EPISODIO 1

1621 Words
PRÓLOGO “Dicen los ancianos que al principio solo existía el susurro del viento estelar… y del aliento de las estrellas, nació el mundo.” Mucho antes de que los reinos de Adamah alzaran sus murallas, antes de los castillos, las guerras y los nombres tallados en piedra, solo existía la Luz. Una luz antigua, pura y vibrante, que colmaba todo con su energía. De ella emergió Adamah: un mundo vasto, fértil, lleno de mares sin nombre, ríos que cantaban y montañas que danzaban con los cielos. Pero incluso antes de la luz… algo sin nombre ya había despertado. Algo que el tiempo no puede tocar y la muerte no puede callar. El Primero. Una sombra incorpórea, testigo del nacimiento de toda creación, que aguardaba paciente entre los hilos invisibles del cosmos. Cuando los primeros hombres despertaron, el mundo los abrazó con generosidad. Aprendieron a sembrar, a construir, a alzar sus voces en canciones que reverberaban por los valles. Y cuando esos cantos llegaron a las estrellas, éstas respondieron. Fue entonces cuando llegaron los Astros. Siete fragmentos de conciencia celestial, almas puras nacidas del corazón de los cielos. No eran dioses, ni hombres, ni bestias. Eran equilibrio. Vida. Fuerza. Y fueron enviados a habitar entre los pueblos de Adamah, ocultos en carne y espíritu, hasta que su presencia fuera requerida de nuevo. Cada Astro llevaba consigo una parte del orden del mundo: fuego, agua, viento, tiempo, verdad, destino… y amor. Pero como toda luz, su existencia despertó también la oscuridad. La llegada de los Astros trajo consigo una era de prosperidad. Los mares calmaron sus tormentas. Los árboles dieron fruto sin cesar. Los cielos se mantuvieron azules durante generaciones. La humanidad, guiada por sabiduría invisible, prosperó. Y así nacieron los siete reinos: Asturias, junto al mar eterno, pescadora de estrellas. Gaya, oculta bajo la gran cascada cristalina. Saris, fortaleza entre montañas y cielo. Isagar, reino de secretos y sombras. Felian, jardín de flores eternas y canciones. Paris, tierra de fuego y forja. Amethet, donde el sol nunca duerme y la arena canta. Cada reino alzó su estandarte. Cada uno levantó torres, forjó espadas y escribió su historia. Pero con el paso del tiempo, el equilibrio comenzó a desmoronarse. Los pueblos olvidaron las canciones antiguas. Los Astros se volvieron leyendas. Y entre la g****a de su olvido, la Sombra sin nombre —el Primero— encontró una abertura. Y así comenzó el lento declive. Primero, las guerras. Después, las traiciones. Luego, el silencio de los sabios. Pero no todo estaba perdido. Una profecía antigua, escrita en una lengua que ya nadie recuerda, prometía que cuando el mundo olvidara la luz, los Astros despertarían. Que uno de ellos se sacrificaría por todos. Y que la oscuridad tendría un nombre… pero no un final. Porque no todo puede ser destruido. Algunos males no nacen. Algunos males simplemente existen. Y así, bajo cielos cada vez más turbios, Adamah aún esperaba. Esperaba que la memoria de las estrellas volviera. Que el amor renaciera. Que el equilibrio despertara. Y que la historia comenzara de nuevo. CAÍDA DEL IMPERIO, REINADO DE ARMAN En los árboles de los tiempos, cuando el ser humano vivía en armonía con los dioses y aun con los demonios, existía un mundo llamado Adamah. En este mundo, el rey divino ejercía su reinado en paz; el cielo resplandecía en toda su inmensidad y los árboles mostraban la grandeza del imperio. Incluso el Clan Eliot, guerreros divinos del rey, conocidos por su fuerza y valentía, habían olvidado la guerra. O’Connor, rey de Adamah desde sus 10 años, gobernó con sabiduría y trajo la paz a su país mientras vivió. Se casó con una hermosa mujer de nombre Ana, quien le dio tres hermosas hijas: Sakura, Amelia y Serenidad, la cual nunca llegó a conocer. El día en que Ana dio a luz a su última hija, Serenidad, el comandante del Clan Eliot, Arman, traicionó al rey, cortándole la cabeza en su propio palacio y exhibiéndola al mundo como trofeo, proclamándose a sí mismo como el nuevo rey. Ana, quien se encontraba muy débil por el parto, le entregó a su hija Sakura la pequeña bebé y le indicó una pared falsa donde se encontraba un pasadizo secreto. Sakura tomó a su hermana Amelia y a Serenidad, y juntas salieron del palacio para salvar sus vidas, pues Arman no dejaría ni un descendiente de O’Connor con vida. Ese día, todos los que vivían en el palacio, junto con O’Connor, murieron al filo de la espada, excepto las princesas que lograron escapar. Sakura corrió por un bosque grande y espeso con su hermana en brazos, y Amelia corrió tras ellas, pues sabía que si paraban, la muerte podría estar tras ellas. Pasaron varias horas hasta que