CAPITULO 5: EL SUSURRADOR DE FURIAS - PARTE 1

1259 Words
La pesada puerta de roble de los establos cedió con un crujido sordo, cerrándose tras Elara con un golpe seco que la aisló del rugido ciego de la tormenta. De repente, el mundo exterior se redujo a un lejano y furioso aullido, y fue reemplazado por una quietud densa, cálida y viva. El aire era una mezcla espesa y compleja de olores: el heno dulce y polvoriento, el cuero encerado y curtido, el aroma almizclado y cálido de los animales en reposo, y el vinagre limpio del estiércol recién retirado. En las vigas altas, algunas guirnaldas de pino secas y polvorientas colgaban como fantasmas de navidades pasadas, testigos mudos de mejores tiempos. Respirar aquí era como respirar el corazón mismo de la finca; un lugar de trabajo duro y propósito, no de lujo superficial. Linternas colgadas de vigas macizas proyectaban parches de luz amarillenta y temblorosa sobre una hilera interminable de boxes de madera pulida por el uso. De las sombras profundas que se alargaban entre los pilares de piedra, surgían sonidos que tejían una sinfonía orgánica: el suave y húmedo resoplar de un animal, el rítmico rasguño de una pezuña contra la paja, el crujido de una viga antigua combatiendo el empuje del viento. Era un lugar que latía con una energía tranquila, poderosa y profundamente masculina. Elara avanzó unos pasos, sus botas de ciudad hundiéndose en el suelo de tierra apisonada y paja. El calor, tras el frío cortante de la noche, le produjo un escalofrío repentino. Sus ojos, aún cegados por la nieve, se ajustaban lentamente a la penumbra dorada, buscando una presencia humana entre las sombras movedizas de los caballos. Fue entonces cuando una voz, áspera como lija sobre madera vieja, cortó la calma desde las profundidades del establo, desde donde la luz apenas alcanzaba. "¿Usted es la nueva?" La figura que emergió del arco de un pesebre vacío era más joven de lo que su leyenda le había hecho imaginar, quizá no más de cuarenta y dos años, pero la vida, o quizá este lugar, lo había cincelado con una dureza implacable. Era alto, con una anchura de hombros que parecía diseñada para cargar pesos invisibles. Llevaba el pelo castaño oscuro, salpicado de canas prematuras en las sienes, demasiado largo y desaliñado como si las manos fueran sus únicas peinetas. Pero era su rostro lo que capturaba y retenía la atención: marcado por el viento y el sol hasta adquirir una textura de cuero viejo, y surcado por una amargura tan profunda como las arrugas en su frente. Y luego estaba la cicatriz. Una línea blanca, gruesa y serpenteante que le partía el rostro desde la ceja izquierda hasta la mandíbula, un relieve de violencia pasado que destrozaba cualquier pretensión de belleza convencional. Sus ojos, de un azul zafiro tan intenso que parecía fuera de lugar en ese paisaje de tierra y madera, la escudriñaron sin piedad, cargados de una hostilidad que era casi un muro físico. "¿Otra de la familia Vance que viene a pisotear lo que queda?" añadió, cruzando unos brazos poderosos sobre su pecho ancho. Su postura era un desafío completo, una advertencia territorial. A sus pies, un montón de heno recién cortado exhalaba un aroma que le recordó a Elara, de forma punzante, los pesebres de los belenes navideños. Elara contuvo el impulso inmediato de responder con la misma moneda, de erguirse como la doctora respetada que era y exigir respeto. Pero esta no era su sala de hospital. Este era su territorio, y ella la intrusa. Se enderezó, no con arrogancia, sino con una dignidad que le costó un esfuerzo concentrado. Sintió el peso del pequeño dibujo de Lily en su bolsillo, un talismán de un mundo más sencillo. "Soy Elara Vance," dijo, y su voz sonó más calmada de lo que esperaba. "La sobrina de Alaric." Kaelen esbozó una mueca que no tenía nada de sonrisa. Un destello de burla cruel en sus ojos azules. "Lo sé. La doctora de la ciudad. ¿Viniste a tomar el té y a ver los caballitos? Estás en el lugar equivocado, princesa. Esto no es un zoológico para turistas." Hizo un gesto amplio con la mano, un gesto de desprecio que abarcaba todo el establo. "Aquido se suda, se sangra y se trabaja. No creo que sea lo tuyo." La tensión crecía, enroscándose en el aire entre ellos como el humo de una fogata. Elara podía sentir la desconfianza emanando de él en oleadas casi palpables. Sabía que tenía que tomar el control de esta frágil conexión ahora, o este hombre la echaría de vuelta a la tormenta sin la más mínima vacilación. Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire cargado del establo, recordando las palabras de la carta que sentía arder contra su pecho. "Alaric me envió," declaró, manteniendo su voz firme y clara, un contrapunto deliberado a su ronquedad. "Dijo que tú me llevarías a donde necesito ir. Que eres la única persona en este lugar que no está comprada." Él soltó una risa corta, seca y carente de todo humor. Un sonido que era como el crujir de hielo bajo una bota. "Alaric está en una cama, moribundo. Los moribundos no envían a nadie a ningún sitio. Sobre todo no envían a... esto." La miró de arriba abajo, desnudando su abrigo elegante y sus botas inadecuadas. "Lo está," insistió Elara, dando un paso al frente, desafiando el espacio que él había demarcado con su presencia. La luz de una linterna colgante iluminó ahora su rostro por completo, mostrando la determinación absoluta en sus ojos esmeralda, la fatiga que empezaba a tallar líneas finas alrededor de su boca, y la inquebrantable fuerza que había mantenido a sus hijos a salvo durante años. "Y me dio una palabra para ti. Una sola palabra. Dijo que era la única que importaba." Kaelen se quedó inmóvil. Todo rastro de burla falsa desapareció de su rostro, reemplazado por una cautela feroz, animal. El establo entero pareció contener la respiración; incluso los caballos cesaron su inquietud. El único sonido era el lejano lamento del viento y el crepitar de la nieve al ser arrastrada por una ráfaga contra los ventanucos del granero. "¿Y cuál sería esa palabra, doctora?" preguntó, su voz ahora un susurro peligroso, cargado de una anticipación que rayaba en el dolor. Elara no rompió el contacto visual. Permitía que él viera la verdad en sus ojos. Dejó que el silencio se cargara hasta el límite antes de hablar, pronunciando las dos sílabas con una claridad que cortó el aire como un cuchillo. "'Ébano'. Ébano te necesita." El efecto fue instantáneo y electrizante. Como si le hubieran descargado la fusta en el espinazo. Kaelen retrocedió medio paso, un movimiento brusco y desequilibrado, como si la palabra lo hubiera golpeado físicamente en el centro del pecho. Su respiración, que antes era un fuelle constante, se entrecortó con un jadeo seco. La máscara de furia y resentimiento se quebró, y por un segundo, breve y devastador, Elara vio al hombre vulnerable, herido y traicionado que habitaba detrás del muro. Fue un vistazo a una herida tan profunda que el aire a su alrededor pareció enfriarse varios grados, como si el invierno exterior hubiera encontrado por fin una grieta por la que colarse. "Él..." La voz de Kaelen se quebró, reducida a un ronquido. Se aclaró la garganta con fuerza, intentando recuperar la armadura de su dureza, pero la grieta ya estaba expuesta. "¿Él... te envió a mí con ese nombre? ¿Después de todo este tiempo?"
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