Pesadillas

3200 Words
4 PESADILLAS   Caminé desorientada, mirando hacia todos lados tratando de encontrar a alguien más. Podía reconocer el campo de entrenamiento donde a las seis de la mañana ya todos estábamos haciendo abdominales y trotando, justo para ver el sol ponerse.   Solo que ahora no había ningún sol que ver. Estaba obscuro, muy obscuro. Apostaba a que pasaba de la media noche y hacía un frío terrible que me calaba en los huesos. Escaneé el lugar con una mirada superficial y me di cuenta de que estaba sola. Seguramente los chicos dormirían y eso también debería de estar haciendo yo. Si era descubierta no quería ni ponerme a imaginar el castigo que me impondrían por desobedecer el toque de queda.   «Emma... Amor...»   Me quedé congelada al escuchar esa voz tan familiar. Una voz que reconocería en cualquier lugar y que tocaba directamente mi alma. ¿Papá?   «¡Papá! —grité olvidándome del castigo que me ganaría si me escuchaban. Justo eso quería. Ser escuchada—. Dios mío, ¡papá!, ¿dónde estás?»   No recibí contestación. ¿Estaba alucinando?   «Emma...»   No, no lo estaba, definitivamente esa era su voz. Comencé a correr hacia donde creía que era la dirección por donde venía la voz de mi padre, siendo consciente en algún lugar de mi mente de que no llevaba zapatos y el césped estaba húmedo y helado contra las plantas desnudas de mis pies. "¡Papá!" Volví a gritar lo más fuerte que pude. Llegué a la barrera de árboles que separaba el campo de un pequeño bosque que se utilizaba para hacer simulaciones de prácticas y algunos ejercicios, me interné en él sintiendo las ramas y piedras clavándose en mis pies.   No me detuve hasta que llegué a la valla protectora que indicaba el fin del bosque y el inicio del muro que nos separaba de la civilización. Apoyé mis manos sobre mis rodillas y rogué entre jadeos.   «Papá, por favor, por favor, papá, espérame... —Levanté el rostro cuando sentí una caricia en la mejilla—. No me dejes... vuelve».   Y de pronto ahí estaba frente a mi, tal y como lo recordaba, fuerte, alto, varonil e imponente, con esa barba de tres días que le gustaba dejarse cuando no estaba activo y sus ojos verdes brillantes, llenos de valentía y sabiduría. A veces pensaba que mi padre no le temía a nada. Verlo parado delante de mí, era como si nunca se hubiera ido.   «Yo siempre vuelvo, Emma... siempre».   Me desperté sobresaltada, con una Susan viéndome preocupada.   —Yo... él... —Me tapé el rostro con las manos y lo sentí húmedo.   Susan me acarició la espalda.   —Shh... Está bien, Emma, está bien. —Lo vi, lo vi —murmuré ansiosamente con el poco aire que pude respirar. Estaba eufórica y asustada al mismo tiempo, pero necesitaba decirle que lo vi. Sentía mi corazón a mil por hora.   —Fue solo una pesadilla, Emma, tranquila. —Me alejé bruscamente de ella, haciéndola trastabillar. La fulminé con la mirada. ¿Cómo se atrevía a decir que ver a mi padre fue una pesadilla? —. Es demasiado reciente, cielo, es obvio que lo extrañas... —vaciló un momento—, quizás deberías ir con un especialista.   Me miró con disculpa pero sus palabras tocaron una fibra dentro de mí.   —Fuera —dije entre dientes. Ella hizo el amago de volverse a acercar y me retiré hasta la cabecera de la cama—. ¡Fuera!   Una vez que estuve sola nuevamente en la oscuridad de mi habitación, me acurruqué contra el cabecero de mi cama y lloré lo más bajo que pude, con la cabeza en mis rodillas.   «Yo siempre vuelvo, Emma... siempre».   Desde que tenía uso de razón, él siempre solía decirme eso antes de marcharse a cualquier que fuese el lugar donde debería desplegarse, nunca se iba sin antes decirlo, era nuestro pequeño ritual para que cuando él volviera y lo abrazara me dijera: «¿Lo ves? estoy aquí, cariño. Cumplí mi promesa».   