La Regla del Silencio
El pasillo del tercer piso olía a cera barata y a lluvia acumulada en los ventanales. Eran las seis y veinte de la tarde. A esa hora, el Instituto St. Jude no era más que un cascarón de eco y sombras, el lugar perfecto para repasar los apuntes de física en paz antes de perder el último autobús.
Elena ajustó la tira de su mochila sobre el hombro y cerró la puerta de la biblioteca con un clic sordo. Solo necesitaba bajar las escaleras, cruzar el patio central y salir. Nada más.
Pero el sonido de una voz áspera al fondo del corredor la hizo detenerse en seco.
—Te dije que el trato era hasta el viernes, Ferrari. No me presiones.
Elena retrocedió dos pasos, pegándose a la pared de ladrillo visto. Reconoció la voz de inmediato: el profesor Miller, el jefe del departamento de administración. Sonaba nervioso, casi suplicante.
—El viernes es demasiado tarde, Miller —respondió una segunda voz, grave, pausada y cargada de un peligro contenido que hizo que a Elena se le erizara la piel.
Pedro Ferrari.
Incluso sin verlo, cualquiera en el campus conocía esa voz. El heredero del apellido que financiaba la mitad de las becas del instituto, el tipo que nunca vestía el uniforme completo y al que nadie, absolutamente nadie, miraba a los ojos durante más de tres segundos.
Elena inclinó apenas la cabeza por la esquina del pasillo.
Pedro estaba de pie junto a los casilleros del fondo, con la chaqueta de cuero n***o abierta sobre la camisa blanca arrugada y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Frente a él, el profesor Miller sudaba a mares, sosteniendo un sobre amarillo abultado contra el pecho.
—Si la junta descubre esto antes de la cena de gala... —empezó Miller, con la voz temblorosa.
—La junta no va a descubrir nada porque tú vas a firmar el traspaso hoy —interrumpió Pedro. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia con una calma depredadora—. O prefieres que le envíe a tu esposa las fotos de tu cuenta bancaria en las Islas Caimán?
Elena sintió un vuelco en el estómago. Llevó la mano instintivamente al bolsillo delantero de su abrigo, rozando la pantalla helada de su teléfono. Si grababa eso, tendría la prueba definitiva para demostrar la corrupción que estaba a punto de costarle la beca a tres estudiantes de su curso.
Sacó el móvil con dedos temblorosos. Apuntó hacia el fondo del pasillo. La lente enfocado el sobre amarillo, la cara pálida del profesor y el perfil afilado de Pedro.
Clic.
El sonido del obturador resonó en el pasillo como un disparo.
Elena congeló todo movimiento. Había olvidado desactivar el sonido del sistema.
Miller ahogó un grito y dio un paso atrás. Pedro, en cambio, no se inmóvil de golpe; giró la cabeza despacio, con la precisión de un halcón detectando a su presa. Sus ojos oscuros clavaron la mirada exactamente en la esquina donde ella estaba oculta.
—Vete, Miller —ordenó Pedro sin apartar la vista del rincón.
El profesor no esperó a que se lo dijera dos veces. Corrió en dirección opuesta, los pasos retumbando por las escaleras de emergencia.
Elena no lo pensó. Giró sobre sus talones y echó a correr hacia el tramo de escaleras principal. Su corazón martilleaba contra sus costillas. El peso de la mochila la frenaba, pero no se detuvo. Bajó los primeros escalones de dos en dos, con la pantalla del teléfono apretada en la palma de la mano.
Solo necesitaba llegar a la salida. Solo diez metros.
Un brazo de acero la interceptó a la altura de la cintura antes de que tocara el descanso del piso inferior.
El impacto de su espalda contra la pared de yeso fue seco, haciéndole soltar el aire de golpe. Antes de que pudiera gritar, Pedro Ferrari ya estaba a milímetros de su rostro. Una de sus manos se apoyó firmemente al lado de la cabeza de Elena, bloqueando su única vía de escape, mientras la otra mano se cerraba alrededor de la muñeca con la que sostenía el teléfono.
—Tengo un problema con la gente curiosa —susurró Pedro. Su aliento olía a menta amarga y a peligro puro.
—Suéltame —articuló Elena, sosteniéndole la mirada a pesar de que el pulso le reventaba en los oídos—. O voy a gritar.
Pedro sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Ejerció la presión justa en su muñeca hasta que los dedos de Elena cedieron. Tomó el teléfono, lo observó un segundo y, con un movimiento rápido, lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Grita todo lo que quieras, Elena —dijo él, pronunciando su nombre con una lentitud escalofriante que le demostró que sabía perfectamente quién era ella—. Nadie te va a escuchar. Y a partir de este segundo, tú y yo tenemos un asunto pendiente.