Capítulo 010: Confesión
Aisyah se sobresaltó en cuanto Arga mencionó el nombre de Aruna. Sintió que el pecho volvía a oprimírsele. Desde que la señorita Arin había ido a su casa, y desde el momento en que ella misma había sido ingresada en el hospital, el nombre de su hija no dejaba de dar vueltas en su mente. Una posibilidad terrible tras otra inundaba sus pensamientos, impidiéndole pensar con claridad.
Arga tomó suavemente la mano de su esposa.
—Syah... No te lo pregunto para culpar a nadie. Solo quiero que entendamos qué fue lo que realmente ocurrió.
Aisyah asintió ligeramente. La serenidad en los ojos de su esposo fue disipando poco a poco la ansiedad que había estado cargando sola.
—Precisamente por eso estoy confundida, Bang —susurró—. ¿Cuándo podría haber estado embarazada Aruna? Te juro, Bang... No estoy intentando ocultar los errores de mi propia hija. Pero... si fuera cierto... ¿cuándo? Ella volvía a casa todos los días. ¿De dónde habría sacado el dinero? ¿Con quién habría ido? ¿Cómo es posible que yo no me haya dado cuenta de nada?
Arga dejó escapar un largo suspiro.
—Entonces significa que su profesora tampoco conoce la verdad.
—Así es, Bang. Bu Arin también dijo que, por ahora, solo es un rumor. Nadie ha podido demostrar nada.
—Entonces, la única persona de la que necesitamos escuchar la verdad es Aruna.
Aisyah bajó la cabeza.
—Ni siquiera he tenido la oportunidad de preguntárselo, Bang. Primero terminé en el hospital...
Arga acarició suavemente el dorso de su mano.
—Está bien. Cuando volvamos a casa, se lo preguntaremos como es debido. No nos apresuremos a creer lo que dicen los demás.
Aisyah lo miró.
—Bang... ¿no estás enfadado?
Arga negó con la cabeza.
—¿Enfadado con quién? Todavía no sabemos nada.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Confío en ti, Aisyah. Así que también confiaré en Aruna... hasta escuchar la verdad de sus propios labios.
Por fin, las lágrimas de Aisyah comenzaron a caer.
—Gracias, Bang...
—Somos marido y mujer, Syah. Sea lo que sea que nos depare la vida, lo afrontaremos juntos. No cargues con todo tú sola.
Aisyah asintió.
El peso que sentía en el pecho no había desaparecido por completo. Pero al menos ahora ya no sentía que tuviera que enfrentarlo sola.
Varios días después, cuando Aisyah recibió el alta del hospital, los cuatro se reunieron en la sala de estar.
En cuanto Aruna vio a su madre, volvió a romper a llorar.
—Snif... snif...
—Mamá... perdóname...
—Por mi culpa... perdiste al bebé...
Se cubrió el rostro mientras todo su cuerpo temblaba entre sollozos.
Aisyah tomó inmediatamente las dos manos de su hija.
—Runa... mírame.
Aruna negó con la cabeza.
—Runa...
Poco a poco, levantó el rostro cubierto de lágrimas.
—Esto no fue culpa tuya.
—Pero si no hubiera sido por mi culpa...
—No.
La voz de Aisyah también tembló.
—Pero quiero que me digas la verdad. ¿Es cierto lo que dijo Bu Arin?
—¡No, mamá!
La respuesta llegó casi de inmediato.
—Te lo juro, mamá... Yo nunca hice eso. Nunca estuve embarazada. Nunca aborté. Nada de eso es verdad...
Arga, que había permanecido en silencio hasta ese momento, finalmente habló.
—Entonces... ¿por qué crees que comenzaron esos rumores?
Aruna se secó las lágrimas.
—Yo tampoco lo sé, papá...
—Un día, simplemente... todo el mundo empezó a decir esas cosas...
El silencio se apoderó de la habitación.
—Papá...
Gavin finalmente habló.
—Hay algo que tengo que contarte.
Arga se volvió hacia él.
—¿Qué pasa, Vin?
—He visto a algunos chicos molestando a Runa en la escuela.
La habitación volvió a quedar en silencio.
—¿Molestándola?
—Sí, papá.
—¿Cuándo?
—Hace un tiempo. No lo recuerdo exactamente.
Tomó aire.
—Quise acercarme... pero cuando llegué, ya se habían dispersado.
—¿Por qué no nos lo dijiste antes?
Gavin bajó la cabeza.
—Pensé... que si Runa estaba preparada, ella misma te lo contaría.
Miró brevemente a Aruna.
—Pero ahora me doy cuenta... de que lleva mucho tiempo llegando a casa con el uniforme sucio.
Arga escuchó sin interrumpir.
—A veces tenía la falda rota.
—Decía que se había caído.
—Sí, papá.
—Pero no le creí.
Suspiró suavemente.
—De acuerdo, Runa es una marimacho... pero no tanto.
Arga se volvió hacia Aruna.
—Runa...
—¿Es cierto lo que ha dicho Gavin?
Aruna bajó la cabeza.
