―Mamá, tenemos que hablar ―la dije poniéndome de frente a ella, aprovechando que todo estaba tranquilo en casa.
Recuerdo aun su cara, como si fuera en este mismo instante, sus bonitos ojos marrones me miraron con interrogación, penetrantes, queriendo adivinar lo que la quería decir, como tantas y tantas veces, que no sé cómo se las arreglaba, pero antes de que yo abriera la boca, ya me estaba dando la respuesta de aquello que la quería preguntar.
―¿Qué te pasa?, ¿estas enfermo?, ¿te ha contagiado Chelito la gripe?, ¿te han suspendido? ―preguntaba nerviosa, con tanta velocidad que antes de terminar una pregunta ya tenía la siguiente en la boca y no me dejaba a mí ni hablar.
―No, espera, espera, vamos a sentarnos un poquito y charlar ―la dije tomándola de los hombros para tranquilizarla un poco.
―Bueno, pero antes te preparo un vaso de leche calentita, para que te entone el cuerpo ―me dijo y antes de que la contestara, ya había, de dos zancadas, ido a la cocina y puesto en el hornillo el cazo con leche, esperó un poquito a que se calentara, me lo trajo, y me dijo mientras me lo daba―. Tómalo calentito, le he echado un poco de miel que te vendrá bien.
Con el vaso entre las manos, sintiendo como el calor me reconfortaba en esa desapacible tarde, y habiéndome sentado en el sofá, junto a ella, cosa rara, pues siempre estaba el sofá lleno para ver la televisión de frente y a ella le tocaba estar en una silla, ahora teníamos todo para nosotros dos.
No recuerdo la última vez que habíamos tenido un rato a solas, siempre estaba haciendo algo.
―Bueno, dime, que me tienes en ascuas ―me dijo―. ¿De qué quieres que hablemos?
Yo tratando de buscar las palabras, más…, como diría, más suaves, para que no lo mal interpretara y no le hicieran daño, la empecé preguntando:
―Mamá, ¿tú me quieres?
―Pero hijo, qué pregunta, ¿acaso lo dudas? ―me preguntó ella muy sorprendida mirándome.
―No, contesté rotundo, escúchame que es muy importante ―la dije.
―Ya me parecía a mí, ¿estás de broma no? ―me dijo más tranquila sonriendo.
―No mamá, estoy hablando en serio.
―Y yo ―repuso ella.
―¿Crees que te quiero? ―la volví a preguntar, mirándola fijamente a los ojos, para ver su expresión.
―Pues claro, nunca lo he dudado, pero que raro estas hoy, dime ya lo que te pasa que me estas empezando a preocupar ―dijo ella moviéndose inquieta en el sofá.
―Mamá, soy ateo ―la dije después de echar un largo trago al vaso de leche como para tomar fuerzas y poderle decir lo que tanto me estaba costando., pues sentí que era ahora o nunca.
―¿Queeeé?, pero ¿eso qué quiere decir?, no digas tonterías ―dijo muy seria.
―Mira, mamá, no voy a ir más a misa… ―Y le iba a explicar... pero no pude añadir nada más, ya no me escuchaba.
―Hijo, seguro que tienes fiebre, vete a acostar ahora mismo, que voy a por el termómetro que lo he dejado sobre la mesilla en la habitación de Chelito, antes cuando se lo he puesto.
Dando un salto se levantó del sofá, como impulsada por un invisible resorte y con paso decidido se alejaba por el pasillo sin darme tiempo a mí a reaccionar.
―Ven que tenemos que hablar, no estoy malo, estate tranquila ―La iba diciendo andando detrás de ella, intentando poder convencerla y seguir con la conversación.
Pero ella haciendo oídos sordos, siguió avanzando obligándome casi a correr para alcanzarla. Lo logré cuando ya tenía apoyada la mano en el picaporte de la puerta donde mi hermanita dormía plácidamente. Poniéndome un dedo en la boca la dije:
―¡Pisssss!, la vas a despertar ―Y añadí bajito―. Ahora que parece que la fiebre ha bajado y puede descansar tranquila, después de la mala noche que ha pasado, no vayas tú a despertarla haciendo ruido.
