11
Esteban llegó a la casa de Mónica hacia las cinco y media de la tarde. Ella había pasado todo el día en compañía de su mamá en chequeos médicos, asegurándose de que todo estuviera bien. La empleada, después de abrirle la puerta, lo hizo seguir a la sala principal. Se sentó en una de las cómodas poltronas y se quedó observando un cuadro de Picasso que colgaba sobre una de las paredes. Pensaba si sería solo una reproducción o si sería un original que los papás de su novia hubiesen conseguido en Europa, en alguno de sus viajes. Por estar distraído no se dio cuenta del momento en que su novia entró a la sala.
– ¿Te gusta ese cuadro? –preguntó ella.
Se volteó, casi que con un brinco, y la encontró sentada en la poltrona ubicada al otro lado de la sala. Lucía espectacular, con su amplia sonrisa y sus ojos azules que resaltaban aún más, gracias a la blusa azul que llevaba puesta.
–Monina linda, no te escuché entrar –dijo Esteban mientras se paraba y se dirigía a donde ella estaba sentada.
Ella se puso de pie y lo abrazó fuertemente. Le dio un beso y al separarse se quedó mirando el cuadro del reconocido pintor español.
–Estabas embobado mirando ese cuadro de Picasso, mi nene.
–Si Monina, ¿sabes que no me había dado cuenta de que estaba ahí?
–Yo tampoco –dijo Mónica riendo–, la verdad… creo que es nuevo, toca preguntarle a mi papá.
–Pero está bien lindo, y debe ser súper caro…supongo.
–Mira que no sé; depende de si es original o no–, pero ven –dijo mientras le agarraba la mano––, vamos a la otra salita, en este potrero de sala no me gusta hacer visita –y se lo llevó a una sala más pequeña, en donde se encontraban un arpa y un piano de cola de color n***o. Se sentaron juntos en el sofá y Mónica dijo:
–¿Sabes que me ha hecho frio? Es que después de un mes en tierra caliente, llega uno aquí y se siente el cambio.
–Pues para eso estoy aquí, mi niña, para darte un poquito de calor –dijo Esteban y la abrazó y la besó tiernamente.
Al separarse, Mónica lo miró fijo a los ojos y dijo:
–A veces pensaba que nunca más te iba a volver a ver –y se le aguaron los ojos.
–Pero ya estás aquí, sana y salva, y rodeada de todos los que te amamos –dijo Esteban–, y nunca más vas a volver a pasar por algo así –y la abrazó y la besó nuevamente. Al separarse le secó las lágrimas que le rodaban por las mejillas.
–Ay, nene, qué pena contigo, tú vienes a visitarme y yo me pongo a llorar.
–No, mi Monina, para eso estoy aquí, para escucharte y para que digas todo lo que quieras, para que te desahogues a tus anchas.
–Gracias, mi nene –dijo con una tierna sonrisa.
–Yo me aburría mucho, sabes… Y me ponía a pensar y pensar y a dormir y dormir, y sin saber nunca qué hora era.
Esteban, sujetándole las manos, la miraba fijamente, con mucha ternura.
–Y a veces no quería ni comer…, no me daban ganas…, y por eso yo creo que bajé de peso –dijo Mónica sonriendo.
–Sí, estás flaquita, pero más linda que nunca.
– ¡Ah!, ¿entonces antes estaba gorda? –dijo Mónica, soltándole las manos.
Esteban se las volvió a agarrar y con una amplia sonrisa dijo:
–No, mi Monina, tú eres tan linda y tan perfecta, que no importa una libra más o una libra menos.
Mónica lo abrazó y lo besó por un largo rato.
–El médico me dijo que tomara vitaminas, y que me hacía falta recibir un poco de sol –dijo Mónica.
–Pues tenemos que ir a sitios donde haya mucho sol, pequeña.
–Tenemos que hacer muchas cosas nene, recuperar el tiempo perdido.
–Sí, Monina, pero no te afanes, toca poco a poco, no hay afán.
–Es que tengo ganas de hacer tantas cosas, sobre todo después de más de un mes de no hacer nada –dijo al ponerse de pie. Se dirigió al piano, se sentó en la butaca y empezó a tocar "Claro de Luna", de Beethoven. A medida que avanzaba, los ojos se le fueron aguando, hasta el punto en que las lágrimas empezaron a caer sobre las teclas. Esteban se incorporó y acercándose a ella, se paró detrás, y le empezó a masajear suavemente los hombros. Tocaba de manera impecable, sus manos casi que flotando sobre las teclas con la agilidad y la suavidad propias de una bailarina clásica. Cuando terminó se volteó hacia su novio.
