Mari Estoy sola, desnuda y con frío. La cueva está en silencio. Me tiemblan las manos. He estado aqui antes. Hace cuatro años. Y en otra ocasión, años antes, la noche de luna llena en la que mamá no volvió a buscarme a la loma donde las hembras solteras nos vigilaban a los pequeños. Me senté en la hierba mojada por el rocío, olvidado, mientras un hombre le contaba la historia a Deirdre Sullivan. —Su lobo acaba de saltar—, había dicho, todavía aturdido, sin molestarse en bajar la voz. —Sin dudarlo. No había manera de que ella hubiera pensado que iba a lograrlo. De ninguna manera.— Su lobo . Mi mirada recorre la caverna vacía. Las sombras se acumulan en los rincones. Las bombillas desnudas que colgaban de un alambre proyectaban halos sobre las paredes ásperas y húmedas, y la oscuridad

