La mañana siguiente amaneció con una Elara transformada. El sol invernal se filtraba por su ventana, encontrándola ya despierta y con una determinación renovada que parecía irradiar de su mismo ser. La carta había obrado un cambio fundamental en ella, infundiendo cada movimiento con un propósito más claro y una fuerza interior que antes no conocía. Mientras se vestía, sus ojos se posaron en el cajón donde guardaba la carta, y una sonrisa serena curvó sus labios. Ahora luchaba por algo más que una herencia; luchaba por la familia que siempre había anhelado. En el estudio, Arthur ya la esperaba con nuevos documentos. —Buenos días, Elara. He estado revisando los estatutos corporativos y encontré una cláusula que podría ser nuestra mejor arma —anunció, pasándole una carpeta—. Si demostramos q