–A veces el piano es la mejor manera de expresarse –y poniéndose de pie lo abrazó fuertemente.
–Eres la pianista más linda que hay en el planeta –dijo Esteban–, y no solo la más linda, sino la mejor.
–Ya lo quisiera, pero me falta mucho.
Esteban se quedó en silencio un rato, mirándola a los ojos y dijo:
–Sé que es apresurado hablar de esto, pero me encantaría que no te olvides de tu intensión de entrar a Los Cuarenta.
–Amor, no me he olvidado, sería un sueño hecho realidad –dijo Mónica.
–Pues hagámoslo realidad.
–Pero ya perdí mi oportunidad –Mónica bajó la mirada, sus labios arrugados.
–Pero solo es esperar un tiempito, por ahí hay gente que de pronto se va de la ciudad.
–¿De pronto?
–Pues todavía no es seguro, pero el director está esperando que le salga una beca para Nueva York y otros manes también han dicho que les podrían salir otras cosas.
–Pues será esperar, a ver si en la próxima audición los cautivo cantando una ranchera –los dos rieron y luego Mónica se sentó en la mullida alfombra con las piernas cruzadas y haló a su novio para que hiciera lo mismo.
– ¿Sabes que rancheras era lo único que yo oía por allá? –dijo Mónica.
– ¿Cómo así?, ¿tenías un radio?
–No, que tal… esa gente se la pasaba oyendo rancheras todo el día. Con el tiempo me di cuenta que era la única manera de saber que era de día… cuando ponían música; de noche apagaban el radio.
– ¿Y solo ponían rancheras?
–Más que todo… a veces vallenatos, y como ese cuarto no tenía ventanas… lo único que tenía era un bombillo.
–Si me contaste eso anoche.
– ¿Lo de las rancheras? –preguntó Mónica.
–Nooo, mi Monina, lo del bombillo, lo del cuarto sin ventanas.
A Mónica se le salieron las lágrimas nuevamente.
–Cuando dejaba de sonar esa música, yo apagaba la luz… y me imaginaba que era de noche… claro que en realidad no sabía qué hora era.
Esteban se inclinó hacia adelante y le tocó la mejilla suavemente.
–El primer día me quitaron el reloj, y el uniforme del colegio, hasta los zapatos, medias… y me dieron ese jean con que llegué aquí, unas camisetas y una ropa interior.
– ¿Y por qué eso? –preguntó Esteban.
–Decían que si me escapaba con el uniforme del colegio, la gente de por ahí se daría cuenta, además que si estaba descalza tampoco llegaría muy lejos.
– ¿Y había opción de escapar?
–No, nene, cada vez que habrían la puerta, estaba esa vieja ahí parada, y más atrás un tipo vigilando. Lo mismo cuando iba al baño, se quedaba alguno de los dos ahí afuera, esperando.
–Sí me contaste eso anoche.
–Es que se me olvida lo que le he contado a cada uno, a veces no sé si ya te dije algo, o se lo dije a mi hermana o a mis papás…
–Tranquila, Monina… ¿pero sí eran buenas gentes?
–Siii, queridísimos... –dijo Mónica riendo con fuerza.
Esteban también rio y dijo:
–No, lo que quiero decir es, ¿si te trataban bien o te hablaban?, ¿o cómo se comportaban?
–Al principio no decían mucho, solo cuando me traían algo de comer. Después de unos días, la vieja me decía que ya casi todo se iba a resolver, que estuviera tranquila, que mi papá era un hombre responsable, cosas así…
Esteban le cogió la mano
– ¿Pero nunca te maltrataron?
–No, para nada. Yo tenía miedo de ese tipo, tú sabes… que fuera a entrar al cuarto o algo así… pero nunca pasó nada.
–Menos mal, mi Monina –y Esteban la abrazó fuertemente.
–Sólo me puse súper mal cuando me pusieron la venda en los ojos para salir de ese sitio.
–Me imagino…
–Dijeron que ya me iban a soltar, que mi familia había pagado el rescate, pero que antes teníamos que ir a pasar la noche a otro lado, y que era mejor que yo no pudiera ver nada.
Esteban la escuchaba atentamente y la miraba casi sin parpadear.
–Pero yo no sabía si estaban mintiendo, si en realidad me iban a soltar… tenía mucho miedo.