Amelia comenzó a sentir cansancio, por lo que Sakura decidió parar un poco, pues ella también estaba agotada. Ya comenzaba a oscurecer, así que continuaron caminando hasta que la noche cayó por completo. Sakura alcanzó a visualizar una cueva no muy lejos y, mirando al cielo, dijo a Amelia: – Pasaremos la noche en ese lugar. La cueva era pequeña. Allí acomodaron a Serenidad, quien aún no podía abrir sus ojos. Sakura y Amelia se acostaron alrededor de ella. Sakura las miró a las dos y, por su cabeza, pasaron muchas cosas. No sabía qué hacer, ahora que sus padres estaban muertos y no podía regresar a casa. Pero el cansancio la venció, y cayó dormida en un profundo sueño. ASTORETH Sakura comenzó a soñar con la oscuridad que, de un momento a otro, se llenó de luz. En el sueño, ella corría hacia la oscuridad, pero no la alcanzaba. Sintió desesperación, como si la luz fuera a acabar con ella. La luz la persiguió hasta que una persona, que no pudo visualizar, acabó con ella. En esa oscuridad, alcanzó a escuchar que esa persona decía: – La luz necesita de la oscuridad y la oscuridad de la luz para subsistir. Sakura despertó algo asustada. No comprendió por qué el miedo le lo generaba la luz y no la oscuridad, y le causó curiosidad saber quién era la persona que le había ayudado. Quería entender el significado de la frase pronunciada por esa persona. En ese momento, Amelia se despertó y Serenidad, desesperada por el hambre, empezó a llorar. Sakura la tomó en sus brazos y le dijo a Amelia: – Ya amaneció, podemos seguir nuestro camino. Las tres salieron de la cueva y miraron al cielo, impactadas por los hermosos colores. Caminaron un par de horas hasta que llegaron a un pueblo cercano llamado Astoreth. Astoreth era uno de los pueblos del reino de Asturias, donde su principal sustento era la pesca y el comercio marítimo. Era un pueblo con gente muy amistosa. Amelia miró a su hermana y le dijo: – Sakura, realmente tengo mucha hambre, y Serenidad no ha parado de llorar. Creo que también debe tener mucha hambre. – Sí, es verdad –respondió Sakura. Sakura miró en los bolsillos de su vestido y encontró un par de monedas de oro. Con una sonrisa, le dijo a Amelia: – Vamos a comer, yo también me muero de hambre. Fueron a una tienda cercana donde compraron leche para Serenidad y comida para ellas. Ya satisfechas, decidieron pasar la noche allí. Las tres pasaron la noche en el pueblo, aunque no podían dormir, pues sabían que, desde ese momento, lo habían perdido todo: sus padres, su reino, y que serían perseguidas por el resto de sus vidas. Pero lo que sí sabían con certeza era que nunca se separarían. Su única preocupación era Serenidad, quien era demasiado pequeña. Pero no les importó; también era su hermana y las únicas descendientes del rey O’Connor. Por lo tanto, debían protegerse mutuamente. LA TIERRA DE ADAMAH Adamah era una tierra dividida en siete reinos principales: ASTURIAS: reino marítimo PARIS: reino minero, oro y plata GAYA: reino agricultor AMETHET: reino productor de madera FELIAN: reino dedicado a formar guerreros SARIS: reino productor de ganado ISIGAR: reino productor de telas y vestidos. El imperio supremo de Adamah estaba ubicado en Paris, de donde procedían las tres princesas, y donde Arman puso fin a la vida del rey O’Connor. Ahora quien gobernaba esta tierra era Arman, descendiente del clan Eliot, del reino de Felian, formador de guerreros. El clan Eliot era el más fuerte que había tenido la historia de Adamah. Se decía que los clanes guerreros son escogidos por el Dios supremo y que son descendientes directos de los ángeles, puesto que todos ellos nacen con una peculiaridad: a los 5 años, en sus espaldas nacen unas pequeñas alas que, con el paso del tiempo, se hacen más fuertes y les permiten volar por los hermosos cielos. El clan Eliot, los últimos guerreros, habían prometido al rey O’Connor su fidelidad y su deber era proteger a Adamah. Pero Arman deseaba todo el poder. Así fue como planeó la toma del imperio y proclamarse como rey de Adamah. Su único problema era que las hijas de O’Connor habían logrado escapar de su espada. Las buscaba desesperadamente, pues si ellas vivían, serían una amenaza en el futuro. Ahora eran buscadas por un sinfín de hombres que deseaban ganarse la aprobación del nuevo rey. Los siete reinos aceptaron a Arman como su rey, pues sabían que no podrían hacerle frente de ninguna manera. Todos los guerreros estaban a favor de él y no tenían con qué combatir. Así comenzó esta nueva era para Adamah. La paz y la armonía se habían acabado, y ahora comenzaba a reinar la desesperación y el sufrimiento para el gran imperio que alguna vez fue Adamah.
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