Arthur no tuvo que guiarlos mucho más lejos. Al final del pasillo, una puerta de roble macizo, ligeramente entreabierta, emanaba un silencio pesado y un olor penetrante a alcohol y enfermedad que hizo que el instinto médico de Elara se disparara. Era un olor que conocía demasiado bien, el aroma de la batalla perdida contra la infección o, en este caso, contra un veneno.
—Él está ahí dentro —susurró Arthur, su voz un hilo de ansiedad—. Le ruego que sea… discreta. Los oídos de las paredes tienen dueño.
Elara asintió, apretando el maletín con una mano y con la otra, la de Lily. Con un último respiro profundo, empujó la puerta.
La habitación era cavernosa, una suite que hablaba de un pasado opulento. Un leve aroma a pino seco, quizás de alguna guirnalda olvidada semanas atrás, se perdía bajo el hedor medicinal. Pero ahora era una cámara de enfermo. Las cortinas de terciopelo pesado estaban corridas, sumiendo la estancia en una penumbra sórdida, rota solo por la tenue luz de una lámpara de cabecera. El aire era viciado, cargado con el fantasma de la fiebre y la desesperación.
Y en el centro de todo, anclado a una cama enorme de dosel que lo empequeñecía, yacía Alaric Vance.
El corazón de Elara dio un vuelco. La fotografía del estudio no le había hecho justicia. El hombre que veía ahora era una caricatura de la figura poderosa que debió ser. Su rostro, demacrado y de una palidez cadavérica, estaba surcado por arrugas profundas que el dolor había tallado. Su cabello, antes grueso y probablemente oscuro, era una maraña canosa y húmeda sobre la almohada de lino. Los párpados cerrados parecían de una transparencia frágil, y sus labios, agrietados y morados, se separaban levemente con cada respiración superficial, un sonido sibilante y angustioso que llenaba la habitación.
—Dios mío —logró articular Elara, sin poder contenerse. Era como ver a un roble centenario reducido a leña seca.
Tommy, que había estado corriendo por el pasillo, se detuvo en seco en el umbral, sus ojos como platos. La grandeza de la casa era una cosa; la presencia tangible de la muerte, otra muy distinta. Se apretó contra la pierna de su madre.
Lily, por su parte, se quedó inmóvil. Su mirada, siempre tan perceptiva, escaneó la escena con una intensidad clínica que rivalizaba con la de su madre. No veía al hombre, veía los síntomas: la cianosis en los labios, el tinte amarillento en la esclerótica de sus ojos entreabiertos, el temblor casi imperceptible de sus manos sobre la colcha. Su cerebro, que procesaba el mundo en patrones, reconoció uno de enfermedad terminal.
—Está… envenenado —murmuró Lily, su voz un susurro plano y factual que sonó como un trueno en el silencio. "Metales pesados. Probabilidad del 92%. Los patrones concuerdan."
Arthur y Maeve se miraron, alarmados. Elara sintió un escalofrío. Su hija, con su cruel y exacta claridad, acabado de confirmar sus peores sospechas.
—Arthur, necesito luz. Toda la que pueda conseguir. Y tú, Maeve, agua limpia, toallas y jabón. Ahora —ordenó Elara, su voz recuperando la autoridad que usaba en la clínica. La doctora había tomado el mando.
Mientras Arthur corría a abrir las pesadas cortinas, dejando que la luz grisácea de la tormenta de nieve inundara la habitación y revelara aún más la devastación del hombre en la cama, iluminando los copos que seguían cayendo implacables tras el cristal, Elara se acercó. Dejó su maletín sobre una mesilla auxiliar y se sentó con cuidado en el borde del lecho. Su mano, profesional pero temblorosa por dentro, buscó el pulso de su tío en su muñeca.
La piel estaba fría y húmeda. El latido era débil, rápido e irregular, como un pajarillo aterrorizado golpeando contra una jaula. Un signo clásico de intoxicación.
—Tío Alaric —susurró, inclinándose sobre él—. Soy yo, Elara. Estoy aquí.
Por un momento, nada. Solo el silbido de su respiración. Luego, sus párpados se agitó. Con un esfuerzo sobrehumano, se abrieron lentamente, revelando unos ojos de un azul opaco, velados por el dolor y la fiebre. Vagaron sin rumbo por el techo antes de enfocarse, con enorme dificultad, en el rostro de ella.
Hubo un destello. Un reconocimiento. Sus labios se movieron, formando una palabra silenciosa. Elara no necesitó oírla para entenderla. "Eleanor".
—No —dijo suavemente, sin soltar su muñeca—. Soy Elara. Tu sobrina.
Una lágrima escapó del ojo de Alaric y se perdió en la sien. Sus dedos, sorprendentemente, se cerraron con una fuerza fantasmagórica alrededor de los de ella.
—F-falla… —logró exhalar, su voz un quebrado susurro de ruiseñor moribundo.
—No, no has fallado —mintió Elara, sintiendo un nudo de emoción en la garganta—. Estoy aquí. Voy a ayudarte.
Mientras hablaba, su otra mano, moviéndose por puro instinto de comodidad, se deslizó por la almohada, intentando ajustarla. Y fue entonces cuando sus dedos tocaron algo. No era la suave textura del lino. Era un borde de papel, áspero y doblado, escondido con torpeza urgencia bajo la funda.
El corazón le dio un vuelco. Discretamente, sin apartar la mirada de los ojos de su tío, deslizó el dedo y sacó el papel. Era un sobre de pergamino, sin dirección. Lo guardó rápidamente en el bolsillo de su suéter, justo cuando Maeve regresaba con un barreño y las toallas.
—Arthur, necesito hablar con usted. Afuera —dijo Elara, poniéndose de pie. Su voz era firme, pero su mente ardía con la urgencia de leer lo que ese papel decía.
En el pasillo, bajo la mirada preocupada de Maeve que se quedó con los niños, el frío invernal se filtraba por las rendijas de las ventanas antiguas, Elara no pudo esperar más. Rompió el sello y desdobló la carta. La letra, temblorosa pero familiar, le hizo contener la respiración.
"Querida Elara, si lees esto, es que estás a mi lado y yo estoy más allá de las palabras. No confíes en nadie. Ni en los médicos, ni en los sirvientes nuevos. La verdad duele más que el veneno, pero es la única cura. Busca a Kaelen Thorne. Él te llevará a donde necesitas ir. Sálvame. Sálvate a ti. Sálvalos a ellos."
No había firma. Solo una pequeña marca, un sello estampado con la punta de la pluma: un caballo encabritado sobre olas.
Elara levantó la mirada hacia Arthur, cuyo rostro era un compendio de ansiedad y esperanza.
—¿Qué… qué dice? —preguntó el abogado.
Elara, doblando la carta y guardándola en el bolsillo con determinación, sintió el peso del pergamino como si fuera una losa. La nieve seguía cayendo al otro lado de la ventana, pero dentro de ella, una tormenta muy diferente comenzaba a rugir.
—Dice que la guerra acaba de empezar —respondió, su voz tan fría como la piedra de Stormholt—. Y que necesito encontrar a un hombre llamado Kaelen Thorne.