Pero esta vez no lo había hecho, él no había regresado a mí y sin embargo mi mente no podía dejar de darle vueltas a sus últimas palabras.   …   Estaba aburrida en clase de matemáticas, el profesor explicaba algo en el pizarrón, pero apenas lo escuchaba, cuando la puerta se abrió de improvisto y entró por ella el extraño chico que ayer los tres idiotas molestaban. Derek, creo recordar. Se sonrojó al ver que todas las miradas de los alumnos estaban en él y murmurando una disculpa al profesor, caminó con la cabeza baja, dando una rápida inspección al salón para ubicar (supongo yo) algún asiento disponible.   El primero estaba en la parte de en frente, con un chico que tenía aspecto de no haber recibido una ducha en varios días, rastas por todo el cabello y mirada perdida hacia un punto fijo en el salón, sus ojos estaban rojos y apostaba lo que fuera, que, si me acercaba lo suficiente a él, vería que sus pupilas estarían dilatadas, lo que delataba las actividades que había realizado antes de la clase.   Y el siguiente era el mío.   Vi la indecisión cruzar por sus ojos. No sabía si sentirme insultada al hecho de que aparentemente se encontrase ante el dilema de sentarse al lado del vagabundo drogado, o mío.   Le ahorré el problema quitando mi mochila de la silla disponible a mi lado, dándole a entender que no me importaba.   —Hola, Emma —saludó en voz baja, dejando su mochila en su regazo y sacando un cuaderno. —Derek ¿no? —pregunté mirándolo. Él realmente parecía un corderito que llevaban al matadero, hacía un gran intento porque su mano no temblara cuando comenzó a escribir. —Sí, ese soy yo—trató de bromear nerviosamente desviando la mirada.   Le hubiera contestado, tan solo para que se relajara un poco, si se desmayaba no quería que nadie me culpara a mí, pero las pulsaciones en la cabeza volvieron y más fuertes. Me había empezado a doler desde que dejé de llorar en la madrugada y el dolor iba y venía constantemente. Pude haberme quedado en casa, Susan de hecho había insistido en ello, pero era preferible aguantar la escuela que quedarme a solas con ella.   Muy en el fondo, sabía que quizás estaba tomando una postura cobarde e inmadura, pero esta bola de sentimientos que tenía hacia ella, no me dejaban pensar con la cabeza fría.    Menos aún después de la escena que había protagonizado ayer. —¿Te... te pasa algo?—inquirió Derek preocupado, al ver que me tocaba la frente. —No es nada —dije entre dientes restándole importancia con un movimiento de mano—. Solo es una pequeña jaqueca.   Derek frunció el ceño y me miró más detenidamente.   —Bueno, no tienes buen aspecto. —Vaya, gracias, eso es lo que toda chica espera oír —murmure. Su rostro se volvió de color rojo. —No me-e re-refiero a eso —tartamudeó. Abrió su enorme mochila negra y escuche como rebuscó entre sus cosas—. Ten, una aspirina —dijo en voz baja, entregándome una pastilla y una botella de agua—. No la he abierto aún, así que toma con confianza.   Lo miré sorprendida, yo con suerte había recordado traer los cuadernos de las clases que me tocaban hoy y un bolígrafo.   —Gracias. —Abrí la botella y la levanté sobre mi boca, solo para que el agua cayera en ella sin que mis labios la llegaran a tocar y me tragué la pastilla. —Una vez intenté hacer eso —dijo Derek mirando como el agua caía hacia mi boca—. El agua se fue por otro lado y casi muero ahogado—admitió.   Y en contra todos los pronósticos posibles, me reí en voz baja.   