07. Encontré un muchacho

1033 Words
Francis se fue dándole un beso en la mejilla y ahí estaba Adele, sola, en el pequeño apartamento. Todo el lugar era del mismo tamaño que su habitación en la casa Martin, con un balconcito que daba a la calle. Pero su padrino se lo había acomodado a nuevo, no le faltaba nada, no iba a permitir que pasara una sola dificultad si podía evitarlo. Se sentía un poco nerviosa, los primeros días le daba miedo cuando llegaba la noche; los sonidos ajenos, o las voces desconocidas. Cerraba todo y verificaba de nuevo que estuviesen puerta y ventanas bien aseguradas. Pero con el correr del tiempo se fue habituando a su pequeña casita, la mayoría de los vecinos eran también estudiantes de la misma Universidad y los fines de semana se podían escuchar la música y las risas. Por las tardes salía a explorar el barrio, trataba de recordar cada comercio, cada parada del autobús, cada espacio verde. Su padrino la llamaba todas las noches para saber cómo estaba y ella le contaba lo que había descubierto en el día. Cuando por fin comenzaron las clases, los nervios le ganaron de nuevo, pero el entusiasmo era más grande. Le encantaba la Universidad y enseguida hizo amigos. Le costó un poco acostumbrarse al ritmo y se esforzaba por estudiar, pero era aplicada y sus profesores no tardaron en notarlo. Por fin sentía que podía lograrlo. Para Lucas los primeros meses después de su partida se pasaron rápido, Francis se encargó de mantenerlo ocupado dándole un puesto en la empresa de la familia y eso sumado a sus estudios, no le daba margen para demasiado. Sara también lo rondaba de cerca, más que antes. Pero, de todas maneras, la extrañaba. Iba con menos frecuencia a la casa ¿qué sentido tenía? Ella ya no estaba allí. Francis no le dijo a nadie donde estaba viviendo y él no podía averiguarlo. Le preguntó a Lele, trató de sacarle información disimuladamente a su madre; pero en realidad ninguno conocía la dirección de Adele. Pero, él tenía sus métodos. Se acercó a una de las amigas de Adele y jugó su papel de galán. Y cuando obtuvo lo que quería se desentendió de ella. Dejó el hotel con una gran satisfacción y no por lo que había hecho con la amiga, sino porque dentro de su saco guardaba el papelito con la dirección del pequeño departamento de Adele. Solo necesitaba el coche, una excusa y un día libre. Pero un muchacho, un compañero de clases, ya se había fijado en ella desde el primer día. Buscaba la manera de sentarse cerca, pretextos para hablarle, le preguntaba cosas sobre los libros que debían estudiar. Ella no se daba por enterada, hasta que un día, después de la última clase él se atrevió finalmente. - ¿Adele? - - Si - Su sonrisa siempre era grande y bonita, inspiraba confianza. Sus ojos brillaban y su boca parecía tan suave. - ¿Qué haces esta noche? - - Nada ¿por qué, Jim? - - Quiero invitarte a un lugar, un bar aquí cerca… - El corazón le latió rápido, ella también lo había mirado un par de veces, pero no tenía intenciones de salir con nadie. Mucho menos después de como su último novio la había terminado. Pero él se veía nervioso, desviaba la mirada y hacía una mueca con la boca por la ansiedad. Un muchacho. - Bueno… - Le respondió sin pensarlo mucho. A Jim los ojos se le salieron de sus órbitas, no lo podía creer. - ¡Genial! ¿Paso a buscarte a tu casa? - - Si ¿a qué hora? - - ¿Cómo a las 9? - - Bueno… - Se despidió, la saludó con la mano y caminó algunos pasos. De pronto se dio cuenta de algo y regresó, Adele no se había movido y lo miraba sonriente. - No sé dónde vives… - Le dijo nervioso. - No, no sabes… Anota - Y, puntal, a las 9 tocó el timbre de su departamento. Ella salió vestida con unos jeans y una blusa verde, el pelo medio recogido y su bolso cruzado sobre el pecho y a Jim le pareció la más hermosa de todas. Caminaron hasta el lugar, porque no quedaba tan lejos y se sentaron en una de las mesas de la acera a tomar una cerveza. Charlaron y se rieron hasta cerca de medianoche y entonces se ofreció a acompañarla de regreso. La despidió en la entrada del edificio y se marchó contento, sonriendo. Ella cerró la puerta y sintió algo nuevo. Le gustaba, él le gustaba y mucho. La ilusión volvía a pegarle de lleno, un poco diferente que a sus 16 años, las mariposas le revoloteaban en el estómago. Las salidas se hicieron más frecuentes, comenzaron a compartir otras cosas, a conocerse más. Jim era muy dulce y tranquilo, pero se entusiasmaba hablándole de películas y a ella le encantaban. Fueron al cine, a pasear por el parque, a bailar. Cada día se sentía más cercana y atraída por su manera franca de ser. Y entonces una noche, cuando volvían de una fiesta con algunos compañeros, la tomó de la mano y la miró intensamente. Adele entendió y se acercó hasta él; muy despacio, un poco nervioso y ansioso, la besó. Y si, sus labios eran suaves. La miró, ella le sonrió y de nuevo la besó, pero esta vez rodeándole la cintura con las manos. El beso subió, escaló y Adele lo abrazó por la espalda. Sin darse cuenta, terminó contra el muro de la panadería, jadeando. Jim continuó besándole la boca, tocándole el cabello, las mejillas, la cintura. Pero cuando sintió el efecto sobre su cuerpo que esa boca le producía, se apartó con la cara roja y los ojos brillando. Respiraban con dificultad los dos, el calor había aumentado bruscamente, pero para él eso sería todo. Al menos por esa noche. Le gustaba demasiado y no quería apresurarse, no quería arruinarlo. Volvieron tomados de las manos, riéndose de los nervios y de las ganas. Entendió que era lo que había cambiado desde aquel noviecito de adolescencia: su cuerpo le comenzaba a pedir otras sensaciones.
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