El corazón de Lily latía a 112 pulsaciones por minuto, un tamborileo ansioso que resonaba en sus oídos como martillazos en el silencio sepulcral de la mansión. Al final del pasillo del ala oeste, la mujer de pelo de fuego se deslizaba con pasos de gata, una sombra líquida. Su silueta se movía con un sigilo tan perfecto que resultaba antinatural. Los tenues rayos de luna, filtrados por los vitrales polvorientos, proyectaban patrones cambiantes sobre las paredes de piedra.
Las advertencias de Maeve sobre ese lugar prohibido eran un zumbido de fondo, pero el patrón de comportamiento de la mujer—furtivo, deliberado, incorrecto—era una ecuación de peligro con variables claras. La curiosidad de Lily, a menudo un estorbo en el mundo social, aquí era una herramienta afilada, el único instrumento capaz de descifrar los códigos ocultos de Stormholt.
Conteniendo la respiración hasta contar siete segundos exactos—su número de la suerte, primo y por tanto lógicamente perfecto—Lily se deslizó fuera de su habitación. El crujido de la madera bajo sus pies fue de 42 decibelios, apenas por encima del umbral de detección humana. El aire frío del pasillo le erizó la piel desnuda de sus brazos, confirmando una temperatura ambiental de no más de 12 grados Celsius.
Las gruesas alfombras persas ahogaban sus pasos descalzos, absorbiendo cada pisada como un secreto enterrado. El frío del suelo de piedra se filtraba a través de la lana, un recordatorio constante de la naturaleza gélida de esta nueva realidad. Se movía de sombra en sombra, calculando cada movimiento con la precisión de quien sabe que un error de medio segundo podría ser fatal.
Morwenna, segura en su supuesta soledad, no miró atrás. Se detuvo frente a una pesada puerta de roble, tan alta que parecía diseñada para gigantes, con herrajes oxidados que hablaban de siglos de historias no contadas. Introdujo la llave larga y antigua con un movimiento ritual, girándola con una suavidad que sugería familiaridad, y entró en una habitación que despidió un olor a polvo y recuerdos amargos.
Lily se acercó hasta el umbral, sus pies descalzos dejando huellas momentáneas en el polvo, arriesgando un solo ojo para espiar por el resquicio de 2,3 centímetros. Era el ángulo perfecto: máximo campo visual con mínimo riesgo de exposición.
La habitación era un estudio abandonado, un santuario congelado en el tiempo. El mobiliario estaba cubierto con sábanas blancas como sudarios, fantasmas de muebles que esperaban una resurrección que nunca llegaría. Morwenna se dirigió directamente a un enorme escritorio que dominaba la habitación. Sobre él, Lily pudo distinguir un gran pájaro de madera con las alas extendidas tallado en el frente, su pico afilado apuntando hacia la puerta como un centinela eterno.
Con movimientos rápidos y nerviosos—una rareza en alguien que normalmente se movía con gracia calculada—los dedos de Morwenna temblaban ligeramente, un 2% de variación en su estabilidad normal que delataba ansiedad. Presionó un lugar específico en el ala del ave, una protuberancia casi imperceptible.
Un cajón secreto, tan delgado que era casi invisible, de no más de 4 centímetros de profundidad, se deslizó silenciosamente. De dentro de su vestido, de un pliegue oculto, Morwenna sacó un pequeño frasco de cristal que brilló débilmente con un contenido líquido y pálido, un azul pálido como el cielo de un amanecer invernal. Lo dejó caer en el compartimento donde resonó con un golpe sordo contra la madera. Cerró la gaveta con un clic sordo que resonó en el silencio como un disparo amortiguado.
En ese preciso instante, mientras Lily procesaba la escena con meticulosidad, Morwenna se quedó inmóvil. Su espalda se arqueó ligeramente, todos sus músculos tensionándose en alerta máxima. Su cabeza se inclinó, como un animal que olfatea el aire.
Lily había cometido un error crítico: había contenido la respiración demasiado tiempo, superando su capacidad pulmonar en 3,2 segundos. Un pequeño, casi imperceptible jadeo escapó de sus labios, una fuga de sonido de 0,3 segundos que bastó para delatarla en el silencio perfecto.
Los ojos de Morwenna, fríos y agudos como esquirlas de hielo, se estrecharon hasta convertirse en dos rendijas peligrosas. Se clavaron en la puerta, como si pudiera ver a través de la materia sólida.
"¿Hay alguien ahí?" Su voz fue un silbido venenoso en la quietud, cada sílaba cargada de amenaza.
El pánico fue un relámpago de instinto puro, una descarga de adrenalina de 0,8 segundos que anuló temporalmente su procesamiento lógico. Se encogió hacia atrás, su cuerpo moviéndose antes de que su mente terminara de calcular las probabilidades.
Un nicho oscuro, formado por un hueco en el muro de piedra y una pesada cortina de terciopelo descolorido, estaba a exactamente 1,7 metros. Distancia cubrible en 2,3 segundos manteniendo el sigilo. Se deslizó dentro de él, su cuerpo delgado encontrando el espacio perfecto, envolviéndose en la oscuridad y la tela polvorienta, justo cuando la puerta del estudio se abría de par en par con un crujido que sonó a sentencia.
Morwenna apareció en el umbral, llenando el marco de la puerta con su presencia amenazante, su silueta recortada contra la luz tenue de la habitación. Su mirada barrió el pasillo vacío, escudriñando cada sombra, cada posible escondite. Lily podía sentir la intensidad de su escrutinio, como si esos ojos penetrantes pudieran ver a través de la piedra.
Contuvo la respiración hasta que le dolió el pecho, contando mentalmente hasta veintitrés, el número primo que siempre la calmaba, repitiendo la secuencia como un mantra.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad de 47 segundos exactos, con un gruñido de irritación que sonó a promesa de venganza, Morwenna cerró la puerta del estudio con fuerza. Sus pasos se alejaron, furiosos y rápidos, eco de una rabia que no olvidaría este contratiempo.
Lily permaneció en su escondite un minuto más, setenta y tres segundos exactos—otro número primo—, hasta que el silencio fue absoluto. Temblaba, no de frío, sino de la comprensión gradual de lo cerca que había estado del peligro real.
Luego, salió y regresó a su habitación con la misma sigilosa precisión, cada paso una victoria pequeña pero significativa. Pero no durmió. Su mente, ahora liberada del peligro inmediato, se dedicó a descomponer y analizar. Repitió una y otra vez la escena, grabando cada detalle, cada número, cada medida, cada porcentaje, cada variable, construyendo un mapa mental de la traición que se desarrollaba bajo el techo de Stormholt, un diagrama perfecto de conspiración que solo ella podía ver con tal claridad.