–Es lógico, mi Monina –dijo Esteban.
–Me pusieron esa venda y me sacaron de la casa. Al salir pude respirar aire puro después de tanto tiempo… creo que era de noche porque se escuchaban los grillos, y todos esos ruidos del campo por las noches.
–Esos ruidos son bonitos…, claro que en este caso… –dijo Esteban arrugando los labios.
–Sí, son bonitos. El caso es que me montaron a un carro, era como un jeep, lo digo por el ruido del motor y lo duro que se sentía.
–Claro, hay mucha diferencia.
–Ahí anduvimos más de una hora, creo… Al rato paramos en otro sitio y me bajaron del jeep. Hacía calor, igual que en el otro lado, pero parece que había llovido porque el piso se sentía mojado, yo todavía estaba descalza.
– ¿Y también era una finca? Es decir, ¿un lugar apartado? –preguntó Esteban.
–Creo que sí, igual solo se escuchaban los grillos, y pues lo que hablaban entre ellos…, y escuché la voz de otros tipos nuevos… ¿quieres gaseosa?
Esteban soltó la carcajada.
–Monina, tú en pleno relato y me preguntas que si quiero gaseosa…
– ¡Ay sí nene!, es que no te he ofrecido nada –dijo Mónica con una sonrisa.
–Bueno, está bien, gracias, pero sígueme contando.
–Espera voy a la cocina y la traigo, ya vengo –Mónica se puso de pie y salió de la pequeña sala.
Esteban se quedó observando el piano y pensando qué afortunado era de volver a tener a su novia junto a él. De que hubiese llegado sana y salva, de que no hubiese sido abusada por los secuestradores, de que fuese la misma Mónica de antes, dulce, querida, sencilla. Por supuesto, todavía con el susto de la experiencia recién vivida, tal vez con un pequeño trauma, pero que él le iba a ayudar a superar. Iba a poner todo su esfuerzo para ayudarla a olvidar, para que pensara en otras cosas, para que se distrajera mucho, para que estuviera al lado de él, para que juntos fueran muy felices, y para que ella pudiera hacer parte de su grupo, que llegara a ser una integrante más de Los Cuarenta.
Mónica regresó con dos gaseosas y una bandeja llena de galletas de diferentes sabores.
–Te traje tus galletas preferidas, nene –puso la bandeja encima de la butaca del piano y le entregó a Esteban una de las gaseosas mientras se volvía a sentar en el piso.
–Gracias, Monina, estas son buenísimas –y le dio un pico en los labios.
– ¿En qué íbamos, nene? –preguntó Mónica.
–En que escuchaste la voz de unos tipos nuevos al llegar a la nueva casa.
–Ah, sí, eran voces nuevas, y decían que ya tenían todo listo, que la idea era arrancar temprano al día siguiente.
–Pero entonces parecían buenas noticias…
–Supongo que sí, pero en ese momento, yo en realidad no sabía qué iba a pasar.
–Lógico, amor.
–El caso es que me encerraron en otro cuarto bien pequeño, horrible. Solo había un colchón en el piso con una cobija. Porque en el otro al menos había tenido cama con almohada y hasta sábanas.
– ¿Y con ventanas o igual al otro? –preguntó Esteban.
–Tampoco tenía ventanas, y era mucho más pequeño, y olía a guardado. Lo único que me consolaba era que según la vieja esa, se suponía que ya me iban a soltar.
–Menos mal…
–Esa noche casi no pude dormir, ahí en ese colchón tan duro en el piso. Puro colchón de finca, horrible.
–Pobrecita tú, mi Monina –dijo Esteban, acariciándole la mejilla.
–Al otro día, entró la vieja con lo que se suponía era el desayuno.
– ¿Y qué te daban?
–Ese día llegó con un huevo duro, un pan y agua de panela. Pero en la otra casa a veces me daban leche con huevo para el desayuno, y para almorzar era arroz con fríjoles o lentejas. Como dos veces me dieron pollo.
– ¿Y quedabas con hambre o bien?
–Al principio no quería ni comer, pero ya después sí quedaba con hambre, además porque por la noche solo era agua de panela y un pan.
–Dieta obligada –dijo Esteban torciendo la boca.
–Horrible, pero a la larga te acostumbras.
–Bueno, ahora puedes comer todo lo que quieras –dijo Esteban sonriendo.
