EPISODIO 22

1350 Words
LOS SIETE ASTROS UNIDOS La noticia corrió como un grito desgarrador entre los vientos de Adamah: Serenidad había sido capturada. El cielo mismo parecía haberse oscurecido, y las aguas del río Seryon fluían más lentas, como si el mundo entero supiera que algo sagrado estaba en peligro. Los siete astros, dispersos hasta entonces por la vasta geografía del reino, comenzaron a reunirse con una urgencia que desafiaba la lógica del tiempo y el espacio. Cada uno había sentido en lo más profundo de su ser que el momento había llegado: la culminación de la profecía, el punto de quiebre del destino. Amelia, la maga del conocimiento antiguo, fue la primera en convocar al grupo. En un antiguo templo del bosque de Galaria, abrió un portal místico que revelaba el mapa etéreo de Isagar, la fortaleza donde Serenidad estaba prisionera. —"La energía del castillo está corrompida… no es sólo piedra y acero. Arman ha utilizado magia negra para sellar su poder. Pero también ha sellado su ruina." Sakura, la estratega del este, cruzó los brazos con la mirada afilada de quien ha librado demasiadas guerras. —"No nos queda más que atacar. Serenidad no puede esperar. Si Arman rompe el equilibrio de su esencia… destruirá más que un alma: romperá la balanza de los astros." Kai, el chico zorro, se adelantó. Sus ojos dorados brillaban con la intensidad de la luna. —"He recorrido los túneles de Isagar cuando era un ladrón. Aún recuerdo los caminos bajo el foso. Entrar es posible… pero salir será otra historia." Gaudí, empuñando su espada forjada con fragmentos celestiales, inclinó la cabeza solemnemente. —"Yo lideraré el frente. Si muero en esta batalla, que sea sabiendo que mi filo fue parte del cambio." Jenny y Ángel, inseparables desde los días de la rebelión en Tarsia, ofrecieron sus habilidades para crear una distracción masiva en las afueras del castillo. Harían que el enemigo mirara al lugar equivocado… mientras la verdad entraba por las sombras. Amelia extendió su mano sobre el mapa y una luz celeste lo marcó con rutas posibles, peligros ocultos y puntos clave. —"No somos sólo guerreros, somos la esperanza encarnada. Los siete astros no se reunieron para contemplar… sino para incendiar la oscuridad." Esa noche, bajo un cielo nublado, con el viento silbando antiguos cantos de guerra, los siete partieron. No sabían si regresarían. Pero sabían lo único que importaba: Serenidad debía ser salvada . Y Arman no debía seguir reinando. Adamah contenía el aliento. LA DECISIÓN DE LANS En la torre más alta del castillo de Arman, donde los vientos golpeaban las vidrieras como si quisieran advertirle, Lans contemplaba la ciudad dormida. Isagar resplandecía bajo la luz de las antorchas, pero para él, todo estaba cubierto por una sombra que no lograba disipar: la verdad. Por fin lo sabía todo. Sabía quién era realmente Serenidad. Sabía lo que su padre había hecho. Y sabía lo que debía hacer… pero eso no lo hacía más fácil. Desde pequeño, le habían enseñado que su destino era reinar. Que debía obedecer, entrenar, no cuestionar. Que el deber superaba al corazón. Pero ahora el deber le exigía algo que su alma no podía aceptar: quedarse callado mientras Serenidad era destruida por su propio padre. La noche se alargó en pensamientos oscuros. Lans caminaba por su cámara como un león enjaulado. Sobre su escritorio, un antiguo anillo familiar brillaba: el símbolo de su linaje. Lo tomó… y lo dejó caer. Ya no podía llevar la marca de un reino fundado en la mentira. Recordó los ojos de Serenidad cuando le hablaba de la libertad. Recordó cómo reía al ver volar los pétalos de las flores de Lirien. Recordó cómo lo miraba con ternura, sin saber que él era el hijo del tirano que la había condenado. Y entonces, decidió. No sería más el príncipe silencioso. No sería una sombra de su padre. Sería Lans, el hombre que eligió el amor y la verdad antes que la sangre y el poder. Tomó su espada, no la ceremonial, sino la de