CAPÍTULO 2: STORMHOLT, LA BESTIA DE PIEDRA

1444 Words
La nieve había comenzado a caer en serio cuando el GPS anunció que su destino estaba a quinientos metros a la derecha. Elara redujo la velocidad hasta casi detenerse, el corazón golpeándole las costillas con un ritmo salvaje de aprensión. Los faros del coche cortaron la oscuridad como dos cuchillas de luz, iluminando primero una verja de hierro n***o macizo, tan alta que parecía diseñada para mantener fuera a gigantes, coronada con letras retorcidas y oxidadas que formaban la palabra STORMHOLT. —¿Aquí vive el tío abuelo? —preguntó Tommy, con los ojos como platos, su naricita aplastada contra la ventana empañada. —Sí, cariño —respondió Elara, con una voz que intentaba sonar más calmada de lo que se sentía. La verja estaba entornada, como si los mismos muros esperaran su llegada, un detalle que le pareció inquietantemente significativo. Con un suspiro, empujó el acelerador y cruzaron el umbral, adentrándose en una avenida flanqueada por hileras de olmos esqueléticos cuyas ramas desnudas se entrelazaban sobre sus cabezas como un dosel de huesos. A lo lejos, la mansión se reveló gradualmente. No era una casa. Era una fortaleza de piedra gris que se alzaba contra el cielo nocturno como un desafío a la modernidad. Docenas de ventanas oscuras parecían ojos ciegos y vacíos que seguían su lento avance. Ninguna lucecita navideña parpadeaba en los alféizares. Torretas angulosas, chimeneas altísimas que no lanzaban humo, y un aire de abandono majestuoso la hacían parecer sacada de las páginas más sombrías de un cuento gótico. La nieve empezaba a acumularse en las repisas y en los surcos de la piedra, añadiendo una capa de silencio mortal al paisaje. —Es… demasiado grande —murmuró Lily desde el asiento trasero, con una voz tan pequeña y frágil que casi se la llevó el viento. Se había quitado los auriculares y los apretaba contra su pecho como un talismán. Su mirada escaneaba la fachada con una intensidad nerviosa, absorbiendo cada detalle, cada sombra que se movía con el viento. Demasiados estímulos nuevos. Demasiado espacio abierto que, paradójicamente, se sentía como una prisión. —Sólo por un tiempo, Lily —dijo Elara, intentando sonar tranquilizadora mientras guiaba el coche por el camino sinuoso hasta detenerse frente a la escalinata de piedra desgastada por el tiempo y las botas. Antes de que pudieran salir del vehículo, la puerta principal de roble macizo, tan alta como tres hombres, se abrió con un chirrido grave y prolongado que sonó como un lamento. Una mujer de complexión robusta, delantal blanco impecable y rostro surcado por arrugas que hablaban de más sonrisas que preocupaciones, apareció en el marco. Sus ojos, de un gris afilado como el filo de un cuchillo, los escudriñaron de arriba a abajo con una mezcla de curiosidad, cautela y una pizca de compasión. —Deben de ser la Dra. Vance y los pequeños —dijo con una voz ronca y cálida que sonaba a hogar, a pan recién hecho y a hierbas secas colgando del techo de una cocina—. Soy Maeve O'Donnell. Llevo cuidando esta vieja casa y a quien la habita más años de los que usted tiene, doctora. Pasen, pasen rápido, que este frío del lago corta la respiración y hiela el alma si se le da la oportunidad. Empujaron la pesada puerta, que crujió como la articulación de un anciano, y entraron en un vestíbulo que les robó el aliento y les llenó los pulmones de historia. Un suelo de mármol n***o brillaba bajo la luz tenue y parpadeante de una araña de cristal colgada de un techo abovedado que se perdía en las sombras. En una repisa, un único y polvoriento adorno de Navidad, una estrella plateada, yacía de lado, olvidado. Una escalera de roble tallado serpenteaba hacia la penumbra superior, sus peldaños gastados en el centro por generaciones de pasos. El aire olía a cera de abejas, a piedra antigua y húmeda, y a una leve pero persistente promesa de leña humeante en alguna habitación distante. El frío, aunque menos cortante que fuera, se había instalado en los huesos del edificio. —El Señor Vance ha tenido un día… estable —dijo Maeve, cerrando la puerta con un golpe sordo que resonó en el silencio como el portazo de una tumba. Sus