EL DESPERTAR DE SAKURA
Mientras en los vastos reinos de Adamah se tejían historias entrelazadas de amor, magia y antiguos secretos, en las tierras orientales, alejadas del bullicio de las cortes y las guerras de poder, una figura dormía inquieta bajo el resguardo de los árboles milenarios. Era Sakura, la hermana mayor de Serenidad, cuyo destino aún estaba oculto para muchos.
Durante años, Sakura había vivido en el exilio, apartada del linaje real y del caos que envolvía al trono de Adamah. Había crecido en silencio, lejos de la política y la ambición, bajo la tutela de sabios monjes y guardianes de la antigua magia. Sin embargo, esa noche, todo cambió.
Un sueño poderoso la visitó. En él, Sakura se veía rodeada de fuego y sombras, observando cómo un trono dorado era reclamado por un hombre de ojos oscuros y sonrisa helada: el rey Arman. La visión no era solo simbólica; sentía que aquel sueño era una advertencia enviada por los propios astros. Y en medio de ese caos onírico, vio un reflejo: su propio rostro, cubierto de lágrimas, sosteniendo una corona quebrada.
Al despertar, el aire en la habitación era más denso, como si la magia aún flotara en el ambiente. Su corazón latía con fuerza. Ese sueño no había sido una simple ilusión. Era un llamado.
—Debo regresar —murmuró con voz firme, mientras los primeros rayos del amanecer teñían de oro las montañas del este—. Debo descubrir la verdad… y restaurar lo que fue arrebatado.
Con el alma enardecida por la visión y el deber, Sakura empacó sus pocas pertenencias y emprendió un viaje hacia lo desconocido. Sus pasos eran impulsados por algo más que una sospecha: una certeza profunda de que su linaje tenía un papel fundamental en el equilibrio de Adamah.
A lo largo de su travesía, cruzó desiertos de ceniza, pueblos abandonados y ríos encantados donde la magia dormía bajo la superficie. En cada lugar sentía cómo el destino la guiaba. Se encontraba con viajeros que hablaban en susurros sobre un trono corrompido, una guerra que se avecinaba, y rumores de que las hijas del antiguo linaje aún vivían.
Sakura no sabía aún que Serenidad estaba viva, ni que Amelia había despertado su magia. Pero algo en su interior le decía que no estaba sola. La sangre que compartían parecía latir con fuerza en cada paso que daba.
Y así, con el corazón cargado de historia, dolor y esperanza, Sakura avanzaba hacia Adamah. Cada día la acercaba no solo al trono que le pertenecía por derecho, sino al reencuentro con un pasado que por fin exigía ser enfrentado.
ENCUENTRO CON ANYNKA
El viento silbaba entre los árboles cuando Sakura, guiada por la intuición que ardía en su pecho desde aquel sueño revelador, llegó a las afueras de un antiguo santuario escondido entre las colinas de un bosque cerca de París. Aquel lugar sagrado estaba cubierto por niebla espesa y rodeado de árboles centenarios cuyas ramas parecían susurrar secretos al viento. Allí residía Anynka, una sacerdotisa envuelta en misterio, cuyas habilidades mágicas eran conocidas más allá de las fronteras de Adamah.
Sakura había oído hablar de ella en los caminos. Viajeros y ancianos la describían como la "guardiana de la visión verdadera", una mujer que podía ver más allá de lo evidente, tocar las almas con la mirada y revelar verdades olvidadas por el tiempo.
Cuando Sakura se presentó ante ella, Anynka ya la esperaba, sentada sobre una piedra cubierta de musgo. Sus ojos, profundos como pozos de luna, brillaron al verla.
—Has venido, como soñé que lo harías —dijo la sacerdotisa, en un tono suave pero cargado de poder—. Tu espíritu está agitado, y tu linaje clama justicia.
Sakura, aún sorprendida por la precisión de sus palabras, se arrodilló frente a ella. Contó su sueño, sus dudas y su deseo de comprender qué papel tenía en todo lo que estaba ocurriendo en Adamah.
Anynka guardó silencio por unos instantes, como si escuchara voces invisibles. Luego habló con firmeza:
—Tus hermanas, Serenidad y Amelia, están vivas. Y más aún, están despertando. Han comenzado la búsqueda de los astros, los fragmentos del equilibrio, para reclamar el trono que les fue negado. Lo que viste en tu sueño no fue un presagio cualquiera, sino un llamado de tu sangre. Tú también eres una portadora del linaje, una clave en la restauración del reino.
