CAPÍTULO 6: EL PRIMER DIAGNÓSTICO

1656 Words
El camino de regreso a la mansión desde los establos fue una transición entre dos mundos. La nieve crujía bajo sus pies como huesos de cristal, marcando cada paso que la acercaba a la batalla que aguardaba entre paredes de piedra. Kaelen la acompañó en un silencio cargado, solo roto por el aullido lejano del viento que gemía entre los árboles esqueléticos. No fue un acompañamiento caballeroso, sino una escolta tácita, una delimitación del nuevo territorio que ahora compartían por necesidad más que por voluntad. Bajo la luz pálida de la luna que se filtraba entre las nubes desgarradas, la cicatriz de su rostro parecía una sombra más, un recordatorio de las heridas que esta familia era capaz de infligir. —"Rigby es un títere," dijo Kaelen de pronto, su voz baja pero cortante como el hielo. "Pero los hilos los mueve Alistair. Un zorro acorralado muerde con más saña que uno en campo abierto. No subestimes lo que puede hacer un hombre cuando ve desaparecer su poder." —"No lo haré,"murmuró Elara, sintiendo el peso de la advertencia como una losa sobre sus hombros ya cargados. Al llegar a la puerta principal, él se detuvo, convirtiéndose en una estatua de hielo y resentimiento. —"Sabes dónde encontrarme."Fue todo lo que dijo antes de perderse de nuevo en la oscuridad, un fantasma absorbido por la noche invernal que parecía ser su único aliado. Al cruzar el umbral, la calidez artificial de la mansión le golpeó el rostro, pero ya no era un refugio. Cada antorcha, cada tapiz, cada mueble antiguo parecía contener una amenaza susurrante. Era un campo de batalla donde las balas eran sonrisas traicioneras y las trincheras, pasillos oscuros. En la suite de Alaric, Clara levantó la vista con una sonrisa cansada pero firme, un faro de competencia en la penumbra de la enfermedad. —"Los signos vitales se mantienen estables.La fiebre bajó a 38.1. Parece responder al cambio de medicación." —"Bien,"asintió Elara, colgando su abrigo empapado que goteaba sobre el suelo de madera como lágrimas congeladas. Su mente, ahora más tranquila después del enfrentamiento en los establos, se enfocó con la precisión de un escalpelo en la tarea médica que tenía por delante. Se lavó las manos con la meticulosidad de quince años de experiencia en consultorios y urgencias menores, el ritual que siempre la anclaba a la realidad. Luego, desplegó su maletín como un general prepara su artillería. Jeringas, tubos al vacío, guantes estériles. Cada objeto, un soldado en esta guerra silenciosa. Mientras Clara sostenía el brazo pálido y paperoso de Alaric, Elara encontró la vena con una precisión práctica que contrastaba con el temblor que sentía por dentro. La sangre, oscura y espesa, llenó los tubos. Eran la prueba tangible, el testimonio mudo del crimen que se estaba cometiendo. —"Esto va a un laboratorio privado en Londres,"explicó Elara, sellando las muestras con un código numérico, no un nombre, convirtiendo a su tío en un caso clínico anónimo para protegerlo. "Discreción absoluta. Arthur se encargará del envío antes del amanecer." Antes de que Clara pudiera responder, la puerta se abrió sin ceremonias. Un hombre entrada en años, con un traje que hablaba de desgano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos pequeños y entornados, irrumpió en la habitación como si aún tuviera derecho a hacerlo. Era el Dr. Rigby. —"Dra.Vance, supongo," dijo, con una voz untuosa que le erizó los pelos de la nuca a Elara. Era el tono de quien está acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamientos. "Soy el Dr. Rigby. He estado a cargo del cuidado del Sr. Vance. Vine a supervisar y ofrecer mi... asistencia." Elara no se inmutó. Terminó de etiquetar las muestras antes de volverse lentamente, erigiéndose en toda su altura. La autoridad que emanaba de ella no era heredada, sino ganada en incontables noches en urgencias y decisiones que separaban la vida de la muerte. —"Su'asistencia' ya no es requerida, Dr. Rigby," dijo, su voz fría como el acero quirúrgico. —"¿Disculpe?"él esbozó una sonrisa condescendiente que pretendía ser paternal. "Querida doctora, quizá no está familiarizada con el historial complejo de su tío. Su condición es muy delicada, requiere un conocimiento profundo de su caso." —"Precisamente por eso,"replicó Elara, avanzando un paso que redujo la distancia entre ellos a un territorio incómodo. "Estoy familiarizada con su historial. Muy familiarizada. Por ejemplo, con su repetido diagnóstico de 'mejoría inexplicable' coincidiendo con picos en sus niveles de talio. En mi profesión, llamamos a eso negligencia criminal." Los ojos del Dr. Rigby se abrieron levemente, un destello de pánico genuino cruzando su mirada antes de que la arrogancia volviera a cubrirlo como un manto. —"Eso es una interpretación peligrosa de..." —"Es un hecho médico,"lo interrumpió ella, clavándole la mirada con la fuerza de quien tiene la verdad y la ley de su lado. "Y como la médica