LA VISIÓN DE UN ÁNGEL
Cerca del reino de Asturias, se encontraba el próspero reino de Amethet, conocido por su habilidad en la producción de madera fina. Este reino era uno de los más respetados por su destreza en la creación de muebles, herramientas y demás objetos de madera, que eran muy valorados en toda la región. En este reino vivía un joven llamado Ángel, un chico atractivo, inteligente y de gran carisma. Siempre dispuesto a colaborar con los demás y con un afán constante de dar lo mejor de sí mismo en su trabajo, Ángel era muy querido por su comunidad.
Cada semana, como parte de su rutina, Ángel se adentraba en el bosque Galaria, un extenso y misterioso bosque que marcaba la frontera de cuatro poderosos reinos: Asturias, Amethet, Felian y Saris. Aunque el bosque era utilizado por los habitantes de estos reinos como una ruta comercial, había algo inquietante en él. Durante el día, todo parecía normal, pero al caer la noche, el ambiente se transformaba. El aire se volvía denso, como si el bosque cobrara vida. Se decía que las brujas, hadas y seres oscuros que habitaban en él comenzaban a salir al caer el sol. Los ancianos del reino siempre advertían que aquellos que se adentraran en el bosque durante la noche nunca volvían. Algunos hablaban de maldiciones, otros de hechizos ancestrales que mantenían a las criaturas atrapadas en su oscuridad.
Ángel, sin embargo, era diferente. Aunque las advertencias rondaban en su mente, debía ir al bosque de madrugada para recolectar la madera que utilizaba en sus creaciones. Pasaba largas horas cortando los mejores árboles, buscando siempre la calidad superior para sus proyectos. Un día, tras una mañana agotadora, Ángel decidió tomar un pequeño descanso. Se sentó sobre una piedra, con el rostro sudoroso por el esfuerzo, y sacó una botella de agua de su mochila para refrescarse.
Fue en ese preciso momento cuando algo extraño ocurrió. Un susurro llegó a sus oídos. Al principio pensó que era solo el viento, pero la voz se hacía más clara y definida. Era una voz femenina, suave, pero llena de urgencia.
– Ángel… Ángel… mi Ángel, encuéntrame… – la voz comenzó a resonar cada vez más cerca de él, hasta que se volvió casi palpable. A pesar de su escepticismo, Ángel no pudo evitar levantarse de la piedra, sintiendo una extraña atracción hacia la fuente de esa voz.
Decidió buscarla. Conociendo el bosque como la palma de su mano, comenzó a caminar, guiado por la voz que lo llamaba. Caminó por horas, sin encontrar nada más que árboles y más árboles, pero el susurro persistía, cada vez más fuerte, cada vez más cercano. Y, de repente, apareció ante él una cueva oscura que nunca había visto antes, aunque él había recorrido esa parte del bosque en numerosas ocasiones.
La voz lo llamaba insistentemente desde la oscuridad, casi como si lo invitara a entrar. Sin pensarlo demasiado, Ángel decidió adentrarse en la cueva. Era un lugar que emanaba misterio, y algo en su interior le decía que debía descubrir lo que sucedía.
Dentro de la cueva, la oscuridad era absoluta. Ángel no podía ver ni siquiera su propia mano, y la voz desapareció repentinamente, dejándolo en un extraño silencio. Sintiéndose incómodo y algo asustado, decidió que lo mejor sería salir de la cueva y regresar al día siguiente, más preparado. El sol ya comenzaba a ponerse, y no quería arriesgarse a pasar la noche en el bosque, así que dejó la cueva atrás y caminó rápidamente de regreso a su hogar, sin mirar atrás. Esa noche, no volvió a escuchar la voz.
LA CUEVA
A la mañana siguiente, Ángel se despertó con la mente llena de preguntas. Decidió regresar al bosque, armado con una antorcha y suministros básicos como agua y víveres, preparado para adentrarse más profundamente en la cueva y descubrir qué estaba sucediendo. Mientras tanto, en otro lugar del bosque, Lans y Serenidad caminaban juntos, disfrutando de la calma del amanecer. Se habían despedido con la promesa de que sus caminos se separarían por un tiempo, pero que volverían a encontrarse pronto.
