CAPITULO 5: EL SUSURRADOR DE FURIAS - PARTE 2

1328 Words
"Con ese nombre exacto," confirmó Elara, suavizando su tono al ver la genuina conmoción que la palabra había causado. Era como haber encontrado la llave a una cerradura oculta. "No sé lo que significa, Kaelen. No sé la historia que arrastra. Pero sé que para Alaric era lo suficientemente importante como para ser la clave. La clave para confiar en ti." Kaelen la miró de otra manera. Ya no era solo la intrusa, la damisela de ciudad, otra Vance arrogante. Ahora era el mensajero de una verdad antigua, un testigo involuntario de un juramento o un dolor que solo él y Alaric habían compartido. Su mirada escudriñadora perdió parte de su filo cortante, reemplazada por una evaluación nueva, más curiosa, impregnada de un respeto renuente. Se acercó lentamente, sin prisas, hasta que solo un metro de aire cargado los separaba. Elara podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor a trabajo sudoroso y fuerza contenida. Podía ver cada detalle de la cicatriz blanca, la textura de su piel curtida, la intensidad casi dolorosa de sus ojos azules en la penumbra. El establo pareció encogerse a la burbuja íntima que formaban sus dos siluetas. "Entonces," susurró él, su voz un rumor áspero que se mezclaba íntimamente con el susurro del viento en el techo y el tranquilo rumiar de un caballo cercano, "no te ha contado todo." Elara no respondió, permitiéndole continuar. Sabía que estaba en el filo de la navaja de una revelación, balanceándose sobre el precipicio de su desconfianza. Kaelen hizo un gesto leve, casi imperceptible, con la cabeza hacia el fondo del establo, hacia un box más grande y aislado que los demás, desde donde no provenía ningún sonido. "Ébano no es solo un caballo, doctora." Hizo una pausa, y sus ojos, ahora nublados por el recuerdo de un dolor antiguo, se clavaron en los de ella con una intensidad que le quitó el aliento. "Es la noche que ellos me robaron." La simple declaración flotó en el aire cálido, cargada de un significado tan amargo que Elara sintió su peso en el pecho. Kaelen se volvió y comenzó a caminar lentamente hacia el fondo del establo, y ella, impulsada por una mezcla de compasión y necesidad urgente, lo siguió. Cada paso resonaba en el silencio, acompañado por el coro de resoplidos equinos y el crujir de la madera bajo la embestida del vendaval. Fuera, el mundo era un lienzo blanco y despiadado; dentro, solo existía este pasillo de sombras y confesiones pendientes. Se detuvo frente al box solitario. No había nombre en la puerta, solo un candado oxidado que colgaba, sin engarchar, de la tranca. "Fue hace cinco años," comenzó Kaelen, sin mirarla, su voz tan áspera como el granizo contra el techo. "Una Nochebuena. La última gran fiesta que Alaric dio en Stormholt. La casa estaba llena de luces, risas falsas y el olor a ponche de brandy. Aquí fuera, solo estaba el silencio y la promesa de nieve." Respiró hondo, como si el aire de aquella noche aún le quemara los pulmones. "Ébano era mi proyecto. Un potro de pura sangre, n***o como el azabache, con un fuego en el espíritu que solo yo podía domar. Alaric me lo había confiado. Era... mi orgullo. Mi futuro." Elara permaneció en silencio, inmóvil, viendo cómo sus nudillos se ponían blancos al agarrar el borde de la puerta de madera. "Alistair y Morwenna vinieron. Como siempre, con sus sonrisas de víbora y sus intenciones envueltas en seda." Una risa seca y amarga le escapó. "Dijeron que querían ver al 'milagro' del establo. Yo me negué. Ébano no era un espectáculo para su diversión. Esa noche... hubo una discusión. Alistair, borracho de poder y alcohol, insistió. Yo me mantuve firme. Él... se burló. Dijo que un simple capataz no le decía que no a un Blackwood." Kaelen se volvió hacia ella, y por primera vez, Elara vio la rabia pura y sin filtrar, el