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1197 Words
Esteban y su novia se encontraban en la sala del piano de la casa de ella. La idea era practicar lo máximo posible con miras a la audición. Desde las nueve de la mañana de ese domingo, ella se había sentado en el piano, y su novio, recostado cómodamente en el sofá, la acompañaba en la guitarra. Mónica había empezado con lo que estaba acostumbrada, lo que mejor manejaba, los ritmos de Beethoven, Mozart, Chopin, Bach y algunos otros clásicos. Ya eran nueve años de práctica, los que le daban la confianza suficiente para interpretar gran cantidad de piezas sin necesidad de estar leyendo las partituras. Se encontraba algo nerviosa pensando en lo que sería la audición, pero al mismo tiempo se sentía apoyada por su novio, y sabía que si lograba vencer los nervios, las posibilidades de llegar a hacer parte del grupo eran enormes. Después de un poco más de una hora dedicada a la música clásica, Esteban sugirió que era hora de empezar a practicar ritmos y estilos diferentes, aquellos que la pudieran ayudar a la hora de su presentación ante la gente del grupo. Decidieron continuar con algo de salsa, pensando que era el género que iba a predominar en el próxima concierto de Los Cuarenta. Él había traído algunas de las partituras que usaban en el estudio, y Mónica empezó a leerlas y estudiarlas con mucha atención. A los pocos minutos empezó a tocar, y Esteban se mostró maravillado por la forma natural y fluida como su novia lograba interpretarlas. Parecía que toda la vida hubiese estado tocando música salsa. La perfección en el manejo de los ritmos y los acordes, y la gracia con que manejaba las manos, los brazos y las piernas le dieron plena confianza a Esteban, y la casi plena seguridad de que ella sería la próxima integrante del grupo. Estuvieron practicando con conocidas piezas de Héctor Lavoe, como "Periódico de ayer", "Calle luna, calle sol", "El cantante", "Todo tiene su final" y "Mi gente". –Nunca pensé que fuera tan divertido –dijo Mónica mientras tocaba "Los entierros" de Cheo Feliciano– esto me pone súper. Después de dos horas de practicar los ritmos salseros, decidieron seguir con los sonidos del jazz latino, algo similares a los de la salsa. Salieron temas conocidos como "El manisero", "Cuando salí de Cuba" y "Lamento guajiro". A medida que avanzaba el día, Mónica iba adquiriendo mayor seguridad en la interpretación de estos ritmos, bastante alegres y novedosos para ella, pero muy alejados de la clase de música que estaba acostumbrada a practicar. Esteban bailaba alrededor del piano agarrado a su guitarra, y cada que era necesario le daba alguna pauta, o la ponía a jugar con las síncopas y los contratiempos. Alrededor de las cinco de la tarde, Mónica mostró señales de cansancio y fue cuando decidieron suspender la sesión. Pensaban que lo que tenía que ver con el piano ya estaba bajo control, y que al día siguiente seguirían con el arpa y la práctica de la voz. –Nene, ¿tú qué piensas que debería cantar ese día? –Preguntó Mónica mientras se levantaba de la butaca del piano y se acostaba en el mullido tapete. Esteban, recostado en el sofá le contestó: – ¿Sabes algo, mi Monina preciosa? –No sé nada– dijo Mónica sonriendo. Esteban se bajó del sofá hasta el piso y se acostó al lado de su novia. –Imagínate que yo jamás te he escuchado cantar. – ¿En serio? Eso me extraña…, pero tienes razón, mucho piano pero poco canto. –Yo creo que debes cantar una ranchera– dijo Esteban en tono serio. –Ay no, corazón, tú sí…, después llego allá y hago el oso…, no hay colaboración… Esteban se atacó de la risa mientras que Mónica cambiaba de posición y recostaba la cabeza en la barriga de su novio. – ¿Peso mucho?– preguntó Mónica. – ¿Tu cerebro? Nooo… para nada. –Bueno…, sin montarla, o no hago audición y me dedico a jugar damas chinas. Esteban le acarició suavemente las mejillas, le cogió la nariz con dos dedos y se la empezó a mover suavemente de un lado a otro. –Tienes una hermosa nariz. –Estás desvariando, cariño– dijo Mónica con su mirada fija en la lámpara estilo suizo que colgaba del techo. – ¿Me vas a decir que tu nariz no es bella? –Pues sí, bellísima, igual que mis patas, pero estamos hablando de qué debo cantar. –Tus piernas, Monina, los de las patas son los animales– dijo Esteban sonriendo mientras jugaba con las orejas de su novia–. Y pues sí, tus patas son bellas también. – ¿Quedamos en que son patas o piernas? –Las patas salen a cine con los patos, y las piernas de pernil son buenas en navidad. Mónica se echó hacia adelante. –Tú no me estás tomando en serio, parece como que te la hubieras fumado verde… – ¿Verde? Verde es el hombre increíble. –Definitivamente creo que es hora de tu medicina– dijo Mónica y se agachó y lo besó tiernamente. Segundos después, al levantar la cabeza dijo: –¿Será que va a haber mucha competencia? –No sé, Monina, en el ensayo de mañana dicen. Generalmente no son más de cuatro o cinco– dijo Esteban. – ¿Y de dónde sale toda esa gente? –Dijo Mónica recostando la cabeza en el pecho de su novio. –Más que todo amigos o conocidos de la gente del grupo. – ¡Ah, nooo! Entonces eso es pan comido –dijo Mónica y soltó la carcajada–. No mentiras, debe haber gente re dura. –Yo estoy seguro que tú eres la más dura, Monina –comentó Esteban con una tierna sonrisa. –Dios te oiga, nene…, pero ahora sí, en serio, ¿qué crees que debería cantar ese día? –La verdad no sé, amor. ¿Tú que clase de cosas has cantado? –Más que todo en el coro del colegio, y en el conservatorio; cosas clásicas, como siempre… el "Mesías" de Handel, esa parte de "La venganza del infierno hierve en mi corazón", de Mozart…, pues de "La flauta mágica"…, "Habanera" de "Carmen" de Bizet. – ¡Uy, Monina! ¡Excelente! ¿Tú cantas todo eso? –Pues se hace lo que se puede… es que como yo tengo un registro vocal bastante amplio, los profesores viven felices conmigo, y después de tanto tiempo en el conservatorio… –Claro, ¿y algo más modernito no hay por ahí? –dijo Esteban riendo. –Si quieres te canto "I will survive", o "Never can say goodbye". – ¡Gloria Gaynor! Buenísimo. –Si quieres mañana practicamos eso, a ver cuál de las dos suena mejor –dijo Mónica sonriendo. –Sí, de una, mi nenita. Después del ensayo de grupo yo vengo y miramos eso. –Mientras tanto voy a pensar que otras canciones más modernitas, puedo ensayar… como para tener más opciones. –Vas a ver que eres la mejor del mundo –dijo Esteban y la besó tiernamente.
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