Prólogo — POV Sophie
Me tomo mucho tiempo entender, pero los monstruos más peligrosos no siempre tienen colmillos. Algunas veces sonríen, algunas veces pronuncian tu nombre con una ternura enfermiza y, antes de que puedas darte cuenta, te convencen de que el dolor que te provocan es lo único que mereces recibir.
Nunca imaginé que volvería a ese lugar.
Él estaba exactamente donde imaginé que estaría, sentado frente a la chimenea con una cerveza en la mano y esa misma expresión arrogante que durante años confundí con seguridad, con autoridad, incluso con cariño.
—Claro, aun no anochece y ya estas borracho.
Levantó la mirada apenas me vio entrar y sonrió.
—Sophie.
Su voz recorrió mi nombre con una familiaridad que me revolvió el estómago.
—Pensé que tus lobos no te dejaban caminar sola.
Cerré la puerta detrás de mí y sostuve su mirada.
—Supongo que hoy vas a descubrir que algunas personas se cansan de sobrevivir.
Él soltó una carcajada y dejó la botella sobre la mesa.
—No has cambiado.
No respondí de inmediato porque mis ojos estaban demasiado ocupados recorriendo aquella habitación, reconociendo cada rincón, cada pared y cada espacio donde alguna vez aprendí a guardar silencio incluso cuando sentía que me estaba rompiendo.
—Tú tampoco.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Eso debería preocuparme?
Lo miré directamente.
—Todavía no lo decido.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras se ponía de pie y comenzaba a caminar hacia mí con la misma seguridad insoportable de siempre.
—Ven aquí.
Mi mandíbula se tensó.
—No.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
—Sigues siendo tan dramática.
Dio otro paso.
—Siempre fuiste igual, Sophie. Demasiado emocional, demasiado impulsiva, demasiado débil.
Mi respiración se volvió lenta mientras aquella última palabra golpeaba una herida mucho más vieja que mi orgullo.
—¿Débil?
Él sonrió con crueldad.
—Siempre necesitaste que alguien te salvara. Primero tu madre, después yo y ahora esos animales que creen que pueden convertirte en algo especial.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo antes de volver a mi rostro.
—Pero sigues siendo exactamente la misma niña patética.
Algo dentro de mí dejó de sostenerse.
Durante un instante aquella voz que llevaba semanas viviendo dentro de mi cabeza volvió a susurrar que quizá todo habría sido diferente si no hubiera nacido humana, si hubiera sido más fuerte, más útil, menos fácil de romper.
Por un segundo estuve a punto de creerlo.
Pero no.
La verdad era mucho más simple.
El problema nunca fue haber nacido humana.
El problema fue haber permitido que personas como él me convencieran de que merecía sentirme pequeña.
Sonreí.
Y fue en ese momento cuando vi por primera vez el miedo cruzar su mirada.
—Sophie…
Saqué el arma con una calma que incluso a mí me sorprendió.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Le apunté directo a la cabeza.
Mi mano ya no temblaba.
—Hoy finalmente decidí librarme del pasado.
—Espera…
Disparé.
Su cuerpo retrocedió.
Volví a disparar.
Y otra vez.
Hasta que cayó.
Hasta que dejó de hablar.
Hasta que por primera vez en toda mi vida el silencio dejó de asustarme.
Revisé la pistola.
Solo quedaba una bala.
Perfecto.
No miré atrás cuando salí de la cabaña. Caminé hasta el muelle junto al lago y me senté en el borde mientras observaba cómo el día comenzaba a desaparecer.
Permanecí ahí durante horas antes de sacar mi celular.
No necesité buscar su número.
Lo conocía de memoria.
Aun así, mi dedo tembló antes de presionar.
La llamada sonó dos veces antes de irse al buzón.
Y entonces sonreí, sabía que no iba a contestar. La intención era dejar el mensaje.
—He estado pensando y creo que la vida será más amable con ustedes una vez que yo no esté.
Tragué saliva mientras mis dedos se cerraban alrededor del teléfono.
—Espero que aquella diosa de la luna de la que me hablaron el día que nos conocimos realmente exista, y espero que esta vez les conceda una mejor compañera.
Una lágrima recorrió mi mejilla.
—Espero que sea más fuerte, este menos rota y sea mucho más capaz de caminar a su lado sin necesitar que la salven todo el tiempo.
Cerré los ojos.
—Los amo.
Colgué.
Una pequeña carcajada sin humor escapó de mis labios.
—Soy patética.
Levanté el arma, apoyé el cañón contra mi sien y, disparé, sintiendo en ese momento como se rompía el vínculo que me conectaba con mis compañeros. Sus tres corazones escucharon mi adiós al mismo tiempo.