Sus manos se apretaron entre sí.
Solo un poco más...
Solo un poco más.
Había soportado demasiado.
Si tan solo pudiera aguantar hasta graduarse...
Todo terminaría por fin.
Eso era lo que se había repetido a sí misma durante todo ese tiempo.
—Runa.
La voz de Arga volvió a resonar.
—Guardar silencio no solucionará nada.
Suspiró en voz baja.
—Tu profesora también dijo... que corres el riesgo de no graduarte.
Aruna levantó bruscamente la cabeza.
—¿Qué?
—La escuela ha enviado varias cartas de advertencia a nuestra casa.
—Y tú las ocultaste todas.
Su rostro palideció de inmediato.
Durante todo ese tiempo, había pensado...
Mientras todavía le permitieran presentarse a los exámenes...
Todo acabaría solucionándose de alguna manera.
Sus calificaciones no importaban.
Mientras pudiera graduarse y escapar de aquella escuela.
Pero ahora...
Incluso esa oportunidad estaba a punto de escapársele.
—Runa...
Arga la miró con una autoridad tranquila.
—Si no sabemos qué ocurre, ¿cómo podemos ayudarte?
—Soy tu tutor legal.
—Si sigues guardando silencio... no serás la única que sufra.
—También me impides cumplir con mi responsabilidad como tu padre.
Aruna cerró los ojos.
Unos momentos después, asintió ligeramente.
—...Sí, papá.
Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas.
—Dejé de ir a la escuela.
—¿Por qué?
Tomó una respiración larga y temblorosa.
Pasó bastante tiempo antes de que finalmente respondiera.
—...No podía soportar enfrentarme a mi profesor de Indonesio.
El silencio volvió a caer sobre la habitación.
—¿Por qué? —preguntó Arga con calma—. ¿Qué te hizo?
Antes de que Aruna pudiera responder, Aisyah habló primero, con el pánico elevándose en su voz.
—¡Runa!
Todo su cuerpo se tensó.
—¿Podría ser que...?
No pudo terminar la frase.
Sus manos comenzaron a temblar.
Innumerables posibilidades terribles atravesaron su mente.
—Ese profesor...
—...¿te hizo algo?
Arga colocó inmediatamente una mano tranquilizadora sobre el hombro de su esposa.
—Syah.
—Tranquilízate.
—Primero escuchemos lo que Runa tiene que contar.
Aunque intentaba mantener la compostura, apretó la mandíbula.
Mientras tanto, en un rincón de la habitación, Gavin cerró inconscientemente ambas manos en puños.
Si alguien realmente había hecho daño a su hermanita...
No estaba seguro de poder mantener la calma como lo estaba haciendo ahora.
Con el apoyo y las palabras tranquilizadoras de sus padres, Aruna finalmente aceptó explicar por qué aquella chica que una vez había amado la escuela se había convertido de repente en alguien que faltaba constantemente a clases.
Todo había comenzado cuando estaba en octavo grado.
Por aquel entonces, había contraído fiebre tifoidea y había tenido que permanecer en cama en casa durante casi dos semanas.
En aquella época, Aisyah todavía era viuda. Su salario como trabajadora jornalera en una fábrica apenas alcanzaba para poner comida sobre la mesa. Llevar a Aruna al médico era un lujo que, sencillamente, no podían permitirse.
Por suerte, no muy lejos de la pequeña casa que alquilaban había una clínica de maternidad. La partera que trabajaba allí conocía bien a madre e hija. Conmovida al ver a una pobre viuda esforzándose por criar sola a su hija huérfana, aceptó atender a Aruna sin cobrarles ni una sola rupia.
Cuando Aruna se recuperó por completo, la partera le entregó un certificado médico con el sello oficial de la clínica de maternidad.
Para Aisyah, nada parecía extraño.
El certificado era legítimo.
Lo único que importaba era que su hija pudiera volver a la escuela.
Ni por un instante se les pasó por la cabeza que aquella simple hoja de papel se convertiría en el comienzo de todo.
—Aruna Hashifa.
Su profesor de Indonesio, que además era su tutor de clase, levantó el certificado médico para que toda la clase pudiera verlo.
—Entonces, ¿tenías fiebre tifoidea?
—Sí, Sir...
—Normalmente, la gente se recupera de la fiebre tifoidea en unos pocos días.
Le dio la vuelta al papel con una leve sonrisa.
—¿Eh? ¿Por qué este certificado es de una clínica de maternidad?
Algunos alumnos soltaron una risita.
El profesor sonrió junto con ellos.
—Lo dices como si acabaras de dar a luz.
El aula estalló en carcajadas.
Tal vez, para él, no había sido más que una broma inofensiva.
Tal vez nunca tuvo intención de hacerle daño a nadie.
Pero para una niña de catorce años...
Aquellas palabras pesaban mucho más que una simple broma.
Desde aquel día, el comentario no se quedó dentro del aula.
Se convirtió en susurros.
Después, en rumores.
Y finalmente, en suposiciones.
Nadie sabía realmente de dónde había surgido la historia de que Aruna se había quedado embarazada y había abortado en secreto.
Lo único que todos recordaban era una cosa.
Su profesor había bromeado sobre el certificado médico de una clínica de maternidad.
Y para unos niños de su edad, una broma hecha por un profesor sonaba casi como la verdad.
Aisyah se cubrió la boca.
Su cuerpo volvió a temblar.
—Astaghfirullah...
Las lágrimas recorrieron su rostro.
—Runa... perdóname...
Aruna negó inmediatamente con la cabeza.
—No hiciste nada malo, mamá.
—Si tan solo hubiera tenido suficiente dinero para llevarte a un médico de verdad...
—No, mamá.
—Si no hubiera sido tan pobre...
—¡Mamá!
Por primera vez, Aruna alzó la voz.
—Tú no hiciste nada malo.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Arga, que había escuchado todo el tiempo, finalmente habló.
—No.
Su voz era suave.
—No hay nada malo en recibir tratamiento de una partera.
Miró a su esposa.
—Estabas haciendo todo lo que podías simplemente para sobrevivir.
Luego se volvió hacia Aruna.
—El verdadero error fue convertir un documento médico oficial en una broma delante de toda una clase.
Aruna volvió a bajar la cabeza.
Sus manos permanecieron fuertemente entrelazadas.
—Mañana iré a tu escuela.
Aruna levantó inmediatamente la cabeza.
—Por favor, no lo hagas, papá.
—Pasó hace mucho tiempo.
—Pronto me graduaré.
—Todo terminará.
Arga negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Un problema como este no desaparece simplemente porque haya pasado el tiempo.
La miró directamente a los ojos.
—Si la persona que cometió el error nunca se da cuenta de lo que hizo mal, otro niño podría terminar sufriendo de la misma manera.
Aquellas palabras dejaron a Aruna sin habla.
—No estoy intentando encontrar a alguien a quien castigar.
—Simplemente quiero que todos asuman su responsabilidad.
A la mañana siguiente, Arga fue a la escuela con Aruna.
Primero se reunieron con Arin antes de que los invitaran a una reunión con el director y varios profesores.
Una vez que todos estuvieron sentados, el director comenzó a hablar.
—Lamentamos profundamente lo que Aruna ha vivido. Esperamos sinceramente que este asunto pueda resolverse de manera amistosa.
Arga asintió.
—Eso espero yo también.
—Pero resolverlo no significa enterrarlo.
La habitación quedó en silencio.
—Señor director.
—Durante casi un año, mi hija cargó con un rumor que ni siquiera comprendía.
—Fue aislada.
—Se burlaron de ella.
—Hasta que finalmente perdió el valor para venir a la escuela.
Hizo una breve pausa.
—Todo comenzó con algo que un profesor dijo delante de la clase.
Nunca alzó la voz.
Sin embargo, cada una de sus palabras resonó en la habitación con una claridad inconfundible.
—No he venido aquí para castigar a nadie.
—He venido para que esta escuela corrija su error.
El director dejó escapar un largo suspiro.
—¿Qué es lo que quiere?
—Es sencillo.
Arga respondió con firmeza.
—Quiero que se restituya públicamente el buen nombre de mi hija.
—No dentro de esta habitación.
—Sino delante de las personas que escucharon o creyeron ese rumor.
Uno de los profesores intentó interrumpir.
—Señor... eso afectaría la reputación de la escuela.
Arga se volvió inmediatamente hacia él.
—La reputación de una escuela es importante.
—Pero la reputación de una joven también lo es.
Volvió a mirar al director.
—Si una escuela enseña a sus alumnos a admitir sus errores con valentía, ¿no deberían los profesores dar también ese ejemplo?
El silencio regresó.
Nadie tuvo una respuesta.
Finalmente, el director asintió lentamente.
—Lo discutiremos.
Arga negó con la cabeza.
—Lo siento.
—Esto ha durado demasiado tiempo.
—Espero que haya una decisión para mañana.
A la mañana siguiente, durante la ceremonia de izamiento de la bandera en la escuela, el profesor de Indonesio se presentó ante toda la comunidad escolar.
Más de mil alumnos lo observaron en silencio.
Admitió que lo que había dicho años atrás había sido inapropiado para un aula.
También se disculpó con Aruna y su familia, reconociendo que su broma imprudente había provocado un malentendido que había durado años.
De pie en el borde del campo, Arga, Aisyah, Gavin y Arin fueron testigos de todo.
No hubo aplausos.
No hubo vítores.
Solo silencio.
Pero para Aruna, por primera vez en mucho tiempo...
Sintió que la carga que había llevado sola durante tantos años finalmente estaba siendo compartida.
Aruna se graduó.
Sus calificaciones estaban muy lejos de ser lo que habían sido alguna vez.
Su oportunidad de ingresar a una escuela secundaria pública se había perdido.
Pero esta vez...
Abandonó aquella escuela sin llevar consigo una mancha que nunca le había pertenecido.
Y para Pak Arga...
Eso importaba mucho más que cualquier diploma.