**Punto de vista de Alice**
El viento fresco de la Toscana me pegaba en la cara como una cachetada suave, llevándose el calor del día mientras yo seguía parada junto a la piscina, con el pareo transparente ondeando y el bikini n***o pegado al cuerpo por el sudor. El agua brillaba azul bajo las luces de la terraza, y el cielo estaba lleno de estrellas que parecían burlarse de mí. Todavía sentía el roce fantasma de la mano de Dere en mi muslo, ese segundo en que sus dedos se detuvieron como si quemaran. El muy cabrón se había apartado como si yo tuviera lepra, y eso me tenía cabreada y mojada al mismo tiempo.
— Idiota… —murmuré para mí misma, abrazándome los brazos como si así pudiera calmar el puto cosquilleo que me había dejado.
El teléfono vibró en la mesita de hierro forjado. Lo agarré pensando que era Cristina o Rebeca, pero era un número desconocido. Fruncí el ceño y contesté.
— ¿Hola?
Silencio. Solo respiración al otro lado.
— ¿Quién coño es? —insistí, voz saliendo más dura.
Y entonces, voz grave, distorsionada como de película de mierda:
— Sabemos dónde estás.
El estómago se me cayó al suelo.
— ¿Quién carajos eres? —grité, pero la llamada se cortó.
Me quedé helada, el teléfono temblándome en la mano. Intenté marcar de vuelta, pero nada. Bloqueado. El corazón me latió como loco, un escalofrío subiéndome por la espalda hasta la nuca.
Una voz detrás me hizo dar un respingo.
— ¿Quién era?
Me giré de golpe. Dere. Apoyado en la puerta de la terraza, brazos cruzados, camiseta negra pegada al cuerpo, ojos oscuros clavados en mí como si ya supiera la respuesta.
— N-no sé —balbuceé, odiándome por sonar débil—. Número desconocido. Solo… dijo que sabían dónde estaba.
Él se acercó en dos zancadas, me arrebató el teléfono y revisó la pantalla con cara de mala hostia.
— ¿Te dijeron algo más? ¿Nombre? ¿Voz conocida?
Negué con la cabeza, abrazándome más fuerte.
— No. Solo eso. Y colgó.
Él maldijo por lo bajo, marcando rápido en su móvil.
— ¿Qué haces? —pregunté, siguiéndolo cuando entró a la casa.
— Llamar a tu padre.
— ¡No! —grité, agarrándole el brazo—. ¡Si le dices, me mete en una jaula peor que esta! ¡Por favor, Dere!
Él se detuvo en seco, girándose hacia mí, ojos ardiendo.
— ¿Por favor? ¿Quieres que me calle mientras Moncada o quien coño sea sabe exactamente dónde estás? ¿Quieres terminar como en Miami, Alice? ¿En una camilla, con tubos y sangre por todos lados?
Me tembló la voz, pero no solté su brazo.
— No… pero no quiero volver a esa vida de cárcel. Aquí al menos… al menos respiro.
Él me miró fijo, voz bajando hasta un gruñido.
— Respirar no sirve de nada si estás muerta.
Me acerqué más, casi rozándole.
— ¿Y qué propones, genio? ¿Encadenarme a la cama? ¿O prefieres hacerlo tú mismo?
Él apretó la mandíbula, mano subiendo hasta agarrarme la nuca, fuerte pero sin lastimar.
— Si tuviera que encadenarte, Alice, no sería para protegerte. Sería para follarte hasta que aprendieras a no jugar con fuego.
El coño me latió tan fuerte que casi gemí.
— Pues hazlo —susurré, voz ronca—. Porque estoy harta de que me mires como si me quisieras y después te apartes como si quemara.
Él me miró un segundo eterno, dedos apretando mi nuca.
— Quemas, Alice. Quemas como la mierda. Pero no aquí. No ahora.
Y me soltó, marcando el número de papá.
— ¡Dere, no! —intenté quitarle el teléfono, pero él levantó el brazo.
— O lo digo yo, o lo descubren solos y será peor.
Llamó. Puso altavoz.
— ¿Dere? —la voz de papá, fría y cabreada.
— Señor, acabamos de recibir una llamada. Número desconocido. “Sabemos dónde estás”. Es Moncada o alguien suyo.
Silencio al otro lado.
— ¿Alice está bien?
— Sí. Pero la finca ya no es segura.
Papá maldijo por lo bajo.
— Henríquez llega mañana. Refuercen todo. Y Dere… si le pasa algo a mi hija, te mato yo mismo.
— Entendido.
Colgó.
Yo lo miré, cabreada y asustada.
— ¿Contento? Ahora vendrá mi tío y esto será un cuartel militar.
Él me miró fijo, voz baja.
— Prefiero un cuartel que un cementerio.
Me acerqué, voz temblando.
— ¿Y si me pasa algo? ¿Qué harías tú, Dere? ¿Llorarías como un marica o me vengarías?
Él me agarró la cara con las dos manos, ojos ardiendo.
— Te vengaría hasta el último hijo de puta. Pero no voy a dejar que pase. ¿Entiendes? No voy a dejar que te toquen.
Y por primera vez, sentí que no era solo protección.
Era algo más.
Algo que me aterrorizaba y me ponía loca al mismo tiempo.
**Punto de vista de Dere**
Joder. Esa llamada me heló la sangre.
Estaba en la terraza mirando las estrellas como un idiota cuando la oí hablar sola. Me acerqué y vi su cara: pálida, ojos grandes, teléfono temblando en la mano. Y supe. Supe que esto no era una broma.
Le quité el teléfono, vi el número bloqueado y sentí la rabia subirme como ácido.
— ¿Te dijeron algo más? —pregunté, voz ronca, intentando no explotar.
Ella negó, abrazándose.
— No. Solo eso.
Llamé a Maximiliano sin pensarlo. Porque si Moncada sabía dónde estábamos, esto se acababa.
Y cuando colgué, ella me miró cabreada, pero con miedo en los ojos.
— ¿Contento? Ahora mi tío viene y esto será peor.
Me acerqué, agarrándole la cara.
— Prefiero peor que muerta, Alice.
Ella tembló bajo mis manos.
— ¿Y si me pasa algo? ¿Qué harías tú?
La miré fijo, voz saliendo rota.
— Mataría a quien te tocara. Pero no voy a dejar que pase. Te lo juro.
Y la besé.
Duro.
Crudo.
Como si fuera el fin del mundo.
Porque quizás lo era.