CAPÍTULO 1.-5

2116 Words
Fue Carmen y su ejemplo lo que me hizo cambiar, desde que vivía fuera de casa, cuando venía parecía otra, más madura, más interesante, siempre tenía algo diferente que contar, compartía con mis padres sus ideas, cosa que antes nunca se lo había escuchado, parecía que era otra persona. Mi padre decía que, si lo hubiera sabido, la habría mandado antes fuera de casa, claro era en broma, solo con la boca chica, pues ella por ser la mayor era “su niñita”. Bueno, y Chelito por ser la pequeña era “su peque”. De todos se veía que las chicas eran sus favoritas, aunque no por eso las dejaba de exigir como a nosotros. No les pasaba una mala nota, claro que nunca se la trajeron, pero siempre que tenían un examen se las arreglaba para echarlas una mano, y explicarles las cosas bien hasta que lo entendían. Bueno, a nosotros tres también nos ayudaba, de eso no me puedo quejar, siempre para él fue muy importante que todos estudiáramos, y “nos labráramos un buen futuro”, como solía decirnos, aunque fuéramos pequeños y no sabíamos que significaban esas palabras. >>>> Al entrar en ese lugar donde había tantos libros por todos lados, con un orden que, seguro que el señor conocía, pero que desde luego a simple vista solo parecía eso, libros amontonados por todas partes, recordé una vez que de pequeño fui a casa de mis abuelos y estaban haciendo limpieza. Creo que por que había habido una gotera y los albañiles tuvieron que arreglarla, y después pintar la habitación, yo era tan pequeño que aún no iba a la escuela y ni los gemelos ni la peque habían nacido. Mi madre me llevó a casa de los abuelos, porque ella tenía que “ayudar a la abuela con todo ese jaleo”, como decía, bueno recordaba eso en estos momentos, porque es la única vez que he visto tantos chismes acumulados, había cajas por todos lados. Pero lo que más me llamó la atención es que los libros del abuelo, esos que siempre estaban tan bien colocaditos en su sitio, ahora estaban en montones en el suelo, sí, en el suelo, ¿cómo podía ser?, y había tantos..., tantos, ¿para qué querría tantos?, ¿se los habría leído?, bueno ese pensamiento no sé si le tuve en aquellos momentos o más adelante de mayor. Cada vez que entraba a su despacho le preguntaba: ―Abuelo, ¿has leído todos estos libros?, ¿todos?, ¿todos? ―Pues había libros hasta casi el techo y estaba seguro que hasta allí el no alcanzaba. ―Sí Manolito, y muchos más ―contestaba él risueño―. Y seguro que tú lo harás cuando seas mayor, porque yo te los voy a dejar leer todos si tú quieres. Yo me quedaba extasiado mirando, qué colores, qué gordos, cuántos, y todos colocados allí en sus estanterías. Qué paciencia tenía que tener para poder tener todo ordenadito. Nunca me dejaba tocarlos, cuando yo quería coger alguno para ver sus dibujos. ―Peque ―me decía―. Eso no se toca, cuando seas mayor, si te portas bien te los dejare ver. Ahora mirando entretenido todos estos montones que tenía delante, pensé lo difícil que tuvo que ser para mi abuelo, colocar sus libros en las estanterías y dejarlos de nuevo cada uno en su sitio después de aquella limpieza de la habitación, pero el abuelo siguió con su orden y sus lecturas, que años más tarde compartió con Carmen, que fue la que se interesó por el mismo tema, pues ella estudió derecho como él. >>>> El dueño de la librería, se había encaminado despacito, pues apenas si podía andar, se ayudaba con un viejo bastón, y sin dejar de hablarnos se dirigió entre las mesas llenas de montones de libros a una, con mano temblorosa retiró dos o tres libros de un montón y me indicó: ―Joven, aquí tiene todo lo que necesita, pero he de advertirle de algo ―Y poniendo voz misteriosa me dijo bajito, buscando mi mirada, con unos ojos penetrantes―. Entonces, si no es creyente, ¿qué es? ―Soy ateo ―le dije muy bajito, temiendo su reacción, pues no sabía cómo le podía sentar la respuesta. ―Pero ¿ateo, ateo de los de verdad?, ¿o de los que lo son por seguir la moda? ―me volvió a preguntar. ―De los de verdad, ¿qué se cree?, ¿que