RECUERDOS
Serenidad se lanzó al agujero sin pensarlo. El vértigo fue inmediato. Caía velozmente, y a su alrededor giraban imágenes como si fueran fragmentos de un sueño o de una vida olvidada. Rostros, risas, lágrimas, voces distantes... Todo parecía difuso y al mismo tiempo, demasiado real.
A medida que descendía, escenas de su nacimiento se proyectaban como si el tiempo se hubiera detenido para mostrarle la verdad. Vio los ojos de su madre, suaves y llenos de amor. Sintió el calor de sus hermanas, Sakura y Amelia, abrazándola mientras el caos las rodeaba. Percibió con intensidad el hambre de aquel día, los sollozos de un bebé sin consuelo, el perfume de las flores que emanaba del cuerpo de su madre... y luego, el golpe brutal de la sangre. Roja. Pesada. Ineludible. Su hermana Sakura la acunaba, empapada por la tragedia.
El cansancio de su cuerpecito venció al hambre, y entonces, como si su alma necesitara protegerla, se durmió.
Despertó en un campo de rosas rosadas, bañadas por una luz suave y cálida. El aroma que impregnaba el aire era el mismo que recordaba de su madre: dulce, natural, inconfundible. Su nariz se llenó de aquel perfume y sus labios, sin pensarlo, pronunciaron una sola palabra:
—Anna...
Era el nombre de su madre. Lo supo con certeza. En ese instante, el cansancio volvió a invadirla. Se acostó entre las rosas, sintiendo su suavidad como una caricia. Cerró los ojos y se dejó llevar nuevamente.
Esta vez, regresó aún más atrás. Era un bebé otra vez, llorando, hambrienta. Vio a Sakura ofrecerle leche de un árbol ancestral, buscando calmarla. El olor a sangre seguía presente, envolviéndolo todo con una sombra difícil de borrar. La pequeña Sakura, cansada pero decidida, le dijo a su otra hermana:
—Debemos encontrar un río, Amelia. Necesitamos lavar nuestra ropa, limpiarnos de la sangre de nuestro padre…
—Sí, Sakura. Y también necesitamos pescar, recolectar comida. No podemos sobrevivir sólo con esta leche. Debemos mantenernos fuertes… por Serenidad.
Entonces, una imagen cruzó su mente: el rostro de Lans. Ese recuerdo repentino fue como una chispa que la arrancó de ese mundo onírico.
Abrió los ojos. Frente a ella estaban Anyanka y Ángel.
—¿Te encuentras bien, Serenidad? —preguntó Ángel con preocupación.
—Sí —respondió ella con voz serena pero firme—. Al tocar el escudo, todos los recuerdos de mi infancia volvieron. Ahora sé que Anyanka tenía razón. Me dijo la verdad. Soy Serenidad, hija del rey O’Connor y de Anna. Hermana de las princesas Sakura y Amelia. Debo encontrarlas... mi corazón me dice que están con vida. Me esperan.
INICIEMOS LA BÚSQUEDA
Anyanka los guió hasta la salida del bosque. Allí, al pie de la cueva que había guardado tantas verdades, les dio una última mirada llena de sabiduría y despedida.
—El destino los espera. El camino no será fácil, pero recuerden: la luz los guiará si el corazón se mantiene fiel. Adiós, mis valientes.
Sin más, la anciana se adentró en la oscuridad de la cueva, dejando atrás el inicio de una nueva era.
Ángel y Serenidad se miraron. Había un brillo distinto en sus ojos, una mezcla de miedo y determinación. Sonrieron levemente, como si comprendieran que habían dejado de ser los mismos. Estaban destinados a algo más grande. A encontrar los siete astros y devolver la paz a Adamah.
Regresaron a sus respectivos hogares para despedirse. Serenidad, al llegar, fue recibida por sus abuelos con sorpresa y ternura. Al explicarles su destino, ellos la miraron con tristeza, pero sin reproche. Su abuela se acercó, tomó sus manos y le entregó un objeto envuelto en un pañuelo de lino: un antiguo medallón.
—Todo comenzó una mañana —dijo su abuelo con voz suave—. Caminábamos por el bosque cuando nos encontramos con dos niñas. Una de ellas te llevaba en brazos. Nos miraron con ternura… y nos entregaron a la pequeña. Dijeron que tu nombre era Serenidad, que acababas de nacer, y que este medallón te guiaría un día… cuando el momento llegara. Hoy es ese día, hija mía.
Serenidad rompió en llanto. Los abrazó con fuerza, su corazón hecho un nudo de amor y gratitud.
—Gracias por todo —susurró—. Por cuidarme, por enseñarme, por hacerme quien soy. No los decepcionaré. Pronto volveré por ustedes. Son mi familia. Siempre lo serán.
Cruzó la puerta con paso firme, y entre lágrimas, se despidió. En el bosque, la esperaba Ángel. Juntos, emprendieron su viaje hacia París, donde nuevos secretos los aguardaban.
JENNY, LA SACERDOTISA
En las fronteras del reino de París, en lo alto de una colina abandonada, se erguía una antigua casa de madera, grande y descuidada, como si el tiempo se hubiera detenido entre sus paredes. En ella vivía una mujer extraordinaria, conocida en todo París como Jenny, la Sacerdotisa.
Desde niña, Jenny poseía un don: podía comunicarse con los muertos. Escuchaba sus voces, sentía su presencia, los veía deambular entre los vivos. Su habilidad la hizo temida por muchos, y admirada por pocos. Vivía sola, en silencio, acompañada únicamente por los susurros del más allá.
Solo una vez al mes, un joven audaz se atrevía a visitarla. Su nombre era Lestad, y estaba enamorado de Jenny desde hacía años. Ella, sin embargo, se mostraba distante. Lo apreciaba, pero no le ofrecía esperanza.
—No eres mi tipo, Lestad. No deberías perder tu tiempo… —le decía con gentileza, pero con firmeza.
Un día, Lestad le llevó un obsequio especial: un collar con una piedra púrpura, brillante como la noche. La había encontrado en una de sus expediciones buscando tesoros.
—Es hermosa… —murmuró Jenny, admirando la joya—. ¿Dónde la encontraste?
—En un lugar olvidado, bajo tierra —respondió él—. Pero cuando la vi, supe que era para ti. Está conectada contigo, lo siento.
Jenny se colocó el collar. En el instante en que la piedra tocó su piel, una luz púrpura brotó de ella. Los espíritus que la rodeaban se desvanecieron. Por primera vez en su vida, Jenny sintió paz.
Conmovida, tomó la mano de Lestad y le besó la mejilla.
—Gracias… Este es el mayor regalo que me han dado. No sabes el poder que tiene… me será muy útil.
Lestad sonrió, lleno de emoción.
—Eres mi mayor amor. Aunque pasen mil años, te esperaré. Este collar es prueba de que estamos destinados. Lo sabes tú y lo sé yo.
—Lestad —respondió Jenny, bajando la mirada—. Tú sabes que a los tuyos no se les permite amar. Estás destinado a vagar solo. Nunca en milenios alguien como tú ha estado con alguien como yo… No insistas más. Déjame vivir en paz.
Lestad la miró por última vez. En sus ojos brillaba algo más que dolor: una profecía aún no dicha.
—Si supieras lo que el destino nos guarda… no habrías hecho lo que acabas de hacer.
Y con esas palabras, desapareció en la niebla.