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¿Qué estaría viendo?, ¿qué motivos tenía para esos gritos?, a todos nos despertó y asustados acudimos a su habitación. Mamá había llegado primero y ya la estaba consolando. Chelito dormida lloraba desconsoladamente, y entre gritos decía cosas que no entendíamos.
―Pequeña, tranquila, no estás sola, estoy contigo y nada te va a pasar ―Le estaba diciendo mamá allí al lado de la cama, y mientras suavemente le acariciaba la cabeza.
Parecía que Chelito no la escuchaba, hasta que Carlitos llegó corriendo y echándose en la cama, se abrazó a ella y la dijo:
―Aquí estoy yo para defenderte, no tengas miedo, que no te voy a dejar sola.
Ella en ese momento se despertó y viéndonos a todos alrededor de su cama se extrañó, y en sus ojos febriles se podía ver cual confundida estaba, pero no acertó a decir palabra, solo nos miraba una y otra vez.
―Tranquila, ya ha pasado todo, ves, no estás sola, estamos contigo pequeña, no tengas miedo no te va a pasar nada ―La estaba diciendo mamá, mientras la abrazaba y le daba un cariñoso beso.
―¿Por qué no llamas al médico mamá? ―dije preocupado ante lo que estaba pasando, pues no lo entendía, era la primera vez que veía a mi hermanita de esa manera.
―Pero hijo, ¿a estas horas le voy a molestar para un constipado?, la de veces que he pasado por esta situación ―me contestó ella más tranquila.
―Pero mamá ―protesté―. Es que ni siquiera está papá aquí para llevarla al hospital si es necesario ―insistí―. ¿Y si se nos pone peor que vamos a hacer nosotros con ella?
―No va a pasar, tranquilo y no seas un niño que tú ya eres un hombre, y ahora que no está papá eres el hombre de la casa, mira cómo Carlitos ha sabido afrontar la situación.
―Sí, pero la ha despertado y eso no sé si será bueno ―dije un poco avergonzado.
En ese momento entró Tono a la habitación, con un vaso de agua, y le dijo a Chelito:
―Tómatelo, que con eso se te pasa el susto, seguro.
Nos echamos todos a reír, desde luego este par de gemelos siempre nos estaban sorprendiendo. La situación cambió. Chelito a pesar de su fiebre, estaba más tranquila por lo que mamá nos mandó a todos a la cama.
―A dormir que el examen de mañana sabéis que es importante, y papá no quiere escusas para que no lo aprobéis ―les dijo a los gemelos.
―Mamá, pero si está chupado ―dijo Tono, el más revoltoso de los dos.
―Sí, chupado, será para ti que eres un empollón ―dijo Carlitos.
―¡Anda!, mamá me llama a mí empollón, él que no deja de estudiar ni en vacaciones ―protestó Tono poniéndose de mal humor, porque no le gustaba que le llamaran así.
Otra vez nos provocó una sonrisa, y mi madre ya poniendo una voz más seria nos dijo:
―Bueno cada uno a su cama, que aquí me quedo yo, y no necesito más charla, que hay que descansar que la noche se pasa rápidamente, a dormir sin rechistar.
Por el pasillo de camino a los dormitorios les dije a los gemelos:
―Bien hecho chicos, siempre debéis proteger a vuestras hermanas.
―Sí, pero Carmen ya es muy grande y no nos necesita ―protestó Tono.
―Mirar ella cree que no os necesita, pero las mujeres siempre necesitan un hombre a su lado para que las defienda y las proteja, ¿y quién mejor que un hermano? No la hagáis caso cuando dice que ella es la más grande y no necesita de nadie, seguro que os tiene un poco de envidia por no tener una hermana con quien hablar de sus cosas que tenga su edad, porque Chelito es muy pequeña para que la pueda aconsejar, como me pasa a mí, que me aburro cuando no tengo sueño, y vosotros tenéis la suerte de poder charlar bajito hasta que os dormís, que cuando os oigo me dan ganas de coger mi colchón y venirme a esta habitación con vosotros.