acero templado que usaba en los entrenamientos reales. Ató su capa de viaje, tomó solo lo necesario y bajó los pasillos con pasos firmes. Antes de salir del castillo, se detuvo frente al gran espejo de los ancestros. Lo miró con furia, como si pudiera hablarle. —“No heredaré tu trono, padre. Heredaré tu vergüenza… y la transformaré en redención.” Y así, bajo el manto estrellado de una noche que parecía contener la respiración del universo, Lans cabalgó hacia el castillo de Isagar. Iba solo. Iba en contra de su linaje. Pero por primera vez en su vida, iba por lo correcto. Porque a veces, el verdadero rey no es quien hereda el trono, sino quien renuncia a él por amor. EL DUELO EN EL CASTILLO DE ISAGAR Las murallas de Isagar se alzaban como gigantes de piedra contra la noche, y el castillo —oscuro, silencioso, cargado de historia y traición— esperaba el inicio de la tormenta. Los siete astros estaban en marcha. Por senderos secretos, pasadizos olvidados y sombras silenciosas, Sakura, Amelia, Gaudí, Kaito, Jenny, Ángel y un puñado de fieles seguidores avanzaban con la precisión de un ejército destinado por los dioses. Habían cruzado bosques, desiertos, y quebradas prohibidas. Ahora, a las puertas de la prisión de Serenidad, el destino de todo Adamah pendía de un hilo invisible. —"No hay margen para el error," —dijo Sakura, con su cabello ondeando como estandarte de fuego. —"Ni tiempo para el miedo," —añadió Jenny, empuñando sus dagas con ojos ardientes. Amelia, con su grimorio abierto y su aura centelleando en tonos violetas, murmuraba conjuros que anulaban los hechizos de protección en cada torre. Dentro del castillo, Serenidad permanecía en una celda de piedra tallada, encadenada por cadenas encantadas que solo respondían a la sangre de Arman. Aun así, su espíritu no estaba roto. Sus ojos seguían firmes, como si sintiera en el alma que la luz se acercaba. Los pasillos se llenaron de gritos cuando la batalla comenzó. Guardias de Arman, vestidos de n***o y plata, se enfrentaban a los astros con fiereza, pero el grupo estaba preparado. Kai se deslizaba como sombra entre los enemigos, desarmándolos con rapidez felina. Gaudí, con su espada de runas antiguas, abría paso como una tormenta de acero. Los hechizos de Amelia iluminaban los muros, dejando tras de sí rastros de fuego azul. En paralelo, Jenny y Ángel ejecutaban su misión de distracción en las plazas exteriores, haciendo creer al ejército que la amenaza venía del sur. Los fuegos se alzaban, las alarmas sonaban, y el caos era su mejor aliado. Mientras tanto, Lans había llegado por su cuenta, guiado por la fuerza de su corazón. Sus pasos eran silenciosos pero decididos, y conocía cada rincón del castillo. Se movía como un lobo que vuelve a su guarida para destruir al alfa. Cada guardia que intentaba detenerlo encontraba solo el silencio, la sombra, y el acero de un príncipe rebelde. Fue entonces cuando los siete astros y Lans convergieron en los pasillos interiores. El momento fue casi irreal: el hijo del tirano y los guardianes de la esperanza frente a frente. Un segundo de tensión los congeló… pero una sola mirada entre Lans y Sakura bastó. —"No estoy aquí para detenerlos. Estoy aquí… para terminar con todo esto." —dijo Lans, alzando su espada y mostrando la herida en su alma. Amelia asintió. —“Entonces, bienvenido, octavo astro.” Guiados por el eco de una antigua profecía y una fuerza que parecía venir de algo mucho más grande que ellos mismos, el grupo avanzó hacia el corazón del castillo. En el fondo del torreón, Serenidad alzó el rostro. La energía a su alrededor vibraba como un presagio. Una lágrima corrió por su mejilla. Sabía que no estaba sola. Sabía que el fin… o el renacer, estaba a punto de llegar. Y en ese instante, mientras las puertas crujían y las últimas barreras mágicas caían como polvo, el aire mismo pareció detenerse. El duelo por el alma de Adamah estaba por comenzar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD