DESCENDIENTE
El nuevo rey de Adamah, Arman Eliot, tiene dos hijos: su hijo menor de 6 años, llamado Lans, y su hija mayor, Elizabeth, de 12 años. Lans, el futuro rey de Adamah, era un niño curioso y sensible, cuya vida, desde su temprana edad, estuvo marcada por la ausencia de su madre. La reina falleció cuando él tenía apenas 2 años, dejando un vacío en el corazón de Lans que nunca pudo ser llenado por nada ni nadie. Debido a que Arman, su padre, estaba ocupado con los asuntos del reino, Lans fue criado principalmente por su nana, una mujer amable y cariñosa llamada Haruko. Ella se encargó de su crianza, enseñándole a amar la naturaleza, los animales y, sobre todo, a valorar los lazos familiares.
El rey Arman, por su parte, tenía poca paciencia para dedicarle tiempo a su hijo menor, ocupado como estaba en las obligaciones del reino. Lans pasó gran parte de su infancia bajo el cuidado de Haruko, quien lo llevó a explorar los hermosos paisajes de Adamah, enseñándole a apreciar la belleza de los bosques y la fauna que los rodeaba. Sin embargo, el rey Arman, al ser un líder de carácter fuerte y decidido, sentía que su hijo debía ser educado para asumir su rol como futuro monarca, un liderazgo que requeriría habilidades de combate y una mentalidad férrea.
A pesar de los esfuerzos de su padre, Lans siempre fue más inclinado a la calma y la serenidad de la naturaleza. Prefería montar su corcel n***o y cabalgar entre los árboles, dormir al aire libre bajo el cielo estrellado o pasar horas observando a los animales en el bosque. Estos momentos de paz le traían consuelo en un mundo que, a su alrededor, se movía con una velocidad frenética. No obstante, Arman sabía que su hijo debía ser preparado para las exigencias del trono, y por eso, a tan corta edad, decidió enviarlo al reino lejano de Felian para recibir un entrenamiento arduo que lo formara en los valores de los Eliot y lo preparara para gobernar.
El joven Lans aceptó la decisión de su padre con una madurez sorprendente, comprendiendo que su destino estaba más allá de sus deseos personales. Acompañado de su fiel nana, Haruko, partió hacia el distante reino de Felian, con la esperanza de que el tiempo pasara rápidamente para que pudiera regresar a su hogar, reunirse con su familia y disfrutar de nuevo de los vastos bosques que tanto amaba.
Diez años transcurrieron desde que Lans comenzó su entrenamiento. Durante ese tiempo, sus alas, que al principio eran solo una promesa de crecimiento, finalmente se desarrollaron, tomando un brillante color blanco. Eran las alas más grandes de todas las que los jóvenes guerreros de Felian poseían, y su tamaño y belleza llamaban la atención de todos. Sus amigos lo admiraban y su maestro, Akira, lo presentaba con orgullo como un modelo de lo que debía ser un guerrero Eliot. Akira lo elogiaba constantemente, diciendo que Lans era "digno hijo de su padre".
Akira: – Hoy es tu día, príncipe Lans. Hoy demostrarás por qué la sangre de los Eliot es la más fuerte de Adamah. Por eso reinan, y por eso reinarán por siempre.
Lans, con una mezcla de nerviosismo y confianza, respondió:
Lans: – Maestro Akira, gracias por su confianza. Regresaré en un mes con esta misión cumplida y demostraré que soy un digno hijo de mi padre, el próximo rey de Adamah.
Las personas que se encontraban alrededor comenzaron a aplaudir mientras Lans caminaba hacia el profundo bosque. Su figura se fue perdiendo lentamente entre los árboles, y la multitud lo observó con admiración.
ENCUENTRO
Tres días después, Lans, cansado y agotado por el largo viaje, comenzó a dudar de si había tomado la decisión correcta al adentrarse en el bosque. La tranquilidad del lugar no era suficiente para mitigar la sensación de soledad que sentía. Justo cuando pensaba en detenerse, avistó una pequeña y acogedora casa. Al acercarse, vio que dos ancianos lo observaban desde la puerta. Sin dudarlo, lo invitaron a entrar, ofreciéndole comida y un lugar donde descansar por la noche. El cansancio se apoderaba de su cuerpo, pero la calidez de la hospitalidad de los ancianos lo reconfortó.
A la mañana siguiente, Lans salió al amanecer y se encontró con una chica que, a simple vista, parecía ser una aparición del bosque. Serenidad, con su largo cabello n***o que brillaba a la luz del sol, se movía con una gracia que parecía hacerla una parte del propio paisaje. Sus ojos azules resplandecían como dos piedras preciosas, y su piel, tan blanca como la luna, captó por completo la atención de Lans. Él, algo avergonzado, la miró por un momento antes de atreverse a preguntar:
– ¿Quién eres?
Ella le sonrió dulcemente y respondió:
– Soy Serenidad, vivo aquí con mis abuelos.
Lans, cautivado por su presencia, respondió:
– Es un placer conocerte, Serenidad. Soy Lans.
En ese momento, los abuelos de Serenidad entraron con una canasta llena de pescado y, con una sonrisa amplia, dijeron:
– Mira, Serenidad, hemos tenido una buena mañana, llenamos la canasta de muchos peces. Ve al pueblo y cámbialos.
Serenidad, con una sonrisa alegre, tomó la canasta y dijo:
– Claro, abuelitos, ya voy. Pero primero, prueben este delicioso desayuno que preparé.
Los cuatro se sentaron a la mesa a disfrutar de la comida, pero Lans no podía dejar de observar a Serenidad. Para él, nunca había visto a alguien tan hermosa. Ella, por su parte, le sonrió con una ternura que le robó el aliento. Al terminar de comer, Serenidad tomó la canasta con los peces y se dirigió hacia la puerta. Lans, sin pensarlo, se levantó rápidamente y le dijo:
– Déjame llevar eso, yo lo llevaré y te acompañaré a cambiarlos al pueblo.
Los abuelos de Serenidad los miraron con cariño y agradecimiento, y Lans hizo una ligera reverencia antes de salir con ella. En el camino hacia el pueblo, el aire fresco del bosque los rodeaba, y el canto de los pájaros llenaba el silencio entre ellos. Serenidad, aunque acostumbrada a la compañía de sus abuelos, se sentía algo nerviosa. Era la primera vez que compartía un momento tan cercano con un chico tan apuesto y, aunque su naturaleza era alegre, sentía una ligera incomodidad por la forma en que él la miraba.
Horas más tarde, llegaron al pueblo de Nínive, donde intercambiaron los peces por carne y granos. Lans aprovechó la oportunidad para cambiar algunas monedas de plata por licor y más carne, como agradecimiento a los abuelos. Los dos se dirigieron de vuelta, intentando regresar antes de que oscureciera.
LA NOCHE MÁS ESPECIAL
Lans y Serenidad caminaban rápidamente por el bosque, conscientes de que el sol comenzaba a ponerse. Sin embargo, el clima cambió repentinamente y comenzó a llover, obligándolos a buscar refugio. Encontraron una pequeña cueva donde pudieron resguardarse del frío y la lluvia. Serenidad, al estar empapada, temblaba de frío. Lans, al verla tan vulnerable, no pudo evitar acercarse a ella. La abrazó suavemente, ofreciéndole calor. Serenidad, sorprendida, dio un pequeño brinco, pero él la rodeó con más fuerza y la acercó a su cuerpo, susurrándole al oído:
– No te preocupes, solo es para darte calor.
El corazón de Serenidad latió con fuerza, y sus mejillas se sonrojaron al sentir el calor de su cuerpo cerca del suyo. Una extraña sensación comenzó a recorrer su pecho, como si mariposas estuvieran revoloteando dentro de ella. Nunca antes había experimentado algo así, pero la calidez de Lans la tranquilizó, y, sin pensarlo más, recostó su cabeza en su hombro.
Lans, al sentirla tan cerca, también se dio cuenta de que algo había cambiado en él. No sabía cómo ni por qué, pero estaba seguro de que había encontrado a alguien muy especial. Sin decir una palabra más, él la tomó de la mano, y Serenidad, al mirarlo, pudo ver algo en sus ojos que la hizo sentirse como nunca antes. Ambos se quedaron allí, mirándose, sintiendo que había una conexión más profunda de lo que las palabras podían expresar.
Pasaron lo que parecieron horas, o tal vez solo minutos, pero el tiempo parecía haberse detenido para ellos. Finalmente, Serenidad sonrió con ternura, y Lans le devolvió la sonrisa. Miraron al exterior de la cueva, y se dieron cuenta de que la lluvia había cesado. El aire fresco llenaba el bosque, y el cielo estaba despejado.
Los dos salieron de la cueva de la mano y miraron al cielo estrellado, contemplando la belleza de la noche. Serenidad, sintiendo la presencia de Lans cerca de ella, cerró los ojos y pidió un deseo a la luna, que brillaba con fuerza en el firmamento:
– Hermosa luna, que has brillado por los siglos, a ti imploro un deseo que nace de mi corazón. Quiero pasar todas las noches de mi vida, hasta mi muerte, con este Lans, que me hace sentir paz en mi alma y corazón. Y te confieso que, con solo una mirada, me enamoré. Te lo suplico, luna, que has acompañado el romance por la eternidad, espero escuches mi clamor.
Lans, al escuchar sus palabras, la miró con cariño, y su corazón se llenó de una calidez indescriptible. La miró fijamente y, sin poder resistirse más, la besó suavemente. Ella le correspondió al beso, y ambos se miraron a los ojos, como si estuvieran compartiendo un secreto muy especial. Él susurró:
– Ahora sé que tú eres la razón por la que nací en este tiempo y en este lugar. Serenidad, quiero que en el futuro te cases conmigo y compartas todas mis noches junto a mí.
Serenidad, sonriendo dulcemente, acarició su rostro y respondió:
– Lans, lo acabo de comprender. Estamos hechos el uno para el otro, y también quiero pasar todas mis noches junto a ti.