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Adriana se miró al espejo y sonrió al ver reflejados sus grandes ojos cafés, su nariz respingada, su boca pequeña pero de labio inferior lo suficientemente grueso para atraer a los más exigentes, y su cabello cobrizo que le llegaba a los hombros. Pensó en cómo, el hecho de tener esa apariencia, la había llevado, a sus dieciséis años, a levantarse a casi todos los hombres que había deseado. Siempre los había manejado como quería, a excepción de Esteban, el baterista del grupo. Él había sido diferente, tal vez un poco más serio que los demás, de pronto más exigente, seguramente más comprometido de lo que ella había estado dispuesta a tolerar… Tratando de olvidarse del tema, se aplicó algo de rubor, se sonrió a sí misma, se levantó de la silla y terminó de vestirse; lo último en ponerse fueron los zapatos y la chaqueta. Se despidió de su mamá y salió del apartamento. Tomó el ascensor, llegó al primer piso, saludó al portero del edificio y salió a la calle. Caminó un par de cuadras hasta llegar a la carrera séptima, y cogió una buseta que decía Germania; para su suerte, debido al día y la hora, domingo, diez y media de la mañana, consiguió puesto y pudo irse sentada, pensando en lo que sería su reencuentro con su vieja amiga. Se bajó a la altura de la calle ochenta y tres, y caminó dos cuadras hasta llegar al edificio alto, de color blanco, en donde residía Sandra. Se anunció en la portería y subió caminando hasta el tercer piso, pensando que era mejor hacer algo de ejercicio.
Sandra le abrió la puerta y la saludó con un fuerte abrazo y una enorme sonrisa. Vestía pantalones anchos de color verde de estilo rasta y una blusa blanca. Iba descalza, con las uñas de pies y manos pintadas con los colores de la bandera de Jamaica. Llevaba manillas en muñecas y tobillos, una bandana con los mismos colores de las uñas, y su pelo era largo y castaño, con algunos tintes de color claro, los cuales contrastaban muy bien con sus ojos verdes. Hizo seguir a su amiga hasta su habitación; una vez allí, Sandra cerró la puerta y las dos se sentaron en la cama.
–Por fin se deja ver… –dijo Sandra sonriendo.
Adriana le devolvió la sonrisa.
–Verdad, es que el colegio me tiene súper ocupada, y salgo de ahí a hacer tareas, o a los ensayos del grupo.
–Su famoso grupo… Que les fue muy bien en la Plaza de Toros, escuché por ahí–dijo Sandra mientras ponía un cassette de Bob Marley en su grabadora.
–Sí, nos fue súper bien, pero además como estoy metida en lo del comité, es decir los que mandan ahí, eso me está quitando mucho más tiempo. Por eso no había podido sacar un rato para que nos viéramos.
Sonaba "No woman no cry", la conocida canción de Bob Marley en los bafles de la grabadora.
– ¡Tengo una amiga importante! –sonrió Sandra.
–Para nada… Cuando lancemos nuestro primer disco seremos importantes, por ahora es solo aprendizaje –dijo Adriana con una sonrisa.
–Pero del bueno, porque ustedes están tocando súper, mi profesor del conservatorio está asombrado de lo bien que lo hacen.
Adriana sonrió ampliamente y le cogió la mano a Sandra.
–Precisamente, amiga, de Los Cuarenta era que quería hablarle.
–Cuéntemelo todo –dijo Sandra, sus ojos bien abiertos, sus labios mostrando una pequeña sonrisa-
Adriana le soltó la mano y se puso de pie.
–Quiero que entre al grupo; tenemos un cupo disponible gracias a la renuncia de un tipo que se va de Bogotá, y yo quiero que usted coja ese puesto.
Sandra, levantando una ceja, también se puso de pie y dijo:
– ¿Y… sí necesitan violinistas en este momento?
Adriana la agarró por los hombros.
–Siempre se necesita de todo…, usted en el violín es mejor que nadie, tiene buena voz, y conoce muy bien el piano.
– ¿Y usted por qué quiere que sea precisamente yo…, la que entre a Los Cuarenta?, con todos esos amigos músicos que usted conoce…
Adriana le soltó los hombros y le respondió mirándola directo a los ojos.
–Porque usted es muy buena en todo lo que hace, es la mejor que conozco, además porque es mi amiga desde que teníamos cinco años, y porque me fascinaría… tenerla cerca de mi…
Sandra se volvió a sentar en la cama, agarró un oso de peluche y lo abrazó contra el pecho.
–Adri, a mí me fascinaría entrar a ese grupo; sé que tengo las capacidades necesarias y que podría aprender mucho…, lo que no entiendo es por qué me viene a decir que le fascinaría tenerme a su lado, cuando en realidad siempre que la llamo para que nos veamos, usted siempre saca una disculpa…
Adriana se volvió a sentar en la cama.
–Tiene razón…, es que hay dos cosas…
– ¿Cuáles dos cosas? –preguntó Sandra, quitándose el pelo que le caía sobre los ojos.