–Supongo, la cosa es que te acostumbras a comer poco, y te acostumbras a no usar zapatos, ni chaqueta, y te molesta cuando la luz es muy fuerte porque durante un mes solo has tenido la luz de un bombillito.
–Bueno, supongo que tú no tienes problema con respecto a lo de no usar zapatos –dijo Esteban mientras le miraba los pies descalzos.
–Sí, en eso tienes toda la razón –dijo ella y mostró una pequeña sonrisa.
–Y por lo de la luz fuerte, menos mal hoy ha estado nublado –dijo Esteban.
–Pero a pesar de eso, salgo y me molesta mucho la luz, me ha tocado salir con gafas oscuras.
–Te entiendo, Monina, pero tranquila que todo eso se pasa rápido.
–Es cómico, me hace frio, pero me estorba mucho ponerme chaqueta, me pesa mucho.
–Cuando estés en Los Cuarenta, no te tendrás que poner chaqueta.
Mónica lo miró con el ceño arrugado.
– ¿Acaso hay mucho calor entre ustedes?
Esteban dijo riendo:
–Quiero decir que cuando estás tocando o cantando, nunca llevas chaqueta.
– ¿Y tú si crees, en realidad, que yo puedo llegar a estar ahí?
–Pues claro –dijo Esteban.
–No lo digas por compromiso, solo porque soy tu novia…
–No lo digo por eso, ya te lo había dicho hace un mes, tú tienes cualidades de sobra para hacer parte del grupo; eres demasiado buena en el piano, la mejor que yo he visto, muy por encima de Luisa, o del mismísimo Arturo.
– Pero no me exigen tocar más instrumentos, y tener la súper voz.
–Pero tú tocas el arpa; además Cata me dijo que eres sobrada para imitar la voz de Gloria Gaynor, y eso no es nada fácil.
–Pues sí… ¿Pero qué tanto usan el arpa allá?
–En realidad no mucho; pero igual existe la idea de empezar a practicar con el joropo y la música paraguaya, en la que se utiliza mucho. Además Arturo, el director, te quiere conocer bien.
– ¿En serio? –dijo Mónica.
–Sí, yo le estuve hablando de ti hace unos días, y dijo que apenas… estuvieras de regreso, te llevara por allá.
– Oye, nene, ¿quiénes se enteraron de mi s*******o allá en tu grupo?
–Solamente Arturo y Andrés. Fue que se dieron cuenta de que yo andaba mal y me tocó contarles.
Mónica se quedó pensativa un rato y dijo:
–Qué oso llegar uno allá y que todos te miren como a la víctima…
Esteban no sabía qué decir: en realidad era una situación complicada para su novia. Conociendo su carácter, sabía que ella no querría valerse de su situación de niña bonita, consentida y con influencias, para entrar al grupo. Desde que nació, había conocido el lujo, las comodidades, los privilegios; todo esto gracias a la posición socio económica que ocupaban sus padres. Nunca le había hecho falta nada. Su s*******o había sido la primera experiencia adversa en su vida, exceptuando situaciones menores, tales como una pelea con su hermana o sus padres o una mala calificación en el colegio. Pero a pesar de todo, no era una niña malcriada. Era consciente, no solo de su buena suerte en la vida, sino también de las dificultades que pasaba la mayoría de la gente para lograr conseguir lo necesario para sobrevivir. Y quería, desde temprana edad, pues todavía le faltaban algunas semanas para cumplir los quince, empezar a lograr cosas por sí misma, sin la influencia de su familia, ni de su dinero.
–No te preocupes, Monina, yo les dije a ellos que por favor no le contaran a nadie; además los dos son personas bastante serias.
–Sí, mi nene, yo solo quiero que eso no vaya a influir ni para bien ni para mal en mis aspiraciones de estar contigo en el grupo.
–No creo, las exigencias para entrar son bastante altas; y por encima de todo, si ellos se dan cuenta de que al frente suyo tienen a alguien con las cualidades necesarias para pertenecer al grupo, no se van a dejar llevar por simpatías o antipatías para tomar la decisión. Y lo bueno es que tú posees todo lo necesario para triunfar en Los Cuarenta.
–Mi nene, estás hablando como el profesor de sociología del colegio, como si tuvieras cincuenta años –dijo Mónica riendo.
Esteban también se rio y dijo:
–Ay, Monina, es que cuando uno está en ese grupo, le toca coger seriedad, así sea de dientes para afuera.
–Pues esperemos que yo también pueda coger alguito de seriedad –dijo Mónica abrazándolo y juntando sus labios con los de él.