CAPÍTULO 2.
Cuantos recuerdos me vienen a la mente cuando estoy nervioso, debe ser un mecanismo interno, que siempre he tenido para aliviar la tensión del momento. Me pasaba lo mismo cuando tenía un examen. Los primeros momentos, cuando ya estaba sentado frente al papel, eran para recordar, por ejemplo, esos juegos en la calle con mis hermanos los días que hacía solecito o ese juego la mañana de los Reyes Magos, con el juguete nuevo que acababa de desenvolver. Eso me relajaba tanto, que luego podía hacer el examen tranquilo. Era como si mi mente me trasportara a otro sitio agradable y allí dijera “Ves, no pasa nada, todo está bien”.
Lo mismo estaba haciendo ahora. Recordar esos momentos tan lejanos, aquí sentado esperando entrar a la sala donde tenía que presentar el libro, ese que tanto me ha costado escribir, hasta que por fin lo he terminado. Años de investigación, pasando mil y una peripecias, para poder lograr encontrar aquellas respuestas que necesitaba. Tantas situaciones incomprensibles, por parte de quienes tenían que estar interesados en conocer la verdad. Tantas zancadillas, y hasta esos momentos de peligro por los que tuve que pasar, para librarme de una muerte segura. Vamos, que no me lo puedo ni creer yo mismo, cómo alguien puede desear de esa manera, que todo permanezca oculto, ¿qué intereses tienen ellos?, pero, sobre todo, ¿quién son ellos?
Pero ¿a mí quien me mandaría meterme en ese berenjenal?, con lo tranquila que yo llevaba mi vida de estudiante, sin ningún problema y casi sin responsabilidades. Bueno, lo normal, ir a clase, pasármelo bien en vacaciones, estudiar un poco, mis deportes y cosas por el estilo. Eso cuando el tiempo nos dejaba, porque la lluvia en mi tierra deja pocos días para disfrutar. Yo creo que eso fue lo que me decidió a cambiar mis aficiones, así por lo menos estaba haciendo algo para distraerme, diferente, y después, más adelante, también vi que era útil para alguien.
Claro que aquello que empezó como un juego, de joven universitario, se fue haciendo cada vez más serio. Qué lejos está aquel primer día que nos dirigimos al lugar que nos asignaron, con nuestras caras de sorpresa por lo que íbamos a comenzar, algo en esos momentos desconocido pero que estábamos a punto de descubrir. Recuerdo que íbamos comentando por la calle:
―Probamos, y si no nos gusta o es muy pesado lo dejamos, y mañana no venimos, y decimos que estamos malos.
El compañero experto, como le llamábamos, porque había estado el año pasado haciéndolo, y que era el encargado que nos llevaba al lugar y nos enseñaría todo lo que teníamos que hacer, nos dijo:
―No sabéis lo que decís, esto engancha, y cuando terminen las vacaciones y todo acabe, lo echareis en falta. Eso nos ha pasado a todos, y seguro que a vosotros también os pasará.
―Bueno, eso será a ti. El día que no llueva, seguro que me pongo malo y no vengo al trabajo ―le contesté riendo, y bajito añadí―. Me iré a mi partido como siempre.
―Ya lo veremos ―me repuso―. Dale tiempo al tiempo y ya hablaremos.
―Dinos, ¿dónde nos llevas? ―le preguntamos en varias ocasiones, pero él no nos dijo nada más que:
―No seáis impacientes, ya llegamos ―Y en silencio seguimos caminando.
Dejamos las calles de Santiago atrás, y extrañados por ello le volvimos a preguntar, pero nada, él se empeñó en no aclararnos el sitio a donde nos llevaba.
Siguiendo a nuestro guía en fila india, dirigimos nuestros pasos por un sendero solitario. Íbamos al lugar que solo ese compañero conocía. Al dejar atrás un recodo, vimos a lo lejos unas ruinas de lo que en su día debió de ser una casa, pero ahora ya estaba medio derruida.
―Aquí es, ya hemos llegado, a ver como os portáis ―nos dijo Simón con una amplia sonrisa.
―Estarás de broma ―le dijimos extrañados―. ¿Qué vamos a hacer con esas ruinas, reconstruir algo?
―Pues claro, si no, ¿a qué os creíais que veníamos?, trataremos de reparar lo mejor que podamos este lugar, para que no se les caiga encima y puedan pasar el invierno sin mojarse.
Nos lo estaba diciendo muy en serio, y todos le miramos primero a él y luego a aquel lugar.