eso puede ser como un jersey que uno se pone o se quita cuando se le mancha? ―le dije un poco serio, pues me había sentado mal su observación. ―Pues a un ateo, esto no le servirá de nada, pero no me creo que usted lo sea ―dijo serio. ―De verdad que lo soy, no le engaño ―le dije también bajito, aunque no sé por qué hablábamos así solo la bibliotecaria estaba allí y ella nos oía de todos modos. ―Mire joven, un ateo según tengo entendido, es aquel que no quiere saber nada de nada ―me dijo muy serio―. Y menos de estas cuestiones. A mí no me engaña, soy ya demasiado viejo y he visto muchas cosas, y a esos se les nota nada más que abren la boca. ―Sí, algo de razón tiene señor ―le dije―. Pero todos no somos iguales, yo no busco otra cosa, solo las respuestas si es posible científicas a unos hechos sucedidos en un lugar, nada más. Como pareció ponerse muy tensa la conversación, ella sutilmente, la bibliotecaria, Pilar, como había oído antes que le habían llamado preguntó: ―¿Tiene algo nuevo interesante para mí? ―Siempre tengo algo nuevo, ya lo sabes, tú eres la que no me quieres visitar. Mientras ellos seguían hablando, yo eché un vistazo a los libros que me había enseñado. Había varios y me dije: “¿Para qué tantos sobre un mismo tema?, con uno creo que será suficiente”, desde luego no entendía que el tema fuera tan importante para que se hubiera escrito tanto sobre ello, y no me daba cuenta de que me estaba implicando cada vez más. Pilar se me acercó, pues el anciano, se había marchado hacia la puerta, ya que había llegado el cartero y desde allí le escuchamos decir: ―Hola, ¿me traes algo hoy? ―preguntó en un tono jovial el librero al cartero. ―Algún papel que otro, hay por aquí ―El cartero respondió. ―Menos mal que al menos alguien se acuerda que existo, porque de no ser por ti muchos días no hablaría con nadie ―le dijo el anciano de la librería al cartero. ―Pues veo que hoy está muy bien acompañado, le dejo que parece que se han puesto todos de acuerdo para escribir y tengo mucho trabajo ―dijo el cartero marchándose. Cuando se quedó solo, el señor despacito se nos acercó de nuevo, mientras Pilar se había puesto a hojear uno de los libros allí amontonados. ―Este no le conozco ―dijo sorprendida―. ¿Cuándo ha llegado? ―Claro, ya te dicho que tenía novedades ―la contestó el hombre poniendo una sonrisa―., pues ya lleva aquí, espera que recuerde..., sí, creo que unos meses. Yo eché un vistazo al libro que ella tenía en la mano, estaba en inglés, y me sorprendió que ella lo supiera, con lo difícil que era, ese idioma era mi tormento, el francés había sido fácil, pero un día me dijo mi padre: ―Hijo, ¿por qué no estudias inglés? ―Así sin más cuando entró a casa. ―¿Para qué?, si nunca voy a ir a Inglaterra ―repuse con los ojos muy abiertos. ―Bueno eso nunca se sabe, además siempre es bueno saber cosas nuevas ―me contestó él. ―Pero papá si ya tengo suficiente con mis libros de estudio ―protesté para escaquearme―. Y no me sobra el tiempo, ¿es que quieres complicarme más la vida? ―Mira, no se hable más, he visto una academia donde van a empezar a dar clases de ese idioma y me ha parecido interesante, he venido pensándolo por el camino y creo que es bueno para ti ―me contestó dando por terminada la cuestión, de esa forma que él hacía cuando no quería seguir hablando del tema. Ese día estaban los abuelos comiendo en casa, y enseguida intervino mi abuelo dándole la razón a papá diciendo: ―Estos chicos que no se quieren esforzar nunca, con lo bonito que es estudiar y un idioma siempre es interesante. ―Abuelo ―dijo Chelito―. Bonito, bonito, a veces es muy pesado y aburrido lo que hay que leer, y luego toda la tarea que te ponen, ¿para qué se necesita?, no lo entiendo. ―Mira hija, segura que, aunque ahora no lo entiendas, cuando seas mayor lo comprenderás, y agradecerás a tus padres que te hayan hecho estudiar. ―Pero ¿por qué no se estudia de mayor?, que es cuando se necesita ―insistió ella. ―Mira, ¿qué te parecería si tu mamá solo te diera de comer cuando fueras