LA DANZA DEL DESTINO
En un rincón remoto de Adamah, donde las colinas verdes y los bosques frondosos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, la historia de Serenidad y Lans volvía a entrelazarse con hilos invisibles del destino. A pesar del tiempo y las pruebas que cada uno había atravesado, algo superior parecía conspirar para reunirlos, justo en el momento más incierto de sus vidas.
Serenidad había estado viajando junto a Jenny, Ángel y la recién descubierta astro, Amelia, en busca de los demás guardianes del equilibrio, los astros. Con cada paso, la conexión entre los cuatro se hacía más fuerte. Serenidad, que al inicio había dudado de su lugar en esa misión, empezaba a descubrir sus verdaderas habilidades y a comprender su rol en la restauración del mundo de Adamah.
Desde que Amelia se unió a ellos tras una inesperada revelación en su mansión, la dinámica del grupo había cambiado. Amelia, que por años se había encerrado en su mundo interior, comenzó a florecer como una joven alegre, inteligente y llena de conocimiento mágico. Su incorporación no solo significaba un nuevo poder, sino también una guía valiosa para interpretar los símbolos arcanos que encontraban en su camino.
Lans, por otro lado, había regresado a la aldea de Isagar con el corazón del dragón azul en sus manos. La gente lo recibió con admiración, los ancianos lo honraron, y por primera vez en su vida, sintió que pertenecía a un lugar. Sin embargo, ese reconocimiento no calmó el vacío que lo consumía por dentro. Su mente, día y noche, volvía a Serenidad. A la dulzura de su voz, la firmeza de su mirada, y la energía que lo envolvía cuando estaban juntos.
Pese a no conocer sus verdaderos orígenes, Lans sentía un llamado más profundo que el de su linaje: el deseo de proteger algo más que una tierra, el deseo de proteger a ella.
EL BOSQUE DE LAS COINCIDENCIAS
Una mañana, tras leer señales en los cielos y consultar a un sabio ermitaño en las afueras del reino, Lans emprendió un nuevo viaje, rumbo al bosque de Vayra, un lugar denso, lleno de criaturas mágicas y antiguos secretos. Allí, según se decía, habitaban entidades que ayudaban a los buscadores a entender su destino. Lans no sabía exactamente qué buscaba, pero confiaba en su instinto.
Lo que no imaginaba era que en ese mismo bosque, Serenidad y sus compañeros también habían llegado guiados por las estrellas. Amelia había sentido un tirón mágico, como si una fuerza la jalara suavemente en una dirección. Siguiéndola, atravesaron senderos, cruzaron riachuelos, y finalmente, llegaron a un claro donde la luz del sol caía en columnas doradas.
—Creo que aquí es —murmuró Amelia, con los ojos entrecerrados, sintiendo la vibración mágica del lugar.
—¿Estamos buscando algo específico? —preguntó Ángel, mientras Jenny estiraba los brazos disfrutando la paz del entorno.
Serenidad no respondió. Su corazón latía con una fuerza inexplicable. Y entonces lo sintió. No era solo magia… era algo mucho más humano. Una presencia familiar, cálida, poderosa. Se giró y lo vio.
Allí, entre los árboles, emergiendo como una visión de un recuerdo hermoso, estaba Lans. Alto, sereno, con la misma mirada profunda que la había cautivado la primera vez. También él se quedó quieto, como si el tiempo se detuviera.
—¿Lans? —dijo ella, con la voz entrecortada por la sorpresa.
—Serenidad —respondió él, dando unos pasos hacia ella—. ¿Es esto real… o sigo soñando contigo?
Jenny sonrió por lo bajo y susurró a Amelia:
—Ya se habían conocido antes, ¿verdad?
—Sí —respondió Amelia, con una sonrisa—. Y claramente el universo no piensa separarlos.
PROMESAS SILENCIOSAS
Lans y Serenidad se abrazaron como si el tiempo no hubiera pasado. Fue un reencuentro silencioso, lleno de emociones que no necesitaban palabras. A lo lejos, Ángel y Jenny se alejaron unos pasos para darles espacio.
—Pensé que no volvería a verte —susurró ella.
—Nunca dejé de buscarte. Ni un solo día —respondió él—. Cada paso que he dado desde que nos separamos fue pensando en ti.
Se sentaron juntos bajo un árbol de hojas doradas. Serenidad le contó cómo había descubierto su habilidad para ver el pasado con solo tocar a una persona, cómo había reconocido a Amelia como un astro, y cómo su grupo crecía poco a poco. Lans escuchaba con atención, maravillado por su fuerza y luz interior.
—Y tú, ¿qué has hecho? —preguntó ella.
—Regresé a Isagar… y cumplí una prueba ancestral. Derroté al dragón azul. No por gloria, sino porque sabía que debía volver más fuerte. Para protegerte. Para proteger esto —dijo, tomando su mano.
Serenidad sintió un nudo en la garganta. Pero algo la inquietaba.
—Lans… ¿quién eres realmente? Sé que hay secretos que no has contado aún.
Él bajó la mirada, pensativo. No podía mentirle, pero tampoco podía decirle toda la verdad. Al menos no ahora. El peligro era demasiado grande.
—Solo soy alguien que no quiere perder lo que más ama. Alguien que necesita tiempo para entender su lugar en todo esto. Prometo que un día sabrás todo de mí. Pero ahora… permíteme seguir a tu lado.
Ella lo miró, con una mezcla de duda y confianza.
—Está bien. Mientras me hables con el corazón, no necesito más que eso.
En ese instante, una figura surgió entre los árboles. Era una criatura mágica, una mezcla entre ciervo y árbol, con astas que brillaban como el cristal.
Amelia se adelantó, emocionada.
—¡Es el guardián del bosque! Esta criatura solo aparece cuando un vínculo verdadero ha sido sellado. No se equivoca…
El guardián miró a Lans y a Serenidad, luego bajó su cabeza en señal de aprobación antes de desaparecer en una nube de hojas.
Jenny y Ángel aplaudieron con alegría.
—¡Eso fue épico! —gritó Jenny.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Ángel.
Serenidad se levantó, con Lans a su lado.
—Seguimos buscando a los astros. Pero ahora somos más fuertes. Somos más.
Amelia levantó su varita.
—Y con la magia de los corazones sinceros, ninguna oscuridad podrá vencernos.
El grupo emprendió la marcha de nuevo. El bosque detrás de ellos brillaba con una nueva energía, como si el amor y la verdad hubieran dejado una huella imborrable en su alma.
Y aunque Lans no había dicho toda la verdad, en su mirada Serenidad sabía que su lucha también era suya.
El viaje continuaba… y los hilos del destino seguían tejiendo una historia que cambiaría Adamah para siempre.