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1301 Words
10 Al día siguiente, Esteban se encontraba con Edgar en una panadería cercana a la casa de su amigo. Sentados alrededor de una mesa redonda, tomaban gaseosa y comían mariposas de hojaldre, con los bordes cubiertos de chocolate, unas de las favoritas del baterista de Los Cuarenta. – ¿Entonces usted no volvió a escuchar nada ayer? –preguntó Esteban. –No, hermano, anoche estuvimos con mi papá pegados a ese aparato, pero nada, absolutamente nada –dijo Edgar antes de tomarse un sorbo de su gaseosa. –Ya… pues venga le sigo contando–, Esteban acercó su silla a la mesa y se inclinó hacia adelante. –Como le decía, ella me cayó al estudio, junto con la hermana y un man ahí desconocido que resultó ser un guardaespaldas. –Con Marcelita, supongo –dijo Edgar con una sonrisa. –Sí, lógico… ella no tiene más hermanas –Esteban tomó un sorbo de su gaseosa y le dio un mordisco al hojaldre–. El caso es que los tipos la habían soltado ayer por la mañana. –Entonces cuando nosotros hablamos por teléfono ayer a las cuatro, ella ya estaba libre… –dijo Edgar. –Sí, claro, pero yo no lo sabía. Pero bueno, le cuento que la dejaron como a diez cuadras de su casa, por allá por Chapinero, como por la trece con sesenta y pico. De ahí, ella se fue caminando hasta la casa, pues no tenía plata para coger ni siquiera un bus de los más baratos. – ¿Y qué hora era? –Temprano, como las seis de la mañana. Me dijo que todo estaba cerrado todavía, que casi no había gente por ahí –dijo Esteban. – ¡Uy!, re temprano, entonces. –Sí, bastante. Que habían viajado toda la noche. Es decir, ella piensa que la tenían lejos de Bogotá, que era un lugar de clima caliente. –Ah, nooo, entonces la pasó bueno –rio Edgar y luego secomió un pedazo de su mariposa. –Buenísimo…– Esteban tomó otro sorbo de su gaseosa después de haber negado con la cabeza. – ¿Pero entonces en dónde la tenían o qué? –preguntó Edgar. –Que era una casita muy pequeña, de campo, en el medio de la nada. Pero ahí solo estuvieron una noche. Que antes de ahí, había estado en otra, también de clima caliente, que fue en donde estuvo casi todo el tiempo. – ¡Claro! Por eso la policía no dio con su paradero. Se supone que los tenían ubicados, pero si la cambiaron de casa a lo último… pues ya qué… –dijo Edgar. –Supongo… –dijo Esteban encogiéndose de hombros. –Oiga, ¿pero no le dijo nada de si los papás habían dado permiso para el rescate? –Pues ella no, pero Marcela si me contó anoche, en un momento en que Mónica estaba hablando con los papás. – ¿Y qué le dijo Marcelita? –Que ni de riesgos, que la mamá se había puesto histérica, que ya se había pagado el rescate, y que no iba a permitir nada de eso –dijo Esteban. – ¡Menos mal! Es que quién sabe qué hubiera podido suceder… Con ese tipo de gente las vainas no son como tan fáciles. –Sí, y como que el papá tampoco estaba muy convencido. – ¿Pero qué más le contó? –preguntó Edgar. – ¿Quién?, ¿Mónica o Marcela? –Su novia, ¿qué más detalles le contó? –Cuando la agarraron, el día del s*******o, la durmieron con un pañuelo que tenía algo, se lo pusieron en la nariz. –Como en las películas… Es que a veces la realidad como que supera la ficción. –Así es, ¿quién se lo iba a imaginar? Pero bueno, el caso es que cuando se despertó estaba acostada en la cama de un cuarto pequeñito, que no tenía ventanas, que la única luz era de un bombillo, y que hacía muchísimo calor –dijo Esteban, y luego se quedó callado, pensando y con la mirada perdida. –Sí, ¿y qué pasó? –Pues… así en general… que siempre entraba una vieja con la cara cubierta a darle comida, que por la voz y el cuerpo parecía ser una persona joven. – ¿Y ni modos de escaparse o algo…? –preguntó Edgar antes de darle el último mordisco a su mariposa de hojaldre. –No, que siempre que habrían la puerta para que entrara la vieja con la comida, que ahí afuera ella alcanzaba a ver a un tipo con un arma grande, como una escopeta, una ametralladora o algo así. – ¡Uy! Tenaz esa vaina… ¿Y nunca salía de ahí o qué? –Que solo para ir al baño, en compañía de la misma vieja… y para bañarse y eso… – ¿Y de ropa cómo hacía? –preguntó Edgar. –Que le dieron un jean y unas camisetas, algo así…pues para cambiarse. –Oiga, ¿cuánto tiempo alcanzó a estar secuestrada? –Un mes… un mes y dos días para ser exactos –dijo Esteban. –Pobrecita… y ahí aburrida, me imagino... –No, pues toteada de la risa… –Esteban torció la boca y meneó la cabeza. –Quiero decir, pues sin televisión ni nada, usted sabe… –Ahí como que le prestaban el periódico de vez en cuando, y se leía hasta los avisos clasificados. – Ya… ¿Pero usted cómo la ve?, ¿sí está bien o más o menos? –preguntó Edgar. Esteban se quedó mirando su gaseosa por un buen rato. –Pues qué le digo… Solo fueron unas horas que la pude ver ayer; desde que salimos del estudio, antecito de las seis, como hasta las nueve que estuve en su casa. – ¿Y la ve normal? –Está asustada… nerviosa. Ella trata de mostrarse normal, y pues está súper bien conmigo, pero en el fondo se le nota el susto. – ¿Sí?– dijo Edgar torciendo la boca. –Cada que sonaba algo intempestivo, como el teléfono o le timbre de la puerta o un ruido sorpresivo o algo así, como que temblaba o se sobresaltaba ¿si me entiende? –Pobrecita, y ella tan bacana que es –dijo Edgar. –Dígamelo a mí… y pues ahora a esperar a ver qué pasa… –¿Y con lo de Los Cuarenta entonces ya ni modos de que entre? Esteban arrugo los labios antes de responder. –Por ahora llevados del putas, pero pues toca esperar a que a alguien le dé por salirse para que vuelvan a hacer audiciones. –Qué embarrada, y sin saber cuándo eso se dé… –dijo Edgar. –Es que joden a la persona por todo lado… No solamente es lo del billete o por ahí el trauma que le pueda quedar, también son los planes que se pueden tener. –Claro, o también lo que le trunquen en ese momento, no solo lo del fututo. –Pues sí, pero entonces esperar a ver qué pasa. –Sí, y mirar a ver cómo va evolucionando. A usted le toca con paciencia, y sobre todo tener mucha comprensión con ella. –Yo por mi Monina hago lo que sea, usted sabe –dijo Esteban. –Sí, esa pelada vale la pena. Bueno, me toca arrancar ya, lo que hay son tareas por hacer, pero me sigue contando –dijo Edgar mientras se ponía de pie. Esteban se paró de su silla. –En todo caso, gracias por todo, yo lo llamo cualquier cosa. –Listo, y para que me haga el catorce ahí con Marcelita. –Seguro, haremos el esfuerzo. –Listo, se cuida. Y Edgar salió de la tienda mientras Esteban terminaba su gaseosa.
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