palabras sonaron medidas, cuidadosamente elegidas, como un guión que había repetido hasta la saciedad para alguien más—. El médico de cabecera pasó hace unas horas. Dijo que todo lo que se podía hacer, estaba hecho. Que ahora era cuestión de… confort. Elara notó al instante la elección de palabras. "Estable" no era "mejor". "Confort" era el eufemismo que usaban los médicos cuando habían renunciado a la cura. Un frío diferente al del exterior, hecho de rabia e impotencia, se le instaló en el pecho. Y el "médico de cabecera" era, sin duda, el mismo del que Arthur le había advertido con tanta urgencia. —¿Dónde está? —preguntó Elara, dejando su pesado maletín médico en un banco de madera antiquísimo—. Necesito verlo ahora mismo. Soy su familia y soy doctora. —Claro, doctora, por supuesto —asintió Maeve, frotándose las manos en el delantal—. Les mostraré sus habitaciones primero, para que los niños puedan descansar del viaje y… —No —la interrumpió Elara, su tono dejando claro que no era una sugerencia, sino una orden médica—. Necesito ver a mi tío. Ahora. Los niños vendrán conmigo. No los separaré de mi lado. Maeve asintió de nuevo, más lenta, y una chispa de aprobación, de alivio incluso, brilló en la profundidad de sus ojos grises. Sin decir una palabra, tomó la bolsa de viaje de la mano de Elara con una fuerza sorprendente y les hizo una seña para que la siguieran con un movimiento de cabeza. Cruzaron el vasto vestíbulo. Los tacones de Elara repiquetearon en el silencio sepulcral, cada eco sonando como un latido de reloj en una carrera contra la muerte. Tommy, liberado del confinamiento del coche, corría de un lado a otro, sus pequeñas botas resonando sobre el mármol mientras se lanzaba a tocar las armaduras vacías y polvorientas que flanqueaban las paredes, sus dedos dejando marcas en el metal frío. —¡Mira, mamá, un caballero! —gritó, señalando una armadura completa con la visera cerrada. Lily, en cambio, se pegaba al costado de su madre como una sombra, su brazo enlazado al de Elara. Sus ojos, enormes y vigilantes, no dejaban de moverse, absorbiendo cada detalle: el retrato de un hombre severo con levita del siglo XIX, el tapiz descolorido que representaba una escena de caja, el polvo flotando en los haces de luz que se filtraban por las ventanas altas. "Aquí no huele a Navidad", pensó, y ese detalle la entristeció más de lo que esperaba. Cada sombra parecía contener una ecuación sin resolver, una variable peligrosa en el patrón. Cada susurro del viento fuera parecía llevar una advertencia. Al final de un largo pasillo iluminado por antorchas tenues cuyas llamas danzaban y proyectaban sombras movedizas, una figura alta y delgada emergió de una puerta lateral como un fantasma ansioso. Arthur Pembleton, con su traje impecablemente arrugado por el viaje y el estrés, y el rostro pálido como la cera, se dirigió a ellos con pasos rápidos y silenciosos. El olor a brandy viejo y papel cuero lo envolvía como una nube. —Dra. Vance —susurró, su alivio era tan palpable que casi se podía tocar, como una corriente cálida en la gélida atmósfera—. Gracias a Dios. No hay tiempo que perder. —Su mirada, cargada de una angustia profunda, se posó en los niños por un instante, con una tristeza infinita, antes de volver a clavar su mirada en Elara—. Está… está empeorando. Los signos vitales… son más débiles. —Lléveme con él —ordenó ella, agarrando su maletín con una mano y apretando con fuerza la mano de Lily con la otra, sintiendo los finos dedos de su hija temblar levemente contra su palma. Mientras seguían a Arthur por el interminable pasillo, hacia la habitación donde yacía el hombre que lo era todo y nada para ella, Elara supo, con una certeza que le heló la sangre hasta en las venas más profundas, que Stormholt no era solo una casa. Era la bestia de piedra que guardaba todos los secretos, todos los dolores y todas las traiciones de su familia. Y ellos, sin saberlo, acababan de adentrarse voluntariamente en sus fauces, en un estómago de madera podrida y piedra fría donde el tiempo parecía haberse detenido, ahogando hasta el último eco de la alegría navideña, esperando para devorarlos.
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