La calma glacial que había descendido sobre Elara en el picadero no se quebró ni por un segundo mientras corría detrás de Kaelen, quien llevaba a Tommy sangrante en sus brazos. Cada gota de sangre que caía sobre las baldosas del vestíbulo marcaba un ritmo siniestro que resonaba en su corazón de madre, pero su mente de médica ya había activado todos los protocolos. —¡Clara! —gritó Elara al entrar a la suite médica, donde el calor de la calefacción luchaba contra el frío que se filtraba por las ventanas—. Necesito sutura, antiséptico y analgésicos. Ahora. La enfermera, una joven de apenas veintitrés años pero con una eficiencia que desmentía su edad, ya tenía el botiquín quirúrgico abierto. Tommy lloraba entre sollozos, aferrado al cuello de Kaelen. —Duele, mami —gemía el niño, su carita