Sakura sintió un nudo en la garganta. La emoción de saber que sus hermanas estaban vivas se mezclaba con una renovada sensación de propósito. No estaba sola. Jamás lo había estado.
—¿Qué debo hacer? —preguntó con voz temblorosa, pero decidida.
Anynka abrió un pequeño cofre y sacó una bolsa de terciopelo oscuro. En su interior había piedras encantadas, amuletos de protección, polvo de luna, y una pluma de fénix.
—Estos objetos te ayudarán en tu camino. Pero recuerda: la magia solo florece donde hay unidad. Tu mayor fortaleza no está solo en tu sangre real, sino en la conexión con tus hermanas. Solo juntas podrán reestablecer el equilibrio de Adamah.
Sakura asintió, sintiendo por primera vez en años una paz que no conocía. La sacerdotisa la bendijo con un encantamiento antiguo y la observó partir, sabiendo que el destino ya había comenzado a girar a favor del linaje perdido.
Con el corazón encendido y las lágrimas contenidas, Sakura juró no descansar hasta reunirse con sus hermanas. Porque ahora sabía que juntas eran la esperanza viva del reino.
GAUDI EL ESPADACHÍN
Tras su encuentro con la sacerdotisa Anynka, Sakura sintió que el mundo se expandía ante sus ojos. Sus pasos se volvieron más decididos, guiados no solo por el instinto, sino también por la certeza de que estaba en el camino correcto. Cada paso que daba la acercaba no solo a sus hermanas, sino también a su verdadero destino. Fue en esa travesía, cruzando ríos y llanuras que respiraban magia antigua, que oyó por primera vez el nombre de Gaudi.
Los aldeanos de una región apartada, conocida como Arishton, hablaban en susurros de un espadachín solitario que vagaba por los bosques. Decían que su espada no era como ninguna otra: podía sentir la energía de seres especiales, aquellos tocados por la magia de los astros. Al oír eso, Sakura supo que debía encontrarlo.
Guiada por las historias del pueblo, se internó en el bosque hasta hallar un claro bañado por la luz del atardecer. Allí, entre sombras danzantes, Gaudi entrenaba. Sus movimientos eran precisos, casi poéticos, como si cada estocada cortara no solo el aire, sino también el tejido de lo invisible. La hoja de su espada, de un brillo plateado irreal, parecía responder a su alma.
Sakura observó desde la distancia, sin atreverse a interrumpirlo. No fue necesario. Gaudi, sin detener su práctica, dijo con voz firme:
—Si has llegado hasta aquí, es porque buscas algo más que mi hoja.
Ella dio un paso adelante y se presentó, explicando su linaje, su misión y la búsqueda desesperada por encontrar a Serenidad y Amelia. Habló de los astros y de cómo la espada mágica podía ser la clave para rastrearlos.
Gaudi bajó la espada, examinándola con detenimiento. Luego la miró directamente a los ojos.
—Luminis, mi espada, reacciona ante presencias puras y poderosas. No solo siente a los astros... también reconoce la verdad en el corazón de quienes los buscan. Y tú, Sakura, no solo eres digna. Eres necesaria.
Una emoción cálida invadió a Sakura. Por primera vez, un extraño le ofrecía su ayuda sin condiciones, sin dudas.
—¿Me ayudarás entonces?
Gaudi asintió.
—Sí. Porque el equilibrio que buscas es también el equilibrio del mundo. Y porque la sangre que corre en tus venas guarda una promesa que aún no ha sido cumplida.
Desde ese día, viajaron juntos. Luminis guiaba su ruta, vibrando con fuerza cada vez que se acercaban a un astro. Gaudi no era solo un guerrero formidable, sino también un protector silencioso. Sakura aprendió de él, no solo sobre combate, sino sobre el peso de cargar un propósito.
Sabía, en lo profundo de su alma, que con Gaudi a su lado, estaba cada vez más cerca de reencontrarse con sus hermanas. Y cuando eso sucediera, el reino de Adamah temblaría, pues el linaje perdido volvería a alzarse... con justicia y fuego en su mirada.