Después de una eternidad, la clase aburrida de matemáticas llegó a su fin con el profesor haciendo un mal chiste sobre binomios y polinomios. Nadie se rio.   —¿Puedo preguntar qué clase tienes ahora? —me preguntó Derek en voz baja mientras guardaba sus cosas en la mochila. —Ya lo hiciste —me burlé causando que se sonrojara. Era interesante observar las reacciones de este chico cuando no se tenía nada más que hacer. Nunca en mi vida había visto a algún hombre sonrojarse tanto como él lo hacía. De hecho, no había visto a ninguno hacerlo en absoluto. Sería ridículo que un cabo se sonrojara por la nada. —Tengo educación física. —Estás con Matt entonces, pero... —hizo una mueca—, también está Dante. —¿En serio? Vaya... será entretenido—respondí preguntándome si el tipo tomaría represalias por lo de ayer.   Derek me miró de soslayo mientras se colgaba la mochila al hombro. Bueno, ahora entendía porque no era un blandengue, simplemente el cargar esa mochila debía de contar como ejercicio de fuerza. Me preguntaba que tanto debía de necesitar en la escuela.   —Escucha, Emma, lo mejor será que te alejes de él. No busques problemas, estar en contra de Dante es ponerte en contra de la escuela y eso es algo que realmente no quieres hacer. Te agradezco lo que hiciste ayer por mí y por mis amigos, pero no lo vuelvas a hacer, solo buscarás meternos en problemas a todos. —¿Me estás diciendo que huya de él? —Me crucé de brazos y alcé una ceja. Él se movió nervioso. —Tómalo como quieras —respondió antes de irse.   Por alguna razón me sentí decepcionada del chico. Supongo que no por intercambiar algunas palabras en clase mágicamente él se pondría los pantalones que obviamente le faltaban.   … —No entiendo porque tanto revuelo con ese idiota —farfullé mientras veía a Dante ser abrazado por una chica que parecía más una modelo y soltaba una risita tonta. Era obvio como todos los demás se pelaban por conseguir la atención de él. Era completa y fascinantemente ridículo. —Ya somos dos. —Me giré para ver a Matt entrar al gimnasio. Llevaba ya su uniforme deportivo reglamentario, un short hasta las rodillas, tenis y una camisa de tirantes, lo cual dejaba a la vista su cuerpo flaco. Tenía la sensación de que con un simple empujón de mi parte el chico se rompería, cual palillo de dientes.   A mí mente acudió el cabo Daniels, mejor conocido como El gran Dan. Un tipo de dos metros y cinco centímetros, que pesaba 110 kg, de puro músculo. Cualquiera que lo viera pensaría que es un cliente regular de los esteroides, pero yo era testigo de primera mano que él vivía y respiraba por el ejercicio.   Diferencias monumentales.   —¿Qué se supone que hacen aquí? —le pregunté a Matt mientras avanzábamos hasta las gradas donde los demás chicos en su mayoría estaban sentados platicando. —Esperamos a que el entrenador llegue. —¿Y eso tardará mucho? —Estaba hastiada de los profesores que no respetaban la hora que indicaba el horario. —No lo creo, por desgracia él siempre llega... —su frase se interrumpió cuando un señor entro por la puerta vestido con ropa deportiva de color azul, tenía el pelo completamente blanco, sin ningún matiz de gris, pero su rostro no tenía arruga alguna.   Hizo sonar un silbato que llevaba colgado a su cuello y todos los alumnos caminaron con pereza hacia el centro del gimnasio.   —Buenos días, muchachos, espero que hayan dormido bien porque necesitarán de toda su energía el día de hoy. —Anunció con entusiasmo. Se escucharon gemidos y protestas—. Debemos de hacer una actualización sobre cómo marcha su rendimiento. Recuerden que el programa estatal de salud requiere que les estemos dando un seguimiento, por lo que empezaremos con unos ejercicios básicos, correrán alrededor de la cancha cinco veces, unos abdominales y sentadillas, para que entren en calor.   