Capítulo 21: Una línea muy delgada

962 Words
**Punto de vista de Alice** La cena había sido puro teatro de lujo: mantel de lino blanco impecable, velas que olían a vainilla cara, langosta fresca que se derretía en la boca y champán que bajaba como fuego dulce. Julián no escatimó en nada, el muy cabrón sabía cómo montar el show. Me tenía en la mesa VIP con vista al mar, luces tenues bailando en su cara de galán, mano rozándome la rodilla cada dos por tres como si ya tuviera derecho. Y yo… yo lo dejaba, sonriendo coqueta, riendo sus chistes de mierda, porque sabía que Dere estaba a unos metros, de pie como una estatua negra, comiéndose vivo cada segundo. Cuando terminamos, Julián se levantó, me tomó la mano y me besó los nudillos lento, mirándome como si ya me tuviera en su cama. — Vamos, princesa. Te llevo a casa en el Lambo. Solo tú y yo, sin público. Le sonreí, pero lancé una mirada rápida a Dere, que ya estaba junto al SUV n***o de la familia, brazos cruzados, cara de piedra pero ojos oscuros que me quemaban la espalda. — Lo siento, amor —le dije a Julián, voz dulce pero con veneno—. Papá dejó clarísimo: sin mi “llavero” no salgo ni al baño. Órdenes son órdenes. Julián frunció el ceño, miró a Dere con esa cara de “quién coño te crees” que ponía con los rivales en la cancha. — ¿En serio, Alice? ¿Vas a dejar que este tipo te siga hasta la cama? Es ridículo. Dere ni parpadeó. Seguía ahí, quieto como un muro, pero sentí la tensión en el aire como electricidad estática. Me acerqué a Julián, me puse en puntas y le susurré al oído, lo suficientemente alto para que Dere oyera cada palabra. — No le hagas caso, cariño. Es solo una sombra. No siente, no habla, no piensa… solo obedece como perrito bien entrenado. Fue un golpe bajo, lo sé. Pero quería ver si sangraba. Julián rió, me agarró la cintura y me besó la mejilla, rozando la comisura de mis labios. — Mañana te recojo a las ocho, reina. Y esta vez sin el perro guardián. — Nos vemos, amor —le dije con mi sonrisa más dulce, y me giré hacia el SUV. Dere abrió la puerta trasera sin decir ni mierda, pero cuando subí sentí su mirada como un latigazo. Cerró de un portazo que retumbó en mis huesos y rodeó el carro para sentarse al volante. El chófer no venía; era él quien manejaba esta noche. El motor rugió y salimos del restaurante, luces de la ciudad deslizándose por las ventanas tintadas. Silencio absoluto. Pesado. Yo cruzada de piernas, vestido rojo subiéndose por los muslos, tacones resonando cada vez que movía el pie. Miré su nuca por el retrovisor, esa mandíbula marcada que me tenía loca. — Qué lindo Julián, ¿no crees? —solté con tono casual, observando mis uñas rojas como si no me importara un carajo su respuesta. Silencio. — Es un caballero. Atento, romántico… y besa rico. Su lengua sabe hacer cosas que… — No me pagaron para opinar sobre tu vida amorosa —cortó él, voz grave, ronca, como si cada palabra le costara sangre. Sonreí lento, malcriada, sintiendo que había tocado hueso. — ¿Ah no? ¿Y para qué te pagan entonces, Dere? ¿Para mirar cómo otro me toca, me besa, me lleva a la cama? Porque eso es lo que va a pasar, ¿sabes? Julián quiere que sea su novia oficial. Y yo… yo dije que sí. El carro dio un pequeño frenazo brusco en un semáforo, y él giró la cabeza apenas, ojos oscuros encontrándose con los míos por el retrovisor. — Felicidades, princesa. Parece que encontraste al príncipe perfecto. El sarcasmo en su voz era como ácido. Me incliné hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo del asiento delantero, tetas casi rozándole el hombro. — ¿Celoso, soldado? Porque si lo estás, dilo. O sigue fingiendo que no te jode verme con otro mientras tú te quedas afuera con la polla dura y las manos atadas. Él apretó el volante tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. — No estoy celoso, Alice. Estoy cabreado. Cabreado de verte jugar a la puta con ese imbécil que no te llega ni a los talones. Cabreado de tener que tragarme cada beso, cada caricia, cada “amor” que le sueltas mientras yo me muero por arrancarte ese vestido y follarte hasta que olvides que existe otro hombre. Me quedé sin aire, el coño palpitándome como loco. — ¿Entonces por qué no lo haces, Dere? ¿Por qué sigues con esa mierda de “profesional”? ¿Tanto miedo le tienes a papá o es que no te atreves conmigo? Él giró el carro a un lado de la carretera, paró en seco y se giró completamente hacia mí, ojos ardiendo. — ¿Miedo? Yo no tengo miedo, Alice. Tengo control. Pero si sigues provocándome así, ese control se va a la mierda. Y cuando se vaya… te juro que no va a haber papá, ni Julián, ni nadie que te salve de lo que te voy a hacer. Vas a ser mía. Solo mía. Y vas a rogar que no pare nunca. El silencio cayó como plomo. Yo jadeando, él respirando fuerte, el motor todavía rugiendo bajito. — Prueba, Dere —susurré, voz temblando de deseo—. Prueba y verás si ruego o te rompo yo a ti primero. Él me miró un segundo más, ojos oscuros prometiendo guerra, y volvió a arrancar sin decir nada. Pero los dos sabíamos que la línea ya estaba cruzada. Y no había vuelta atrás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD