú eres el que se muere por meterme mano y no se atreve.
Él sonrió, fría, peligrosa, mano subiendo despacio por mi muslo desnudo.
— ¿Atreverme? Pídemelo, Alice. Pídemelo y te follo aquí mismo, contra la baranda, hasta que grites tan fuerte que despiertes a toda la finca.
El coño me latió tan fuerte que casi me caí.
— Pídemelo tú primero, cabrón —susurré, voz ronca—. Porque yo también me muero por ti.
Él se quedó quieto un segundo, respirando fuerte, y luego se apartó.
— Cuando estés lista para rogar… avísame.
Y se fue, dejándome temblando, mojada, con ganas de gritarle que volviera y me follara de una puta vez.
Porque esta distancia invisible me estaba matando.
Y yo quería que me matara de otra forma.