| Mi vida dejo de ser mía... |

1020 Words
Adeline ... Erick se acercó y se paró a mi lado. Papá nos observó aún furioso, mantenía sus manos apretadas en puño. No sabía porque Erick lo había aceptado. No sabía qué esperar. Lo conocía sí, éramos amigos. No los mejores, pero lo éramos. Pero en ese instante juro que creí que era un ángel que había llegado en ese momento a salvarme. Su aparición había menguado el enojo de mi padre. Seguía siendo una vergüenza para él. Creí que estaría bien cuando Erick tomó mi mano y me sonrió con calidez. Creí que estaba a salvó, que mi vida seguiría siendo mía. Es una lastima que no tuviera el poder de ver el futuro. Porque entonces hubiera sabido todo lo vendría para mí y quizás hubiera tenido la oportunidad de cambiarlo. Ese día mi padre decidió que debía casarme. No porque amará al hombre con el que lo haría, sino por obligación. Para no ser una vergüenza ante el mundo, una mancha en su apellido si hubiera decidido ser madre soltera. Mi vida dejó de ser mía y mi corazón empezó a llenarse de grietas. … La boda debía celebrarse lo más pronto posible. Mamá se encargó de todo, el vestido, las flores, los invitados. Tuve que involucrarme en los preparativos aunque no me emocionaba para nada está boda. Sentía que algo no estaba bien y no lograba descubrir qué parte. Papá, en cambio, no dejaba de recordarme el dinero que estaba gastando por mi torpeza. Decía que la boda debía realizarse en menos de un mes, antes de que mi embarazo se notará. Un médico de la familia había venido a casa a realizarme un chequeo, yo estaba bien y el bebé también, era muy pequeño así que no podía ni escuchar sus latidos. Lo extraño era que no sentía molestia alguna, no sentía náuseas o mareos. Solo cansancio. Erick me repetía que todo estaría bien. Que podríamos tener un matrimonio normal. Que lo intentaríamos… por nuestro hijo. Yo asentía. Actuaba de forma mecánica, como si todavía no comprendiera del todo cómo mi vida había terminado de esta manera. No odiaba la vida que crecía en mi vientre. Solo sentía que no era el momento. Siempre creí que cuando me casara lo haría profundamente enamorada. Que dormiría hecha un manojo de nervios la noche antes de la boda… o que no dormiría en absoluto. Y no dormí. Pero no fue por emoción. Fue porque, mientras todos celebraban mi futuro, yo tenía la extraña sensación de que mi vida acababa de cerrarse como una puerta… y alguien había tirado la llave. … El día de la boda llegó. La iglesia estaba llena. Flores blancas decoraban cada banco y la luz de la mañana atravesaba los vitrales, tiñendo el suelo de colores suaves. Todo era perfecto. Demasiado perfecto. Justo como mi padre quería. Mamá acomodó por última vez el velo sobre mi cabeza antes de que las puertas se abrieran. —Todo estará bien —susurró. No sabía si me lo decía a mí… o a ella misma. Papá llegó a mi lado con su ceño fruncido, me miró por unos segundos y luego se puso a mi lado, me ofreció su brazo y lo tomé. No me dijo nada, tampoco lo esperaba. La música comenzó a sonar. Cuando las puertas se abrieron, todos se pusieron de pie. Di el primer paso por el pasillo con la sensación extraña de estar viendo la escena desde afuera, como si no fuera realmente yo la que caminaba hacia el altar. Al final me esperaba Erick. Elegante. Tranquilo. Seguro. Nuestras miradas se encontraron. Él no parecía incómodo. Ni arrepentido. Ni siquiera nervioso. Sonrió para aparentar emoción al verme. No lo odiaba, pero algo no encajaba. Sentía que todo había ocurrido demasiado rápido. Miré a los invitados, entre ellos había una persona que no sonreía. Su ceño estaba fruncido y los miraba como si odiara a todos los presentes. Sonreí cuando su mirada se posó en mi. Mi abuela rodó los ojos y eso me hizo reír. Ella era la única que no estaba de acuerdo, papá no le había dicho las razones de mi boda, pero presiento que ella lo sabe. Aún así no pude detener esta boda y por eso está furiosa con mi padre. “No te ates a algo que no sabes si amaras” Fue lo que la abuela dijo. Quisiera poder decir no, pero siento que alguien mantiene mi garganta presionada y evita que lo que realmente quiero decir salga. Llegué frente a Erick, papá le entregó mi mano y se alejó de nosotros. Erick me sonrió y el sacerdote comenzó a hablar. Palabras sobre amor, compromiso y destino que apenas escuché. Erick no me soltó la mano en ningún momento. —Tranquila —murmuró en voz baja—. Todo estará bien. Asentí sin saber si realmente podía creerlo. Cuando llegó el momento de la pregunta más esperada, mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho. —¿Aceptas a Erick Montreaux como tu esposo? Miré el rostro del hombre con el que había pasado aquella noche. El mismo que ahora estaba frente a mí. El mismo que había decidido hacerse responsable cuando mi mundo empezó a derrumbarse. Fije mi vista en sus ojos, ojalá hubiera podido leer su mirada. No era amor lo que nos había traído hasta aquí. Eran las consecuencias de mis actos de juventud. Si aquella no hubiera salido, si no hubiera bebido no estuviera aquí frente a él a punto de unir nuestras vidas. —Sí… acepto. Dos palabras. Solo dos palabras bastaron para cambiar el resto de mi vida. Erick respondió rápidamente con calma. El sacerdote sonrió. Los invitados comenzaron a aplaudir. Y cuando Erick colocó el anillo en mi dedo, comprendí que aquello ya no tenía vuelta atrás. Nuestra historia no había comenzado con un “te amo”. Había comenzado con una noche que nunca debió ocurrir. Y ahora nos unía una promesa que ninguno de los dos había planeado hacer. Una vida juntos, como padres y esposos hasta que la muerte o las mentiras nos separen.
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