El Accidente

2243 Words
Capítulo 002: El Accidente Para Kartiah, Aruna siempre sería una extraña. La única razón por la que alguna vez había formado parte de la familia era porque Arga se había casado con su madre. Ahora que Arga ya no estaba... A los ojos de Kartiah, la razón de Aruna para seguir siendo parte de la familia también había desaparecido. —Lo sé. La voz de Gavin se volvió grave. —Por eso también estoy ayudando a cuidar de ellas. —Pero... Kartiah estaba a punto de interrumpir otra vez. —¡BASTA! El estruendoso grito hizo temblar toda la habitación. Todos se volvieron por instinto. Wawan estaba de pie. Tenía el rostro enrojecido. Su mirada penetrante recorrió a todos los presentes. La cálida sonrisa que normalmente suavizaba el rostro del anciano había desaparecido. Solo quedaba la ira. —¡Armando un escándalo sin el menor sentido de la decencia! Su voz profunda llenó la sala. —¡La tumba de Arga todavía está fresca! —¡¿Y ustedes de qué están discutiendo?! Todos bajaron la cabeza. Nadie se atrevió a responder. Incluso Rustam, que hasta hacía un momento había sido el más ruidoso, solo pudo quedarse mirando el suelo. Entre todos ellos, únicamente Marwan y Sundari siguieron mirando a Wawan. Sus expresiones se endurecieron. Como miembros de la generación mayor, sentían que ellos también habían sido reprendidos delante de toda la familia extensa. Aun así, ninguno respondió. Marwan era el mayor de los tres hermanos, mientras que Wawan era el menor. Aun así, sabía que su hermano menor no hablaba sin motivo. Ni siquiera habían pasado siete días desde el entierro de Arga. Hablar de la herencia y de las propiedades en un momento así era, sencillamente, inapropiado. —Se acabó. —Váyanse a casa. —¡AHORA! Nadie volvió a decir una palabra. Uno tras otro, se pusieron de pie. Algunos se acomodaron el sarong alrededor de la cintura. Otros recogieron el peci que habían dejado sobre las esteras. Unos cuantos se despidieron en voz baja sin atreverse a cruzar la mirada con Wawan. No pasó mucho tiempo antes de que la sala, antes abarrotada, quedara casi vacía. Solo el viejo ventilador de techo seguía girando perezosamente en un rincón. Gavin permanecía donde estaba. Seguía con ambos puños apretados a los costados. Su pecho subía y bajaba. Llevaba tanto tiempo con la mandíbula tensa que ya no recordaba cuándo había empezado. Solo cuando la casa finalmente quedó en silencio se dio cuenta de que los dedos le temblaban. En un rincón de la sala, Halimah simplemente mantenía la cabeza baja. Tenía los ojos hinchados. Apenas había pronunciado una palabra durante todo ese tiempo. Y, sin embargo, cada mención de las propiedades en alquiler, la herencia y la disputa por la custodia de los gemelos le había golpeado el corazón una y otra vez. Cuatro días. Solo habían pasado cuatro días desde que Arga y Aisyah fueron sepultados. Y, aun así, aquello por lo que la gente discutía ya no eran las oraciones por ellos. Era la riqueza que habían dejado atrás. Wawan cerró los ojos por un momento. Sentía el pecho oprimido. Conocía la personalidad de la mayoría de sus familiares desde hacía décadas. Aun así, ver cómo cambiaban tan rápido, apenas después de la muerte de Arga, seguía llenándole el corazón de dolor. Respiró hondo antes de acercarse a Gavin. Posó una mano con suavidad sobre la cabeza del joven. —Gavin... estás agotado, ¿verdad? Ve a descansar. Ya es muy tarde. —Sí, Abuelo... —Gavin asintió en silencio. Finalmente apareció una leve sonrisa en su rostro—. Gracias. —¿Y por qué me das las gracias? —bufó Wawan con suavidad—. Ve a dormir. Cierra bien la puerta. Runa sigue en el hospital, ¿verdad? —Sí, Abuelo. —Me da mucha pena esa niña —murmuró Halimah en voz baja. Miró el suelo antes de continuar. —Lleva cuatro días quedándose en el hospital con los gemelos. Nadie la ha relevado. La sala volvió a quedar en silencio. El zumbido del viejo ventilador y el susurro de las hojas movidas por el viento eran los únicos sonidos que llenaban la casa. —¿Qué más podemos hacer, Abuela...? —Gavin dejó escapar un suspiro—. He estado ocupado ocupándome de todo aquí. —¿Esa niña siquiera ha estado comiendo? —preguntó Halimah de nuevo, con la voz llena de preocupación. —Insha'Allah, sabe cuidarse sola, Abuela. Además, Om Ardan también ha estado allí. Le ha hecho compañía a Aruna en el hospital. Las cejas del Abuelo Wawan se alzaron. —Oh... Asintió lentamente. —Con razón Ardan