dolor que los años no habían logrado domar. "Al día siguiente, Navidad por la mañana, encontré a Ébano en su box, cojeando, con una pierna inflamada hasta casi reventar. El veterinario que vino, el hermano gemelo del Dr. Rigby, dijo que fue un accidente, que quizá se había asustado con la tormenta." Sus palabras goteaban veneno. "Pero yo sé lo que vi. Sabía lo que habían hecho. Envenenaron su agua con una droga que causa espasmos, que hace que un animal se destroce a sí mismo en un ataque de pánico." "¿Y Alaric?" preguntó Elara, casi en un susurro. "Alaric," repitió Kaelen, y el nombre sonó a traición. "Creyó la palabra de su primo. O quiso creerla. La palabra de un Blackwood contra la de su capataz. Me despidió. Me acusó de ser un problemático, de inventar conspiraciones." Señaló su propia cara, la cicatriz serpenteante. "Esto no lo hizo un caballo, doctora. Lo hizo la porra de uno de los hombres de Alistair cuando fui a la casa a exigir justicia. Es mi recuerdo de Navidad." La historia se cerró sobre ellos como un puño. Elara podía verlo todo: la fiesta en la mansión, la oscuridad del establo, la traición que había quebrado algo más que una pierna de caballo y la piel de un hombre. Había quebrado una lealtad. "Pero él se arrepintió," dijo Elara, con firmeza. "Por eso te trajo de vuelta. En secreto." Kaelen asintió lentamente, la furia cediendo a una tristeza resignada. "Sí. Meses después. Me encontró en un pub, destrozado. Admitió su error. Me pidió que volviera, que cuidara de Ébano en secreto. Que era lo único que le quedaba de su... de mi honor. Este establo, este caballo, son mi exilio y mi redención. Nadie, excepto Maeve y Arthur, sabe que sigo aquí." Finalmente, descorrió el candado y abrió lentamente la puerta del box. Dentro, en la penumbra, estaba Ébano. Era un animal magnífico, pero aún conservaba una leve cojera que no era física sino del alma. Su pelaje era de una negrura profunda que absorbía la luz, y sus ojos, grandes e inteligentes, reflejaron una desconfianza ancestral al ver a una extraña. "Tres veterinarios distintos lo han examinado," explicó Kaelen con voz grave. "No hay daño óseo ni muscular. La cojera es un trauma psicológico, la memoria del dolor que le infligieron. Su cuerpo recuerda lo que su mente no puede olvidar." Una manta gruesa lo cubría para protegerlo del frío que se filtraba por las maderas, y en un rincón, un cubo de agua fresca se mantenía libre del hielo gracias a un calentador. La evidencia de aquella noche persistía en su andar cauteloso, en el modo en que favorecía ligeramente la pata, un fantasma de dolor que se negaba a desaparecer. "Él es la prueba," murmuró Kaelen, y su voz, por primera vez, tuvo un tono que rayaba en la ternura. "La prueba de su culpa. Y Alaric te envió a mí porque sabe que mientras Ébano y yo estemos aquí, su secreto está a salvo. Y que yo soy el único lo suficientemente loco como para enfrentarme a los Blackwood otra vez." Elara miró al caballo, luego al hombre, y entendió. No era solo una cuestión de lealtad. Era una cuestión de honor mutuo, de una deuda que Alaric estaba intentando saldar desde su lecho de muerte. "Él está siendo envenenado, Kaelen," dijo, y vio cómo su cuerpo se tensaba de nuevo, pero esta vez no contra ella. "Lentamente. Como envenenaron a Ébano. Y necesito tu ayuda para demostrarlo antes de que sea demasiado tarde." Kaelen sostuvo su mirada, y en el silencio cargado del establo, con el viento invernal como testigo, un nuevo pacto nació entre ellos. No de amistad, sino de un propósito común forjado en el fuego de una vieja traición y una nueva esperanza. "Entonces," dijo él, su voz recuperando parte de su firmeza original, pero sin la hostilidad, "mejor que empecemos. La noche es larga y el invierno no perdona a los descuidados."
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD