83 Detestaba no poder ver a su Monina en una noche tan especial como aquella. Los sonidos de la pólvora retumbaban por toda la ciudad. El cielo estaba invadido de globos de papel de seda. La gente se divertía en las calles y las lluvias de los días anteriores habían dado paso a una noche llena de estrellas. El tamal con bebida de chocolate estaba exquisito, lo que le daba la razón a su mamá cuando decía: "para comer buenos tamales el veinticuatro, hay que irlos a comprar a La Culebrera". Salió a la calle después de cenar, y le sorprendió que, siendo las diez de la noche, apareciera por el barrio su amigo Edgar justo en el momento en que estaba ocupado ayudándoles a los vecinos a inflar un globo con forma de vaca. Aunque no tenía licencia de conducir, los papás de su amigo solían prestarle