mayor?, ¿cómo crecerías? ―la preguntó el abuelo. ―Bueno, eso no, abuelo que, si no iba a pasar mucha hambre y hasta seguro que me moría ―le contestó Chelito muy seria. ―Pues lo mismo es con los estudios, hay que empezarlos desde pequeños cuando se va siendo mayor se va avanzando. Mira, Manolito, dijo mirándome. ―Abuelo que ya soy mayor, llámame Manuel ―le dije medio enfadado. ―Pero ¿cómo quieres que te llame como yo?, y entonces, ¿a mí como hay que llamarme? ―dijo en tono sorprendido. Todos en la mesa se echaron a reír y él siguió. ―Bueno Manuel, pues como ya eres tan mayor tienes que aprender cosas nuevas, así que me parece muy bien lo que dice tu padre. El inglés es interesante, a mí me hubiera gustado saberlo, porque a veces no he podido leer algún libro por desconocerlo, y me he tenido que conformar con quedarme sin enterarme del contenido. Tono, que había estado comiendo calladito, cosa rara en él, pero como hoy había ensaladilla rusa, que era su plato favorito, él decía a la abuela siempre que se lo hacía: ―Abu, eres la mejor cocinera del mundo. Como veía un poco triste a mamá, él muy detallista siempre la decía: ―Bueno, tú también, no te enfades, a ti te salen bien otras cosas, ya lo sabes mami. ―La mejor solo es una, ¿a quién le toca? ―le preguntaban ellas en broma. ―Según la comida que prepares mamá ―decía él bajito―. Cuando son lentejas no te salen muy bien, reconócelo. Y es que al nunca le habían gustado, y siempre que nos las ponían se las tenía que comer a la fuerza, porque decía mamá que no podía dejarlas que su cuerpo necesitaba hierro y de eso las lentejas tenían mucho. ―Mamá, si no soy un clavo, ¿para qué quiero el hierro? ―protestaba él para no comérselo. ―Mira, Tono, hay que comer de todo, que tu cuerpo lo necesita ―le contestaba ella y no le servían a él ni las protestas, ni los refunfuños. Acababa comiéndose las lentejas como todos nosotros. ―¿Abu y tu porque no te pones también a estudiarlo?, siempre dices que “el saber no ocupa lugar”, pues aunque tengas tantos libros seguro que uno mas no importará ―estaba diciendo Tono que había dejado de masticar. El abuelo al oírlo, se quedó pensativo un rato, mirándole. ―Calla y sigue comiendo que esto no va contigo ―dijo mi padre. Pero parece ser que su idea fue muy buena, pues mi abuelo, a pesar de que ya había cumplido los 70 se puso a estudiar inglés, con el entusiasmo de un chaval, y cuando yo iba a su casa o él venía a la nuestra siempre estaba hablándome en inglés, como decía él, “para practicar”. Cosa que a los demás de la familia les hacía gracia, oírnos en algo que ellos no entendían. Chelito se sentaba en las rodillas del abuelo y le preguntaba, ¿qué estás diciendo?, ¿cómo se dice hola?, ¿y pan?, ¿y galletas?, ¿y gato? ―Niña deja ya al abuelo en paz, que le estas mareando ―le regañaba la abuela. Él pasando la mano por el pelo de mi hermana, la decía: ―Peque, aprende que eso es bueno. Sé que mi abuelo se pasaba largas horas estudiando, por que como me decía la abuela “Ya no era un jovencito y le costaba quedarse con esas palabras tan difíciles”. Eso, sin embargo, le venía bien, pues tenía una ilusión, poder hablar conmigo con las nuevas palabras que había aprendido y de esa forma hacerme a mí que me aplicara más, pues tenía yo que saberlas para contestarle a las frases que él me hacía cuando nos veíamos, ya fuera en su casa, cuando yo iba a visitarles o los domingos, cuando ellos venían a la mía a comer. De esa forma, fui esforzándome cada vez más, pues nunca me ha gustado perder, y eso de que me dijera algo que no le entendía, me molestaba. Así que lo que empezamos a hacer, fue ponernos una tarea de diez palabras nuevas, que los dos apuntábamos en una hoja, y a la siguiente vez que nos veíamos teníamos que haber hecho con cada palabra una frase. Ese pequeño truco, me ha servido un montón en la vida. Esas pequeñas tareas diarias, me han obligado a esforzarme día a día, y a sacar más provecho de lo que tenía que hacer.
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