EPISODIO 4

1123 Words
LA PROFECIA II PARTE En el centro de aquel cuarto antiguo, cubierto por la penumbra y el polvo de los siglos, Ángel y Serenidad observaban detenidamente los objetos a su alrededor. El aire era denso, casi sagrado, cargado de historia y secretos que el tiempo no había logrado sepultar. Estanterías de piedra guardaban artefactos que parecían pertenecer a civilizaciones ya extintas, y el eco de un silencio solemne se extendía por las paredes grabadas con símbolos en lenguas perdidas. Ángel se detuvo ante un cofre de madera ennegrecida, adornado con inscripciones doradas que relucían tenuemente bajo la luz de las antorchas. Su aspecto era noble y antiguo, como si contuviera algo más que simples objetos. Lo abrió con cautela y, en su interior, halló un papiro enrollado, atado con una cinta de terciopelo rojo. —Mira esto —murmuró Ángel, pasándole el pergamino a Anyanka, quien se acercó con paso firme. La anciana lo tomó entre sus dedos arrugados, lo desenrolló cuidadosamente y lo observó. Su mirada cambió, como si hubiera reconocido algo muy importante. —Este papiro… —susurró— está escrito en el idioma de los grandes dioses… y de los demonios aterradores que reinaron antes que el hombre. Este texto es una profecía. Serenidad se acercó lentamente. Desde lejos notó que en una de las esquinas del papiro algo brillaba con un resplandor dorado. Pero cuando se aproximó para verlo mejor, el brillo desapareció como si nunca hubiese existido. Esto la desconcertó. Anyanka, al notar su reacción, sonrió con cierto aire de ironía y misterio. —Esa luz sólo responde al alma destinada… —dijo—. Princesa, esta profecía habla de usted, de sus hermanas… y de las estrellas. Permítanme traducirla. Con voz pausada y solemne, Anyanka comenzó a leer: "En tiempos futuros, siete astros se reunirán en fecha exacta. Astros descendientes de las sombras que cambiarán el destino de los cielos. Cuando el sol brille con más fuerza, ellos vendrán a destruirlo todo. Porque son el camino hacia un nuevo comienzo. Entre ellos, una estrella brillará más que todas, pero su luz no despertará hasta que apague a sus astros. Ella será el puente entre el cielo y las sombras. La luz y la oscuridad no pueden coexistir. La luz y la oscuridad son una sola. La luz y la oscuridad dependen de sí mismas. La luz y la oscuridad… se necesitan." El silencio que siguió fue espeso. Serenidad y Ángel se miraron confundidos y algo perturbados. No entendían qué tenía eso que ver con ellos. —¿Qué significa esto? —preguntó Serenidad con voz insegura—. ¿Por qué dice que soy una princesa? Yo no… no lo soy. Vivo en Asturias, tengo una familia común, mis abuelos me criaron... —Pequeña princesa —dijo Anyanka con dulzura—, tú eres descendiente del gran emperador O’Connor. Llevas la sangre real de Adamah, y tu destino está escrito en las estrellas. Es tiempo de que asumas el lugar que te corresponde en el trono celestial. Serenidad se quedó paralizada, con el corazón golpeando su pecho como un tambor desbocado. —Eso no es posible… —murmuró—. Desde que nací he vivido con mis abuelos, no tengo recuerdos de otra familia. ¿Cómo puede ser eso cierto? Anyanka asintió con comprensión, y sus ojos se llenaron de compasión. —Te contaré tu historia. CUANDO EL CIELO Y EL MAR ERAN UNO. —Hace miles de años —comenzó—, este mundo era gobernado por dos grandes fuerzas: los dioses y los demonios. Vivían en armonía, cuidaban de la tierra y sus ciclos. Entre los demonios, había tres grandes señores: Asturias, el mayor, y sus hermanos París e Isaris. Asturias era sabio y justo, pero sus hermanos ansiaban más poder. París e Isaris tramaron una rebelión, engañaron a su pueblo y pusieron a todos los demonios en contra de su hermano. Así, Asturias fue traicionado y aniquilado por su propia r**a. Pero su ambición no se detuvo ahí. París e Isaris dirigieron sus fuerzas contra los dioses. Así estalló la gran guerra. —¿Una guerra entre dioses y demonios? —susurró Ángel. —Sí —asintió Anyanka—. El dios guerrero Felian se enfrentó a ellos, y aunque logró matar a Isaris, cayó en combate ante París. El dolor de su pérdida conmovió a los cielos. Entonces los dioses Gaya y Amethet descendieron para luchar, pero no lograron destruirlo. París, fortalecido por la oscuridad, acabó también con ellos. Fue entonces cuando apareció un nuevo actor: el ser humano. Los humanos, pequeños y aparentemente débiles, aprovecharon la destrucción mutua entre los dioses y los demonios. Usando su astucia, construyeron armas poderosas, vencieron a ambos y se alzaron como los nuevos dueños de la tierra de Adamah. En honor a los antiguos gobernantes, los reinos fueron nombrados con los nombres de dioses y demonios. Fue en el reino de París donde se instauró el imperio que gobernó toda Adamah. —Y tú —dijo Anyanka, señalando a Serenidad— eres la descendiente directa del último gran emperador: tu padre, el Rey O’Connor, quien restauró la paz y el equilibrio. Tú y tus hermanas son las herederas legítimas de su legado. EL DESPERTAR D ELAS ESTRELLAS. Serenidad apenas podía respirar. Sus labios temblaban, sus manos estaban heladas. —¿Tengo hermanas…? —Sí. Dos hermanas que, como tú, han estado ocultas en diferentes rincones del mundo. Deben encontrarse. Es el único camino para restaurar el equilibrio perdido. —¿Y qué debo hacer ahora? —Escoge un objeto de este cuarto, el que resuene con tu alma. Ese será tu guía. Serenidad miró a su alrededor. Todo parecía cargado de energía, pero fue hacia el fondo del cuarto donde vio un escudo. Era de plata pura, tan brillante como un espejo, decorado con diamantes. En su centro, una luz dorada titilaba… como si la estuviera esperando. Al tocarlo, una ráfaga de viento invisible la traspasó. Sintió cómo su corazón latía con fuerza desmedida, sus ojos se nublaron y, antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo cayó al suelo. Todo se volvió oscuridad. En su inconsciencia, su alma fue llevada a otro plano. Flotó en un espacio sin tiempo, donde imágenes de su vida pasaban frente a sus ojos: su niñez, los abrazos de sus abuelos, los juegos en el jardín. Luego, cayó. Cayó en un jardín inmenso, más hermoso que cualquier cosa que hubiera imaginado. En las esquinas había agujeros, y encima de cada uno, un recuerdo suspendido como un espejo del alma. Uno mostraba dos niñas sonrientes, de mirada familiar. Sin dudarlo, Serenidad caminó hacia él… y se arrojó al vacío. El viaje hacia su verdad… apenas comenzaba.
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