Sentí un cosquilleo en mi estómago, entusiasmada con la idea de hacer algo de ejercicio, no importaba fuera algo tan elemental como esto. Necesitaba que mi cuerpo sintiera otra cosa que no fuera el vacío dentro de mi pecho.   A mi lado Matt masculló un mátame.   —Elegirán a un compañero para realizar las actividades. ¡Vamos!   Nos pusimos a correr alrededor de la cancha del gimnasio, pero de una manera desordenada, cada quien iba por donde se le placía aventándose unos a otros y haciéndose burlas, nada de estrictas filas. Era más una fiesta que ejercicio. Matt se situó a mi lado haciendo un extraño sonido entre jadeo y gemido, ese chico necesitaba un doctor con urgencia. Tuve que hacer un tremendo esfuerzo por no echarme a correr como quería y quedarme a su lado, por lo que en realidad estaba trotando.   —No deberían dejar que los perdedores participarán en esta clase — se burló Dante adelantándonos—. Solo nos dejan en vergüenza.   Los ojos de Matt se nublaron por el sentimiento de la vergüenza y su ritmo se disminuyó aún más, cohibiéndose, lo que ya había comprendido que ellos solían hacer constantemente cuando se trataba de Dante. Apreté los puños. Independientemente de lo que Derek hubiese dicho esta mañana, yo quería mantener un perfil bajo, no había llegado a este instituto con la intención de buscar problemas con los demás estudiantes, pero esto se estaba saliendo de mis manos. Si bien sabía cuándo debía de cerrar la boca, ese no era el caso. Mi entrenamiento no era para huir de los matones, sino todo lo contrario.   Y papá estaría avergonzado de saberlo.   El mero pensamiento me provocó una punzada de dolor en el pecho y basado en ello, tomé una decisión.   —¿Te importa si me adelanto? —le pregunté a Matt, solo por amabilidad, pero él no tuvo problemas.   Aceleré el ritmo solo lo suficiente como para rebasar a Dante que estaba a unos cuatro metros de nosotros.   —Tienes razón, es muy vergonzoso. —Le sonreí y continué con mi trote rápido, dejando atrás su estupefacta expresión.   Él aceleró el ritmo y se puso a mi lado fulminándome con la mirada, sin dificultad alguna volví a aumentar mi ritmo dejándolo atrás nuevamente, escuché como resoplo y empezó a correr tratando de emparejarse nuevamente. Para la cuarta vuelta él ya estaba sin aliento, sus jadeos eran audibles y una vena en su cuello comenzaba a notarse, mientras yo apenas estaba calentando.   Para este punto ya teníamos puesta la atención de toda la clase en nosotros, pendientes de quien sería el vencedor, aunque a juzgar por las miradas escépticas de la mayoría, apostaban sin dudas a que sería Dante.   El profesor sonó el silbato y nos mandó a hacer los otros ejercicios alternando su mirada vigilante entre Dante y yo.   —¿Quieres hacerlos tú primero? —me preguntó Matt intimidado.   Asentí, apenas estaba entrando en calor.   Empezamos con veinte abdominales y diez sentadillas, cuando el profesor quiso poner unas flexiones todos protestaron así que cedió a los quejidos de la clase y se saltó ese paso, yo estaba algo desilusionada pero me prometí que una vez en casa volvería a retomar el ejercicio. En este tiempo casi había olvidado lo bien que se sentía solo dejar que tu cuerpo tomase el control de la situación y llevarlo al límite, concentrándote en el dolor externo y dejando de lado el interno.   —Bien, como último ejercicio subirán la cuerda. —Apuntó a una cuerda gruesa de algunos tres metros de largo que estaba sujeta al techo y justo al lado de la base se encontraba una campana—. Recuerden que una vez que lleguen hasta arriba, deberán de tocar la campana y yo les tomaré el tiempo. —Creo que me voy a desmayar —murmuró Matt sin aliento—. O vomitar, quizás haga las dos cosas. —Lo miré y al ver su cara de color verde, supe que no estaba bromeando por lo que prudentemente di un paso hacia atrás, lejos del rango de vomito. —¿Algún voluntario para pasar primero? —preguntó el entrenador. Paseó la mirada por todos al ver que nadie decía nada, demorándose un segundo más en mí. — ¿Dante? —Claro, profesor. —Con una sonrisa presuntuosa Dante se hizo camino hasta la cuerda empujando a un chico a su paso, el profesor se hizo el ciego ante eso, lo que me molesto profundamente. Le indicó que empezara a tomar tiempo—. Para que vean como se hace —gritó hacia los demás.   Se le dificultó un poco ya que lo poco que avanzaba se volvía a resbalar, y la cuerda le quemaba la piel con la fricción, pero finalmente subió hasta tocar la campana.   —Treinta y tres segundos, muy bien —lo felicitó el profesor. Dante infló el pecho orgulloso y al pasar por mi lado chocó con mi hombro obligándome a retroceder para mantener el equilibrio. Cuadré la mandíbula dispuesta a decirle donde podía meterse el empujón cuando vi que el profesor me miraba—. ¿Cuál es tu nombre? —Emma Bennett, señor —respondí con firmeza, estuve a punto de decir Cabo Primero Región Norte, pero gracias a todo lo bueno que me mordí la lengua a tiempo. La maldita costumbre. —¿Inglesa? —preguntó al escuchar mí acento, asentí—, ¿por qué no subes la cuerda? — Fue claro para mí y para toda la clase que no era una sugerencia.   No supe como interpretar su tono, si el realmente deseaba ver mi capacidad o solo quería exponerme por avergonzar al que obviamente era su niño favorito. De cualquier forma caminé hasta estar a dos pasos de la cuerda para tomar impulso y saltar sobre ella, la agarré firmemente con ambas manos y con los tobillos me impulsé, solo me tomó tres de estos empujones para llegar hasta la campana y volver a bajar. Miré al profesor que me regresaba la mirada asombrado.   —Diez segundos. —Hice una mueca, mi tiempo límite para esa altura era de siete, después de todo la falta de ejercicio en estos días me había pasado factura—. Es increíble, ¿has hecho esto antes? —Asentí sin dar más explicaciones—. Espléndido. Sería grandioso que formaras parte de nuestro equipo de atletismo. Si estás interesada, solo dime. —Lo pensaré. —Hazlo. —¿Es que acaso eres una especie de alíen o algo así? —preguntó Matt mirándome de arriba abajo cuando estuve nuevamente a su lado.   Fingí que lo pensaba por un segundo.   —No que yo sepa, pero si me entero te aviso. —No puedo esperar a contarles a Betty a Derek como le pateaste el trasero a Dante —exclamó extasiado. —Ni yo —respondí pensando en la cara que pondría el moreno.   De un momento a otro Matt fue arrancado de mi lado.   —¿Crees que fue muy divertido, ¿no? — Exclamó Dante acercando su cara a la mía. —A decir verdad, sí, un poco —respondí sinceramente. —Tú no sabes con quién te estás metiendo —gruñó escupiendo un poco de saliva a mi rostro. Hice una mueca de asco y di un paso hacia atrás. —En este momento con un sujeto que necesita urgentemente una ducha. —Miré su camiseta que tenía una mancha más obscura por el sudor en el área del cuello—. Apestas.   La vena de su sien palpitó y su rostro se puso rojo, me lanzó una mirada asesina y se fue rodeado por chicas que pretendían consolarlo. A juzgar por las miradas que me lanzaron estas últimas no era su predilecta a ser su mejor amiga.     Lastima, atrapar a Batman hubiese sido divertido.       
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