06. Ya está, lo dejo, sigo adelante

1045 Words
Lucas terminó la noche medio borracho, llevándose a Sara lejos de la casa principal, a una especie de antiguo granero remodelado en salón de fiestas que estaba vacío. Allí se quitó la necesidad que le había evocado ese vestido gris ceñido y el cabello recogido, entre los brazos y las piernas de su futura esposa. Pero algo más lo atormentaba: la mirada fija de ese tipo insulso sobre el cuerpo de Adele. La sonrisa estúpida de esa cara que nunca sonreía y estaba seguro que ella la había provocado. Quien nunca sonreía era uno de los primos de Sara: Gregory Karlsen. Y Adele no había errado en suponer que no era mucho mayor que el mismo Lucas, tenía, en ese momento, 30 años y un corto pero doloroso pasado. Se había casado muy joven con una jovencita que conoció apenas durante dos meses y ella enseguida había quedado embarazada. Iba a ser padre, eso creía, hasta que un hombre se presentó en su puerta reclamando a su mujer. Entonces se supo la verdad: que ese niño no era suyo. Por toda intención su esposa y el amante solo tenían quitarle dinero y lo habían conseguido. Para evitar el escándalo el padre de Greogory le ofreció a la embustera una casa, un auto y unos documentos que le negaban cualquier otro derecho. Y ella los firmó, llevándose todo eso y la ilusión del joven aspirante a abogado. Por eso no sonreía, por eso solo trabajaba y por eso no formalizaba con ninguna mujer. Le hirvió la sangre de solo recordar la expresión en su rostro apreciando las caderas de Adele y su ritmo se aceleró sobre Sara. No escuchaba sus quejas ni sentía sus manos tratando de contenerlo. Y no se detuvo hasta que llegó al límite y de su boca se escapó su nombre. Sara se quedó quieta, viendo las gesticulaciones de placer en su cara, cuando comprendió que no eran por ella, la invadió la rabia. Se lo negó terminantemente. - ¡Dijiste su nombre! ¿Tratas de tomarme por loca? - - No lo hice, lo imaginaste - Le dijo mientras se acomodaba la ropa. - ¿Me hago la estúpida con tus aventuras para esto? - - Eso es algo que tú decidiste, no me vengas ahora con reproches - - ¡Es tu hermana! - - Estoy harto de escuchar eso… ¡NO ES MI HERMANA! - Y esta vez sus gestos se veían trastornados. - ¿Dormiste con ella? Francis va a pegarte un tiro… - - No, no dormí con ella ¿qué más quieres saber? - - Nada, ahora entiendo porque el apuro por comprometernos - - Bueno, al menos sabes cómo son las cosas - Pero eso no cambiaba nada para Sara, nada cambiaría nada para ella. Si los habían comprometido era porque Francis se había negado a que cualquier cosa sucediera entre su ahijada y Lucas, estaba segura. Adele no representaba nada, no era nadie, no tenía nada y para Sara eso significaba que no era alguien de quien debería preocuparse. Ya tenía el anillo puesto, lo miraba mientras se arreglaba el vestido, no se lo quitaría nunca. Podía gritar el nombre que quisiera, no lo dejaría ir. Adele terminó de armar la última maleta y de darle una última ojeada a su habitación. Francis la esperaba abajo con una expresión de angustia. Norma se había despedido brevemente desde la puerta del cuarto y Lele no quería salir del suyo. Era el final y el comienzo. Se había matriculado en una Universidad a seis horas de viaje, la más lejana que encontró. Durante todo ese mes, con Francis, estuvieron buscando un lugar para rentar, él quería que tuviese su propio espacio. Y finalmente, Adele, había encontrado un pequeño apartamento, muy pequeño para el gusto de su padrino, a pocas calles de la Universidad. Cuando la vio bajar las escaleras, con el cabello recogido, el bolso cruzado sobre el pecho y la maleta, el corazón se le contrajo. Una vez la había subido con él de la mano y apenas alcanzaba la barandilla. Ni siquiera cuando Lucas se había ido sintió lo mismo. Era diferente, porque con ella tenía una obligación diferente. Su amigo había sido como su hermano, más que su hermano. Lo conoció mientras hacían el servicio militar y enseguida congeniaron. Francis estaba intacto porque él lo cubrió con el cuerpo cuando una mina que debería haber estado desactivada explotó durante un ejercicio fuera del país. La espalda le había quedado llena de esquirlas y fue durante esa baja médica cuando cruzó caminos con la madre de Adele. Esa era la obligación: su vida. Y aunque su amigo lo tomaba a la ligera, porque para él era lo más lógico y natural, para Francis significó un pacto para siempre. Cuando le avisaron del incendio, de las muertes y del desastre, en todo lo que pudo pensar era en la niña. Y ahora esa niña, convertida en mujer, lo abandonaba. Lo llamó con el pensamiento para que la viera: “Tu hija es tan parecida a ti”, le dijo. Y lo era, demasiado. “No dejes nunca que se le llene el cuerpo de esquirlas”, le pidió. Adele le sonreía, pero esa sonrisa estaba plagada de tristeza. Ese hombre ahí parado, que era imponente como una montaña, era todo lo que le quedaba de su padre y le dolía dejarlo, separarse de él. - ¿Estás lista? - - Si - - Guardaré tu maleta y podremos irnos - Insistió en llevarla él mismo, en verla instalada y lista para comenzar su nueva vida. Durante el largo viaje le pidió mil veces que se cuidara, que desconfiara, que no dudara en llamarlo para lo que fuese y que por favor regresara a visitarlos. Por momentos Adele quería llorar, abrazarlo y pedirle que regresaran; tenía miedo, pero como buena hija de su padre, aplastó ese miedo hasta el fondo y lo reemplazó con ansias y expectativas. Su nuevo comienzo estaba ahí, al alcance de la mano, podía sentirlo y haría todo y más para que funcionara. Las posibilidades eran infinitas y ella quería intentarlas todas, aunque fuera una vez. Las ansias se le mezclaban con otra cosa y no sabía bien que era.
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