solo vuelve a casa un momento por las noches. —Sí, Abuelo. —Gavin asintió con naturalidad—. Aruna es una chica. Om Ardan jamás la dejaría dormir sola en la sala de espera de un hospital. —Mmm... Wawan hizo un leve gesto afirmativo. Su mirada se perdió en la distancia. Nadie sabía qué estaba pensando. —Bueno... —dijo al fin—. Esperemos que los gemelos puedan volver pronto a casa. —Amín. Gavin respondió con una tenue sonrisa. Después de despedirse, Wawan y Halimah abandonaron la casa. Sus pasos resonaron suavemente por el callejón, ahora cada vez más silencioso. Durante los últimos cuatro días, había algo que no dejaba de inquietar a Wawan. Ardan. Aruna. Esos dos nombres no dejaban de dar vueltas en su cabeza. Había algo que no encajaba. Pero decidió no preguntar. Gavin ya estaba demasiado agotado esa noche. El joven, que acababa de terminar sus exámenes finales de secundaria, tenía el rostro pálido. Bajo sus ojos comenzaban a formarse marcadas ojeras. No era solo por la falta de sueño. Durante aquellos cuatro días apenas había comido a horas normales. Ya no quedaba nadie en aquella casa para recordarle que debía comer. Cuatro días antes ¡CHRIIIIIIIIIIC! El chillido de unos frenos rasgó el aire. ¡¡CRAAASH!! Un violento impacto sacudió el cruce. Un sedán n***o giró casi media vuelta antes de estrellarse contra la barrera del borde de la carretera. El parabrisas estalló en incontables fragmentos, mientras una fina columna de humo comenzaba a elevarse desde debajo del capó destrozado. Varios motociclistas frenaron de golpe por instinto. Una mujer gritó mientras se cubría la boca con ambas manos. En cuestión de segundos, el tráfico en ambos sentidos quedó completamente detenido. Algunas personas corrieron hacia el vehículo destrozado. Otras sacaron de inmediato sus teléfonos para grabar. —¡Dios mío...! —¡Hay alguien dentro! —¡No se acerquen demasiado! Un agente de la policía de tránsito que se encontraba cerca del cruce echó a correr de inmediato hacia el vehículo. Un largo silbatazo atravesó el aire. —¡Atrás! ¡Todos atrás! ¡Déjennos espacio! La multitud retrocedió de mala gana, aunque muchos seguían intentando mirar hacia el interior. A través del parabrisas destrozado, el agente vio a un hombre de mediana edad desplomado sobre el volante, con el cuerpo atrapado bajo el tablero completamente deformado. En el asiento del acompañante, una mujer con un embarazo avanzado permanecía inmóvil. El cinturón de seguridad seguía abrochado sobre su pecho. Apretó la mandíbula. De inmediato tomó su radio. —Central, habla Bravo Tres. Tenemos un accidente de tráfico. Dos víctimas continúan atrapadas. Solicitamos una ambulancia y al equipo de Bomberos y Rescate de inmediato. —Recibido. La ayuda está en camino. —Entendido. Volvió a sujetar la radio a su hombro. —¡Que nadie se acerque! ¡Despejen el paso para la ambulancia! Por fin, el sonido de una sirena comenzó a escucharse a lo lejos. Al principio era tenue. Después se hizo cada vez más fuerte. Pero la ambulancia quedó atrapada en el tráfico de la hora punta. Las bocinas sonaban por todas partes. Los vehículos solo empezaron a apartarse cuando la sirena ya estaba prácticamente detrás de ellos. Varios minutos después, la ambulancia se detuvo detrás del sedán destrozado. Las puertas traseras se abrieron de golpe. Dos paramédicos bajaron con bolsas de equipo médico y una camilla plegable antes de apresurarse hacia el agente. —Las dos víctimas siguen atrapadas —informó el policía brevemente—. Conductor masculino. Mujer embarazada en el asiento del acompañante. Bomberos y Rescate ya vienen en camino. Antes de que pudieran actuar, otra sirena rugió entre el tráfico. Un camión de bomberos, con las luces de emergencia encendidas, avanzó lentamente entre la congestión. El comandante del equipo de Bomberos y Rescate descendió de la cabina. —Primero evaluaremos a las víctimas —dijo uno de los paramédicos—. Después trabajaremos juntos en la extracción. —Entendido. El paramédico se puso un par de guantes antes de inclinarse por la ventanilla destrozada. —Señora... ¿puede oírme? No hubo respuesta. Revisó las vías respiratorias, buscó el pulso y conectó un monitor portátil. Pasaron varios segundos. Una línea plana apareció en la pantalla. Intercambió una mirada con su compañero antes de bajar la vista hacia el abdomen abultado de la mujer. —No podemos salvar a la víctima femenina —dijo al comandante de Bomberos y Rescate—. El bebé aún podría tener una oportunidad. Tenemos que sacarla de inmediato. El comandante asintió con firmeza. —¡Comiencen la extracción! Las herramientas hidráulicas de rescate rugieron al ponerse en marcha. Poco a poco, la carrocería aplastada del automóvil comenzó a abrirse. —Con cuidado... manténganlo así. Cuando la abertura fue lo bastante amplia, los dos paramédicos introdujeron los brazos en el interior. —Cuidado con el abdomen. Con extrema delicadeza, sacaron a la mujer y la colocaron sobre una camilla. Uno de los paramédicos corrió de inmediato hacia la ambulancia con ella, mientras el otro seguía vigilando el monitor portátil. En el lado opuesto, el equipo de Bomberos y Rescate seguía luchando por liberar al conductor. —El tablero sigue atrapándole las piernas. —Corten el lado derecho. La sierra de rescate volvió a rugir. Saltaron chispas de manera intermitente hasta que finalmente lograron retirar el tablero. —Sáquenlo despacio. Por fin, el hombre quedó libre. Tenía el rostro pálido. La sangre ya se había secado sobre una de sus sienes. Pero aún respiraba débilmente. —Todavía respira. —¡Métanlo en la ambulancia! Las dos camillas fueron llevadas casi una al lado de la otra. Las puertas de la ambulancia se cerraron de golpe. Instantes después, la sirena volvió a sonar mientras el vehículo se alejaba a toda velocidad en dirección al hospital más cercano. El traqueteo de las ruedas de las camillas resonó por el pasillo del Departamento de Emergencias. En cuanto se abrieron las puertas de la ambulancia, médicos y enfermeras que ya esperaban dentro corrieron hacia ellas. —Víctima masculina. Traumatismo grave. Nivel de conciencia en descenso. —Víctima femenina. Embarazada. La prioridad es salvar al bebé. Las dos camillas fueron llevadas inmediatamente en direcciones distintas. Un agente de policía las seguía detrás, llevando dos billeteras, dos teléfonos móviles y varias pertenencias personales recuperadas del accidente. Se las entregó al empleado de admisiones. —Por favor, registre todas las pertenencias de las víctimas. —Sí, señor. Mientras el equipo médico luchaba por salvar a las víctimas tras las puertas de la sala de tratamiento, el agente abrió la billetera del hombre. Una tarjeta de identidad de Indonesia. Arga Wiryawan. Cuarenta y cinco años. Abrió la segunda billetera. Aisyah. Ambas tarjetas de identidad mostraban la misma dirección. —Esposo y esposa... —murmuró. —Señor. Un m*****o del personal de urgencias se acercó. —¿Hay algún familiar con quien podamos contactar? —Estoy buscando. El agente encendió uno de los teléfonos recuperados del automóvil. Por suerte, no tenía bloqueo. Apareció la lista de contactos. Un nombre llamó inmediatamente su atención. My Little Champion Frunció ligeramente el ceño. El historial de mensajes sugería una relación muy cercana. —Probablemente sea un familiar. Pulsó inmediatamente el botón de llamada. La llamada sonó varias veces. Clic. —Buenas tardes. Respondió una voz masculina, tranquila. —Buenas tardes. ¿Conoce al propietario de este teléfono? —Por supuesto. Es de mi hermano. —¿Podría decirme su nombre? —Arga Wiryawan. El agente respiró lentamente. —Mi nombre es Rudi, Oficial de la Policía de Tránsito. Pak Arga sufrió un accidente de tráfico esta tarde y en este momento está recibiendo tratamiento de emergencia en el hospital. Silencio. —...¿Un accidente? La voz del hombre cambió al instante. —Sí. —¿Cómo está mi hermano? —Se encuentra en estado crítico. Del otro lado llegó una respiración pesada. —Necesito que venga al hospital inmediatamente. —¿A qué hospital, Oficial? El agente le dio el nombre y la dirección del hospital. —Entendido. Salgo ahora mismo. Un instante después, el hombre volvió a hablar. —Oficial... —¿Sí? —Por favor... haga todo lo posible por salvar a mi hermano. Su voz empezó a temblar. —No se preocupe por el dinero. Yo cubriré todos los gastos. El agente dirigió la mirada hacia las puertas de la sala de tratamiento, que seguían firmemente cerradas. —Estamos haciendo todo lo posible, señor. Por favor, llegue lo antes posible. —Lo haré. La llamada terminó. El agente bajó lentamente el teléfono. Su mirada volvió a posarse sobre las puertas de la sala de tratamiento, que permanecían herméticamente cerradas. Mientras tanto, afuera, alguien corría contra el tiempo para llegar junto a su hermano.
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