La tensión en la mansión era palpable. Alicia caminaba con firmeza por el pasillo, su rostro sereno pero cargado de determinación. Había pasado días pensando en lo que había sucedido, y estaba harta de las mentiras, de los recelos, y sobre todo, de que su esposo, Maximiliano, no pudiera ver la verdad que estaba frente a él. El salón estaba vacío cuando Alicia entró. Maximiliano la miró desde su sillón, sus ojos reflejaban furia contenida. Había estado controlando su enojo por semanas, y en ese momento, era claro que no podía soportar más. —Alicia, necesito que hables con tu hija. —Dijo él con voz tensa. — Ella está cegada por ese hombre, Dere. No entiendo cómo puedes permitir que él siga en nuestras vidas después de lo que hizo. Alicia cruzó sus brazos, su postura firme. Estaba cansada

