A la mañana siguiente, la luz grisácea del amanecer invernal se filtraba a través de los ventanales, pintando el mundo de tonos apagados y sombras largas que parecían arrastrarse por los suelos como espectros resignados. Elara llevó a los niños a la cocina, ese reducto de calor y normalidad que ahora sentía como un frágil escudo contra la oscuridad que acechaba más allá de sus paredes, donde el calor del horno y el aroma a pan recién horneado creaban una burbuja de normalidad que resultaba casi ofensiva en su falsedad, en su pretensión de que todo estaba bien cuando todo estaba terriblemente mal. Maeve les sirvió un desayuno abundante—gachas cremosas, tostadas doradas, mermelada casera que brillaba como rubíes bajo la luz de las velas—pero la tensión en el aire era palpable, una presencia