a cargo, designada por el poder notarial que poseo, le relego de sus funciones. Efectivo inmediatamente." —"¡No puede hacer eso!"protestó, con una mancha roja de indignación subiéndole por el cuello como mercurio en un termómetro. —"Ya lo hice,"Elara dijo con una calma aterradora que sonaba a sentencia definitiva. Hizo un gesto hacia la puerta. "Clara le acompañará para recoger sus cosas. Y le aconsejo, doctor, que comience a buscar un abogado. Las juntas médicas suelen ser muy estrictas con la negligencia y el conflicto de intereses." La derrota fue instantánea. La máscara de profesionalismo del Dr. Rigby se quebró como cristal, revelando al hombre acorralado y cobarde que había debajo. Sin otra palabra, giró sobre sus talones y salió de la habitación, seguido de cerca por Clara, cuya espalda recta era el último mensaje de su nueva lealtad. Cuando la puerta se cerró, Elara dejó escapar un largo suspiro, dejando que por un momento la fatiga ganara la batalla a la adrenalina, apoyándose en el borde de la cama. La tensión se disipaba, dejándole un vacío tembloroso. Tomó la mano de Alaric, su piel fría contra la suya, buscando un contacto que la anclara a la razón de todo esto. —"Un hombre desagradable,¿verdad, tío?" susurró, su voz quebrándose por primera vez desde que había llegado, permitiéndose una vulnerabilidad que solo los enfermos y los moribundos podían ver. "No te preocupes. Ya no te hará más daño. Ese veneno llegó a su fin hoy." Miró su rostro inmóvil, buscando algún signo de consciencia, un parpadeo, un suspiro más profundo, cualquier señal de que la lucha valía la pena. Solo encontró la quietud impasible de la enfermedad. —"Tengo dos hijos,Alaric," continuó, hablando más para sí misma que para él, dejando que las palabras lavaran el miedo que sentía. "Lily tiene catorce años. Es... diferente. Ve el mundo de una manera que a veces yo no puedo comprender. Calcula patrones donde yo solo veo caos. Es increíblemente inteligente y toca el violín como si las cuerdas le hablaran en un lenguaje secreto." Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. "Y Tommy... Dios, Tommy tiene cinco años. Es un torbellino de energía y preguntas sin fin. Es tan cariñoso que a veces pienso que su corazón es demasiado grande para su cuerpo." Sus lágrimas cayeron sobre la sábana blanca,formando pequeñas manchas oscuras que parecían constelaciones de dolor sobre la tela inmaculada. —"Te habría encantado conocerlos.Y ellos... te habrían necesitado. Un ancla en este mar de locura en el que me has metido. Algo sólido a lo que aferrarse." Apretó su mano con más fuerza, transfiriéndole su propia determinación a través del contacto. "Así que vas a tener que luchar, ¿entendido? No solo por ti, o por esta maldita herencia. Vas a luchar por ellos. Porque ahora también son tu familia." No hubo respuesta, ni un apretón de manos, ni un parpadeo. Pero Elara sintió que un peso se aligeraba en su pecho. Había plantado una semilla, no solo de esperanza, sino de propósito compartido. Esa noche, el silencio de la mansión era opresivo. El frío parecía filtrarse a través de las paredes de piedra centenaria, a pesar del crepitar lejano de las chimeneas que combatían una batalla perdida. Lily, acostada en la cama extraña, no podía dormir. Los patrones de la madera en el techo eran incorrectos, las vetas no seguían la secuencia Fibonacci que siempre la tranquilizaba, las sombras se movían de forma antinatural. El suave ronquido de Tommy en la cama de al lado era el único sonido familiar en un mundo que había dejado de tener sentido. Un crujido leve, demasiado deliberado para ser la vieja mansión acomodándose, llegó desde el pasillo. Un sonido que rompía el patrón acústico que había memorizado. Se deslizó de la cama y se acercó a la puerta, abriéndola solo un centímetro, lo justo para que sus ojos, adaptados a la oscuridad, captaran el movimiento. La visión que tuvo la heló hasta la médula. Una mujer alta y esbelta, vestida con una tela oscura y brillante que parecía absorber la poca luz del vestíbulo, cruzaba con pasos felinos y silenciosos. Su rostro, pálido y severo a la luz de la luna que se filtraba por un ventanal, estaba concentrado en un objetivo como un depredador siguiendo un rastro. En su mano, una llave antigua y larga brillaba débilmente como un fósforo en la oscuridad. Y se dirigía, sin lugar a dudas, hacia la parte de la mansión que Maeve, con un susurro grave, les había dicho que estaba prohibida. El ala oeste. El territorio de las sombras. Lily cerró la puerta sin hacer ruido, su corazón martilleándole en el pecho. Los patrones, una vez más, habían tenido razón. Esa mujer de rostro severo y pasos de gata era peligrosa. Su ángulo de aproximación, su velocidad de desplazamiento, todo encajaba en el perfil de amenaza. Algo muy malo estaba pasando en medio de aquella noche invernal que todo lo envolvía en su manto de silencio y secretos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD