EL AVISO DE LA HECHICERA
El rey Arman Eliot, gobernante de Isagar, estaba sentado en su imponente trono cuando una figura misteriosa entró en la sala del trono. La figura estaba envuelta en una capa oscura que ocultaba su rostro, y su presencia emanaba una energía inusual.
Arman, con la guardia en alto, observó con cautela mientras la figura se acercaba. La capa se deslizó lentamente hacia abajo, revelando a una anciana hechicera de cabello plateado y ojos brillantes como estrellas.
"¿Quién eres y cómo te atreves a entrar en mi palacio sin permiso?", preguntó Arman, su voz llena de autoridad.
La hechicera hizo una reverencia respetuosa y respondió: "Soy Aeliana, una hechicera que ha servido a los intereses de Adamah durante generaciones. He venido con una advertencia, majestad".
Arman frunció el ceño, intrigado pero cauteloso. "Habla, hechicera. ¿Qué advertencia tienes para mí?"
Aeliana avanzó hacia el trono y dijo con solemnidad: "Las hijas de Ana y O'Connor, las legítimas herederas del trono de Adamah, están reunidas y han emprendido una misión para reclamar lo que consideran suyo. Su poder es formidable, y su determinación es inquebrantable. No subestimes la fuerza que yace en su unión".
Arman se puso rígido en su trono, sus pensamientos oscilando entre el miedo y la incredulidad. "¿Cómo puedes estar segura de esto, hechicera? ¿Por qué debería creerte?"
Aeliana le lanzó una mirada penetrante. "Tengo mis fuentes, rey Arman, y he visto el camino que están siguiendo. No tengo razón para mentirte. Te aconsejo que te prepares, porque el destino de Adamah se está tejiendo y tus acciones determinarán el resultado".
El rey Arman, abrumado por la noticia, se levantó de su trono. Sabía que no podía ignorar la advertencia de la hechicera, pero también entendía que la lucha por el trono de Adamah estaba lejos de terminar. Las hijas de Ana y O'Connor se habían reunido, y su determinación era un poderoso viento que amenazaba con derribar todo lo que se interpusiera en su camino.
Mientras tanto, en diferentes partes de Adamah, los astros y sus aliados continuaban su búsqueda de los otros astros y la verdad detrás de su destino compartido. El destino del reino pendía en un delicado equilibrio, y cada elección y acción tenían el potencial de alterar el curso de la historia.
LA JUGADA DEL REY
El rey Arman Eliot estaba decidido a mantener su reinado sobre Adamah, y la advertencia de la hechicera Aeliana solo había avivado su determinación. Sabía que las hijas de Ana y O'Connor representaban una amenaza real para su gobierno, y no iba a dejar que se interpusieran en su camino.
Arman convocó a su consejo de guerra, un grupo de leales comandantes y estrategas que habían servido a su familia durante generaciones. Les explicó la situación y les dio órdenes claras: debían localizar a las hermanas y hacer lo que fuera necesario para detener su avance.
Los comandantes, conscientes de la gravedad de la situación, asintieron solemnemente y se retiraron para llevar a cabo las órdenes del rey. Movilizaron a sus tropas y comenzaron una búsqueda intensiva de las hermanas, rastreando cada pista y siguiendo cada rumor que pudiera llevarlos a su paradero.
Mientras tanto, en el escondite de las hermanas, la tensión estaba en aumento. No sabían que estaban siendo perseguidas por las fuerzas del rey, pero sentían una inquietud en el aire. Sabían que algo grande se avecinaba y que debían estar preparadas.
Una noche, mientras estaban reunidas en su refugio, una sombra oscura apareció en la entrada. Era uno de los leales seguidores de Arman, un espía que había logrado encontrar su escondite. La batalla fue feroz, y las hermanas demostraron su valentía y habilidades en combate. Pero la superioridad numérica del espía y su conocimiento de las tácticas de combate pronto comenzaron a inclinar la balanza en su contra.
En medio del caos, Serenidad fue capturada por el espía y arrastrada lejos de sus hermanas. Sus gritos de angustia resonaron en la oscura noche, pero no hubo nadie que pudiera ayudarla.
Mientras tanto, en el campamento del rey Arman, la noticia de la captura de Serenidad fue recibida con júbilo. El rey creía que tenía la ventaja y que, con Serenidad bajo su control, podría usarla como moneda de cambio para someter a las hermanas y reclamar su dominio sobre Adamah.
La historia de Adamah se había convertido en una compleja red de destinos entrelazados, donde cada personaje se esforzaba por cumplir su papel en un drama que había estado en juego durante generaciones. La lucha por el trono estaba lejos de haber concluido, y el futuro del reino dependía de los próximos movimientos de cada uno de sus habitantes.
ENFRENTAMIENTO E ISAGAR
Serenidad había sido arrancada de su refugio y llevada a Isagar por el espía del rey Arman. A medida que la ciudad se acercaba, su corazón latía con ansiedad. Sabía que se enfrentaba a un peligroso adversario, pero su determinación era inquebrantable.
La llevaron al imponente castillo de Isagar, donde el rey Arman la esperaba en su trono. Cuando entró en la majestuosa sala del trono, sus ojos se encontraron con los de Arman, y aunque no lo sabía, había una chispa de reconocimiento en su mirada.
Arman, ocultando sus verdaderos sentimientos, habló con voz firme pero calmada. "Bienvenida a Isagar, Serenidad. Sé quién eres y por qué estás aquí. Tienes algo que me pertenece, y estoy dispuesto a hacer un trato contigo".
Serenidad, manteniendo su temple, respondió: "No tengo nada tuyo, rey Arman. Soy una simple viajera en busca de mi destino. ¿Por qué me has traído aquí?"
El rey Arman sonrió con astucia. "No finjas ignorancia, Serenidad. Sé que eres una de las hijas de Ana y O'Connor, y tengo a tu hermana en mi poder. Si deseas verla a salvo, tendrás que hacer un trato conmigo".
Serenidad quedó en silencio por un momento, procesando la información. No sabía que su hermana estaba en manos de Arman, y eso la llenó de preocupación. Sin embargo, su determinación no flaqueó.
"¿Qué trato propones, rey Arman?" preguntó con cautela.
Arman se levantó de su trono y se acercó a Serenidad. "Es simple", dijo en voz baja. "Si entregas el medallón que posees y renuncias a cualquier reclamo sobre el trono de Adamah, liberaré a tu hermana y permitiré que ambas vivan en paz".
Serenidad miró su medallón, el mismo que había sido un regalo de su madre, y pensó en su propósito y en las hermanas que habían estado buscando los astros. Sabía que no podía ceder ante las amenazas de Arman.
"Lo siento, rey Arman, pero no puedo hacer eso", respondió con determinación. "Mi camino está marcado por un propósito mayor, y no puedo renunciar a él por nada en el mundo".
Arman frunció el ceño y se dio la vuelta, ocultando su frustración. "Muy bien, Serenidad. Si eso es lo que deseas, prepárate para enfrentar las consecuencias de tu elección".
Serenidad se mantuvo firme, lista para lo que viniera. No sabía que estaba frente al padre de Lans, un hombre que había estado en su vida desde el principio pero que, por el momento, seguía siendo un enigma. La lucha por el trono de Adamah estaba llegando a su punto álgido, y el destino de todo el reino pendía de un hilo.