–Usted sabe, y se lo acabo de decir, que yo ando muy ocupada por estos días…, y segundo… –se quedó mirando un afiche de Olivia Newton John que colgaba de la pared–, se me había olvidado lo linda que es usted…
– ¿A usted qué le pasa, Adriana?, ¿se cansó de andar con hombres?, ¿o es que vino hasta mi casa para burlarse de mí? –dijo Sandra subiendo el tono de voz.
Adriana, cogiéndole la mano dijo:
–Tranquila, yo no me estoy burlando de nadie, y mucho menos de usted.
– ¿Y cómo hace tiempos, cuando le conté de mi condición, ahí si no dijo nada?
–Bueno…, usted sabe que todo cambia, que la gente cambia...
Sandra le soltó la mano, se puso de pie y sacó una foto de un cajón del escritorio. Se quedó observándola por unos instantes y se la entregó a su amiga. Adriana la recibió y la miró detenidamente. En la foto salían ella, Sandra y Esteban, todos muy sonrientes, sentados en un sofá de color naranja.
– ¿Y qué paso con ese tipo?, usted se moría por él –preguntó Sandra con tono serio.
–Sí, muy bonito y todo, pero un poquito celoso, –dijo Adriana con una mueca–, entonces tocó dejarlo ir.
–Pero es que usted quería andar con dos al mismo tiempo, y eso no aguanta.
–Me va a decir usted que si hubiera tenido un gringo como Steve… bueno, no usted, pero digamos, en su caso… una gringa divina a su disposición, ¿no hubiera hecho lo mismo?
Sandra se sentó en el tapete con las piernas cruzadas.
–Pero Steve estaba solamente de intercambio aquí, y solo le quedaban dos meses antes de irse. En cambio a Esteban, usted lo hubiera podido tener todo el tiempo.
Adriana se sentó en el piso frente a su amiga.
–Pueda que usted tenga razón, pero si uno deja ir las oportunidades, después no vuelven, y la vida hay que vivirla.
–Sí, hay que vivirla, pero sin pasar por encima de los demás.
– ¿Y yo por encima de quien pasé? –dijo Adriana, haciendo una mueca.
–Ese tipo estaba súper interesado, se veía que botaba la baba, y usted poniéndole los cachos con ese gringo insípido. ¿Le parece pescado?
– ¿Esteban botando la baba? Usted está loca…
Sandra echó la espalda y la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo de su cuarto, decorado con estrellas fluorescentes.
–No me diga que no se dio cuenta…
–Él estaba interesado, sí, pero al primer traspié, al primer contratiempo… salió corriendo… Yo que culpa…– dijo Adriana.
Sandra se volvió a echar hacia adelante y se quedó mirando a Adriana fijamente.
–A nadie le gusta compartir, esto no es Arabia Saudita.
–Bueno amiga, pero ese tema dejémoslo para más tarde, yo vine a verla porque en serio quiero que usted entre a Los Cuarenta.
– ¿Y qué hay que hacer para eso? –preguntó Sandra mientras se acomodaba los anillos de las manos.
Adriana le sonrió ampliamente y dijo:
–Va a haber una audición la semana entrante, por ahí martes o miércoles a más tardar…
–Y hasta ahora me avisa…
–Es que todo ha sido súper intempestivo, pero le cuento que el próximo sábado nos presentamos en Cali, y es necesario que la nueva persona que entre al grupo esté en esa presentación.
– ¿Usted pretende que yo haga una audición éste miércoles, y que tres días después esté tocando en Cali con ese grupo? –dijo Sandra, sus ojos más grandes que nunca.
–Mire, la verdad es que pueda que el sábado no toque mucho, el afán es porque nos están exigiendo que el grupo esté completo para ese día.
– ¿Y cómo es exactamente esa audición?
–No sé muy bien cómo va a ser ésta vez… exactamente; generalmente el aspirante tiene que tocar los instrumentos que conoce en un par de piezas, y también le toca cantar algo. Pero con su calidad, no creo que vaya a haber ningún problema.
Sandra la miró pensativamente y dijo:
–¿Y quién decide cuál aspirante es el que entra al grupo?
–Mañana tengo una reunión para mirar eso, pero básicamente entre el director y el comité se toma la decisión –respondió Adriana con una amplia sonrisa.
–Y como usted está en el comité, entonces ahí ya tengo palanca… –dijo Sandra mientras jugaba con las manillas de los tobillos.
–Así es… yo voy a hacer todo lo posible para que usted esté viajando con nosotros a Cali el próximo fin de semana.
–Mire, como ya le dije, se me hace lo máximo entrar a Los Cuarenta, y le agradezco mucho por su… propuesta, o lo que sea… por su invitación. Pero solo le pido una cosa: por favor no se ponga a mezclar lo de la música con lo que usted pueda sentir por mí –dijo Sandra utilizando un tono serio y mirando a su amiga directamente a los ojos.
Adriana le cogió las manos y dijo:
–No se preocupe, yo a usted la quiero ver en el grupo, eso es lo más importante, ya lo demás vendrá por añadidura –y se inclinó hacia adelante y le dio un pico en los labios.