―Pero ¿qué estás diciendo?, si nosotros no sabemos hacer nada de nada, ¿qué esperas? ―nos habíamos parado para decírselo, pues estábamos asombrados.
―Bueno, pues para eso estoy yo, para enseñaros lo que necesitéis ―nos dijo él sonriendo para tranquilizarnos―. Ya veréis qué bien nos queda. Confiar un poco. Venga, sigamos.
En el momento que estábamos llegando al lugar, salía de dentro de las medio ruinas de la casa una señora muy mayor, toda vestida de n***o, y viendo a nuestro compañero se le echó en brazos.
―Hijo, que alegría, creía que era una broma, cuando el otro día nos dijiste que vendrías con amigos tuyos a echarnos una mano ―Y se puso a llorar.
―Abuela, no os preocupéis que ya todo va a ir bien, ya veréis qué bonita os dejamos la casa, ¿y el abuelo?, ¿qué tal esta hoy? ―Y sin esperar respuesta se introdujo dentro de la casa.
―Gracias hijos, no os podemos pagar, pero seguro que Dios lo hará, Él sabe lo mucho que necesitamos este arreglo ―nos estaba diciendo la anciana, allí parada delante de la puerta.
Limpiándose las lágrimas de la cara, con un pico del mandil, se dio la media vuelta y nos dijo:
―Entren, entren.
Se entró en la casa, y todos la seguimos.
―No puedo ofrecerles nada ―nos decía y en su tono de voz se le notaba la preocupación.
―No se preocupe, hemos desayunado bien antes de venir, además, estamos aquí para ayudarles ―la dije poniendo la mano sobre su hombro tratando de tranquilizarla.
Miré aquellas paredes medio derruidas y pensé, “¿Cómo puede haber personas que vivan en estas condiciones?, ¿no habrá un lugar donde se las pueda trasladar y que estén más decentemente?”
Ella, como leyendo mis pensamientos, me respondió con un tono de profunda tristeza:
―No, hijo mío, no hay nada que podamos hacer, solo resistir mientras el cuerpo aguante, entre estas cuatro paredes, y gracias que las tenemos. Otros están peor que nosotros y ni siquiera tienen un techo para cobijarse cuando llueve o viene el frío.
Yo la miré y después me fijé en el techo, o bueno, el sitio donde debía de estar, ya que ahora por algunas partes se veía el cielo, y otras solo tenían unos viejísimos tablones, que, en sus buenos tiempos, habrían sujetado algo que ahora no existía, posiblemente sería alguna teja.
Ella, dirigiéndose al compañero que tenía más cerca, le preguntó:
―¿Por dónde vais a empezar?, ¿cómo puedo ayudaros?, decirme lo que tengo que hacer.
―Abuela, estese tranquila que ya verá qué bien le dejamos todo ―dijo Jorge con una sonrisa―. Usted solo haga sus cosas, como si no estuviéramos aquí. Trataremos de no estorbar mucho.
Yo no sé cómo pudo decir eso, pero ¿qué podríamos hacer nosotros allí?, ¿de dónde íbamos a sacar el material que faltaba?, y lo más sorprendente, ¿cómo unos estudiantes íbamos a poner un solo ladrillo sin que se nos cayera, sin haberlo hecho nunca?
Bueno, solo faltaba esperar un poco para ver los resultados, esos que en aquellos instantes se veían tan difíciles de conseguir.
Estuvimos allí todo el verano. Creo que fueron las vacaciones que mejor lo he pasado de toda mi vida. Trabajando, con las manos encallecidas de trasportar tierra, ladrillos, cemento y el material que poco a poco fuimos acumulando y gastando hasta que construimos con nuestras propias manos aquella casita.
Al verla terminada, ninguno de nosotros se lo podía creer. Habíamos puesto todo nuestro entusiasmo, y de verdad, estábamos orgullosos de lo conseguido.
Las dos personas que vivían allí, parecía que según avanzaba la obra, se les iban quitando años de encima. Nos ayudaban con la ilusión de unos chavales. Les teníamos que regañar para que no cargaran tanto. Ellos disculpándose nos respondían que no podían estar sin hacer nada mirando cómo nosotros reconstruimos su querida casita. Esa, que, en su momento, hace tantísimos años que casi no recordaban cuantos, ellos mismos habían construido, pero que el paso del tiempo se había encargado de ir estropeando poco a poco.