―¿Es que tú también tienes miedo como le pasa a Chelito esta noche? ―me dijo Tono bajito.
―No ―le dije sonriendo―. Venga a dormir, se acabó la charla, que mamá se va a enfadar de verdad y nos va a castigar por no obedecerla, además ahora que no está papá tenemos que portarnos mejor para que mamá esté contenta con nosotros.
Cerrando la puerta de su dormitorio, me dirigí al mío, ese lugar que me asignaron diciendo que ya era grande y tenía que dormir solo, pues casi era un hombre. Aun no lo he entendido, Carmen y Chelito compartían habitación, aunque esta noche por estar Carmen con mi padre de viaje, su cama estaba vacía. Bueno, ahora se acostaría mamá en ella, pero yo había tenido que irme a dormir a aquella pequeñísima habitación que apenas entraba la cama, para dejar sitio a los gemelos, eso no me importaba mucho, pero si sentía la soledad algunas veces y eso no me gustaba.
Papá decía que ¿por qué no cerraba la habitación?, que, si era miedoso con lo mayor que era, pero no, solo era porque quería oír hablar a los demás, los gemelos desde su litera se lo pasaban más divertido que yo, ya sabía que en aquella habitación no cabía mi cama, pero a los niños hay razones que no le entran y esta era una de ellas.
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Como el tiempo pasó rápidamente, antes de que nos diéramos cuenta en la casa sobraba sitio. Carmen empezó la Universidad, y claro, como todas sus amigas se fue de casa. “Era lo moderno”, según decía mi padre. Aunque mamá se oponía a ello no tuvo más remedio que ceder, eso sí con la condición, de que todos los domingos tenía que venir a casa, y no iba a admitir ninguna excusa.
―Si un día lo dejas, ya será más difícil que vuelvas ―la dijo mi padre―. Así que, aunque estés mala o tengas que estudiar aquí te quiero ver. Bueno si te pones mala, pues te vienes sea el día que sea. Así te podremos cuidar, porque el que te marches no quiere decir que dejas de ser m*****o de la familia, ni que vamos a dejar de quererte igual.
Mi hermana muy seria prometió venir todos los domingos y dijo que también la llamáramos si alguna vez pasaba algo y la necesitáramos, que ella tampoco iba a dejar de ser nuestra hija y hermana solo porque no durmiera en casa.
Así pasaron los dos cursos que me llevaba de ventaja, como digo, el tiempo pasó volando, y creo que fueron mis buenas notas las que decidieron mi futuro.
Cuando se marchó Carmen, me planteé una cuestión, aunque no la compartí con nadie. Yo también me quería ir y vivir fuera de casa, sabía que eso era imposible, que papá trabajaba en un sitio seguro y que su sueldo era bueno, al menos eso nos decía a nosotros, que yo nunca supe cuántas pesetas ganaba, pero nunca le daría para tener a dos hijos independientes, ya que seguía teniendo otros tres con sus necesidades, así que me dije, “Si aprieto y saco beca, seguro que no se opone a lo que le pida”, y así fue los dos últimos cursos además de asistir a clase como un mueble, como había hecho mucho tiempo, solo para escuchar y coger apuntes, empecé a participar, hacia trabajos extras y los profesores enseguida se dieron cuenta de mi cambio, pues alguno de ellos como en broma me lo comentaron.
―Parece que antes estabas dormido y por fin te has despertado y te han empezado a interesar las clases y como dice el refrán, “más vale tarde que nunca”, al menos así irás un poco más preparado.
Había terminado sexto con las mejores notas del curso, hasta los profesores me habían felicitado, eso hizo que la reválida me fuera fácil de sacar, y la verdad me encontraba bastante satisfecho de mí mismo. Cuando me lo había propuesto lo había conseguido. El preuniversitario, “el preu”, me fue muy fácil y eso también me subió la moral. Todos los de la pandilla teníamos mucho miedo a un fallo en ese punto tan importante de nuestra vida estudiantil, pero todos lo pasamos sin problemas.