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Las cadenas que me atan a ti

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Blurb

Ella era la joya de la corona de los Romanov: blanca como la nieve, pura como el hielo y protegida por el apellido más temido de la mafia rusa. Él, un arma forjada en el dolor, un hombre que no conoce la piedad y que solo vive para cumplir los deseos de venganza de la familia Volkov.​Cuando el abuelo de ella destruyó lo que más amaban los Volkov, la sentencia fue dictada. El plan era simple: secuestrarla, romperla y enviarla de regreso en pedazos. Pero cuando los ojos azules de la "Muñeca Romanov" se crucen con la oscuridad de su torturador, las cadenas que los atan dejarán de ser de hierro para convertirse en algo mucho más peligroso. En esta guerra de familias, la devoción es una traición y el amor, la forma más lenta de morir.

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Eco de nieve.
Leah Romanova El último recuerdo que conservaba de la libertad tenía el aroma de las gardenias frescas y el tacto gélido del viento de invierno en San Petersburgo. Recordaba el peso de mi abrigo de piel y el sonido de mis botas sobre la nieve virgen antes de que el mundo se volviera n***o. ​Ahora, el único olor que conocía era el del hierro. Mi propia sangre. ​Sentí un tirón violento en mi mano izquierda. El dolor fue un relámpago que me recorrió el brazo cuando la tenaza se cerró sobre mi uña. No grité. Ya no me quedaban gritos, y tampoco les daría el privilegio de escuchar mis súplicas, solo un suspiro roto que se perdió entre las sombras del sótano. Mi cabello blanco, ese que mi abuelo solía cepillar con tanto orgullo diciendo que era hilo de luna, ahora caía sobre mis hombros en mechones pegajosos y manchados de carmesí. ​—¿Vas a hablar hoy, muñequita? —la voz del hombre frente a mí era áspera, carente de cualquier rastro de humanidad. ​Me negué a responder. Si iba a morir en este agujero, lo haría como una Romanov. Con la cabeza en alto, aunque mis manos estuvieran destrozadas. Killiam Volkov ​El pasillo de la zona de interrogatorios era un túnel de concreto frío y húmedo. Cada uno de mis pasos resonaba con una autoridad que no sentía del todo. Mi padre adoptivo, el hombre al que le debía la vida desde que me rescató de las calles cuando no era más que un huérfano hambriento, me había dado una orden clara. ​“Haz que Silas Romanov sienta que sus entrañas se queman. Haz que llore lágrimas de sangre por lo que le hizo a mi hermana”. ​Yo no conocía a la chica. No me importaba quién era. Para mí, solo era una ficha en un tablero de ajedrez, un medio para alcanzar un fin. Mi lealtad a los Volkov era absoluta; ellos me dieron un apellido, un propósito y un arma. Si mi padre quería el sufrimiento de los Romanoff, yo se lo entregaría en bandeja de plata. ​Me detuve frente a la puerta de acero reforzado. Los gritos que esperaba escuchar no llegaban, solo un silencio sepulcral que me inquietó más que cualquier alarido. Ajusté mis guantes de cuero y empujé la puerta. ​—¿Ya terminó? —pregunté, mi voz cortando el aire como un cuchillo. ​Pero la respuesta no llegó de mis hombres. Llegó del centro de la habitación. ​Me quedé petrificado. El aire se escapó de mis pulmones como si alguien me hubiera golpeado en el plexo solar. Allí, bajo la luz mortecina de una bombilla que parpadeaba, estaba ella. ​No era una mujer común. Era una visión espectral. Su piel era tan blanca como el mármol, acentuada por la brutalidad de los hematomas morados y las líneas rojas que surcaban su cuerpo. Pero lo que me detuvo el corazón fue su cabello. Una cascada infinita de un blanco níveo, perfectamente lacio a pesar del caos, que contrastaba de forma desgarradora con la sangre que empapaba su ropa. ​Ella levantó la cabeza lentamente. Sus ojos azules, del color de un glaciar bajo el sol, se clavaron en los míos. No había súplica en ellos, solo una pureza salvaje que nunca antes había tocado mi mundo de oscuridad. ​En ese momento, lo supe. Las cadenas que acababa de ponerle a esa chica, en realidad, acababan de enredarse alrededor de mi propio cuello. Leah Romanova ​—Si vienes a cobrar deudas, Volkov, estás perdiendo el tiempo —mi voz salió como un susurro roto, pero cargado de veneno. ​Vi cómo sus ojos se entrecerraban. Dio un paso hacia la luz, permitiendo que las sombras de sus tatuajes bailaran sobre su piel bajo la bombilla parpadeante. Su presencia inundaba la habitación, asfixiante y pesada. Me miraba como si fuera una pieza de arte rota, con una mezcla de curiosidad y repulsión que me hizo hervir la sangre. ​—Tus hombres ya se llevaron mis uñas —continué, forzando mis labios ensangrentados a formar una sonrisa cínica—. No les queda nada más que mi silencio. Si buscas secretos de mi abuelo, búscalos en el infierno, porque de mí no obtendrás ni un suspiro. ​Se inclinó, quedando a pocos centímetros de mi rostro. El olor a tabaco y sándalo me golpeó, un contraste brutal con el hedor a muerte de la sala. Por un segundo, vi un destello de algo que parecía duda en su mirada, una grieta en su máscara de soldado perfecto. Pero se desvaneció tan rápido como llegó, reemplazado por una furia fría que le tensó la mandíbula. ​—Tu orgullo Romanov no te servirá de nada cuando te quedes sin aire, Leah —gruñó él, su voz vibrando en mi pecho. ​—Entonces mátame —le reté, sosteniéndole la mirada con un odio tan puro que pareció quemar el espacio entre nosotros—. Porque mientras respire, cada gramo de mi odio te pertenece. ​Él se enderezó de golpe, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon. Estaba fuera de quicio, lo veía en el latido errático de su cuello. Me miró una última vez, con una mezcla de furia y una admiración involuntaria que intentó ocultar tras una mueca de desprecio. Dio media vuelta y salió de la celda, haciendo que el portazo final resonara como una sentencia. ​Yo me quedé allí, temblando en la oscuridad, sabiendo que las cadenas que nos unían esa noche se habían vuelto de acero indestructible.

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