>>>>
Era domingo, el último día de vacaciones, y queríamos reunirnos todos los amigos para despedirlas. Mañana empezaban las clases y cada uno nos teníamos que dedicar a lo nuestro, por lo que sería difícil volvernos a ver, ya que cada uno estudiábamos cosas distintas. Como llovía aquella mañana, era imposible salir, por lo que resignado busqué algo que hacer. Al final lo dediqué a arreglar aquellas estanterías que tenía con libros y los apuntes acumulados en los cajones y me dije “Voy a hacer limpieza para dejar sitio a lo nuevo del curso que pronto empezará”.
Cómo había pasado el tiempo de rápido, parecía que fue ayer cuando vine a casa diciendo:
―Familia acabé.
―Pero que delgado estas, ¿qué te ha pasado? ―preguntó mi madre mientras me daba un abrazo.
―Cariño, en época de exámenes ya se sabe, no da tiempo ni a comer ―dijo mi padre sonriendo―. Ahora te encargas tú de que reponga fuerzas.
Y dándome un abrazo me preguntó:
―¿Y de notas qué?, ¿tenemos alguna sorpresa?
―Pero bueno, espera que descanse, ya nos contará todo ―protestó ella.
―Tranquilo, todo aprobado ―le contesté a mi padre sonriendo.
―¿Aprobado? ―me preguntó él―. ¿Solo eso?
―No, papá, tranquilo, que no pierdo la beca ―le dije con tono satisfecho.
Dio un fuerte suspiro de alivio y dijo:
―Hijo, ya sabes lo importante que es que te la sigan dando.
―Sí, descuida, todo ha ido bien. Bueno, yo diría que mejor que bien ―añadí sonriendo.
―Que orgulloso estoy de ti ―me dijo bajito.
Chelito salió en ese momento de su habitación y corriendo se me abalanzó y enganchándose en mi cuello, dijo:
―Hermanito, qué ganas tenía de que vinieras. Así podemos ser dos contra dos, porque los gemelos siempre se están metiendo conmigo. Ahora verán ―dijo riendo contenta.
Yo la di un beso y la dije sonriendo:
―Sí, ahora verán, nosotros les ganaremos, juntos no nos podrán.
―Manu, no has cambiado nada ―dijo mamá―. Sigues siendo un chiquillo.
Papá sonriendo, mientras se dirigía al salón le escuché que decía:
―Eso es bueno, mejor que siga mucho tiempo de esa forma.
>>>>
Era la última semana de trabajo. El grupo de albañiles, como nos gustaba llamarnos entre nosotros, teníamos que rematar todo. Se estaba acabando el verano. A las vacaciones también les faltaba poco, y los últimos días los íbamos a aprovechar para disfrutar, como decía alguno, “de un buen descanso merecido”.
Nos acercamos a la casita. Esa de la que tan orgullosos nos sentíamos. Era nuestra obra, sí, aunque al principio solo veníamos a tratar de parchear un poco el tejado, le pusimos tejas y arreglamos aquellos agujeros que tenía desde no sé cuánto tiempo, que dejaban pasar el agua de la lluvia sin ninguna dificultad. Luego, al ver que se nos daba tan bien, seguimos, y seguimos, arreglamos paredes, también pusimos un suelo nuevo en la habitación donde dormían, que solo tenía cemento y ya algunos sitios estaban en muy mal estado.
En el lugar donde comprábamos los materiales nos dijo el dueño:
―Tengo unas baldosas ahí amontonadas, son desiguales, de esas que van sobrando, ¿las queréis?, os las dejo a buen precio.
Un poco tristes le contestamos que ya nos gustaría, pero que no disponíamos de dinero para poder pagárselas, pero que, si nos las regalaba, así se le quedaba aquel sitio vació, y de esa forma hasta le hacíamos un favor, tendría todo limpio para poder poner lo que quisiera.
El hombre se lo pensó un poco y nos dijo:
―Rapaces, lleváis todo el verano engañándome, siempre pidiéndome esa teja estropeada, pero aun servible, esos ladrillos que están hay arrinconados descascarillados, y así me habéis hecho limpieza. Eso tengo que reconocerlo, y además sé que trabajáis gratis. Mirar, sí, os doy las baldosas, y, además, esta vez, hasta os las voy a llevar donde me indiquéis, para que luego no me digáis que no os trato bien.
Nosotros contentísimos las estuvimos cargando en aquel isocarro que él tenía, viejo y destartalado, pero que le servía muy bien para distribuir el material de construcción a los que se lo compraban. Nos las llevó hasta el lugar donde le indicamos. Cuando vio lo que habíamos hecho, se quedó gratamente sorprendido.