– Tengo que seguir mi camino, Serenidad. Hay una misión que debo cumplir, pero regresaré por ti lo prometo – dijo Lans con determinación en su voz.
– Lo sé, Lans. Sé que pronto nos encontraremos de nuevo. Yo estaré esperándote – respondió Serenidad con una sonrisa dulce, mientras sus ojos reflejaban la tristeza de la despedida.
Antes de partir, Serenidad besó a Lans, un beso largo, cargado de emoción. Tras esa despedida, ambos tomaron caminos diferentes, y Serenidad comenzó su viaje de regreso a su hogar. Mientras caminaba distraída, pensando en la noche que habían compartido, tropezó y cayó al suelo debido a una piedra que no había visto. Al levantarse, vio frente a ella una cueva que nunca había notado antes, a pesar de que había recorrido ese sendero muchas veces. La cueva era imponente, oscura, y un sentimiento de curiosidad la invadió.
Justo en ese momento, Ángel llegó corriendo hacia ella, al verla caída en el suelo. Rápidamente la ayudó a levantarse. Al mirarla, sus ojos se encontraron, y algo en su interior se agitó al ver la belleza de Serenidad. Los ojos azules de ella parecían reflejar todo el cielo, y Ángel se sintió cautivado.
– Señorita, no tiene nada que agradecer. Fue un placer ayudarla – dijo Ángel, con las mejillas ligeramente sonrojadas, mientras Serenidad le ofrecía una sonrisa cálida.
De repente, la misma voz que Ángel había escuchado en la cueva se hizo presente nuevamente.
– Ángel… Ángel, mi Ángel, encuéntrame…
Ambos se quedaron en silencio, mirando la entrada de la cueva. Ángel, algo confundido, le preguntó:
– ¿Puedes escuchar esa voz?
Serenidad, también sorprendida, asintió lentamente.
– Sí, la escucho… Es extraña, pero la siento tan cercana.
Sin pensarlo mucho, y como si estuvieran bajo un hechizo, ambos caminaron hacia la cueva, atraídos por la llamada. El aire en la entrada de la cueva se sentía frío y pesado, pero la curiosidad los empujó a seguir adelante. A medida que se adentraban más en la oscuridad, la atmósfera se volvía aún más densa, y el eco de la voz parecía envolverlos.
PROFECÍA
1: PARTE
Al entrar más profundamente en la cueva, algo sorprendente ocurrió. Varias antorchas se encendieron a su paso, iluminando el camino hacia adelante. La voz dejó de escucharse, pero la sensación de que algo extraordinario estaba por ocurrir no desapareció. Ambos caminaban con cautela, como si cada paso los acercara a un destino que aún no comprendían del todo.
Después de un largo recorrido, llegaron a un gran portón antiguo. Estaba cubierto con extrañas inscripciones que no podían entender. Serenidad, impulsada por una sensación de sabiduría antigua, tocó las letras que sobresalían de la puerta. En ese momento, el portón se abrió lentamente, como si los invitara a entrar en el misterio que aguardaba más allá.
Al cruzar el umbral, una luz roja brillante los envolvió, y la voz que les había hablado anteriormente les dio la bienvenida.
– Bienvenidos, mis astros. Llevaba años esperándolos.
Ángel y Serenidad se miraron sorprendidos, sin comprender del todo lo que sucedía, pero decidieron seguir avanzando. De la luz roja emergió una figura femenina, una mujer de piel blanca como la nieve, con largos cabellos plateados que brillaban a la luz de la antorcha. Sus ojos verdes resplandecían con un poder ancestral, y sus labios, de un color naranja suave, se curvaron en una sonrisa enigmática.
– Soy Anyanka, y los estaba esperando – dijo la mujer con voz suave pero firme. – Ángel, Serenidad, el momento ha llegado. Es hora de comenzar a cumplir con su destino. Síganme.
Como si estuvieran bajo un hechizo, ambos la siguieron sin dudar. Atravesaron más puertas y escaleras hasta llegar a un lago subterráneo, cuyo agua parecía resplandecer con una luz propia. Anyanka los condujo hacia el fondo del lago, donde encontraron una habitación secreta, oscura y llena de objetos místicos.
Anyanka los miró fijamente y les dijo:
– Astros, en lo más profundo de sus corazones saben qué objeto les pertenece. Tómenlo, y así encontrarán su destino.