Su mano se dirigió hacia el costado de su cuello, presionando con el pulgar hacia adelante. —Dilo, Marie. —Estoy... mojada —dijo, tragando saliva ante la presión de su pulgar. Su agarre alrededor de su cuello se intensificó. —¿Para? Sus ojos se cerraron por un instante. No cambió nada. Él seguía allí. Y ella seguía mojada. —Para ti... —susurró, con un sabor a ceniza en las palabras. Él tarareó en voz baja en señal de aprobación, rozando ligeramente su muslo con el de ella. —Dilo más alto la próxima vez —dijo—. Estás orgullosa de mojarte por mí, ¿verdad? Ella asintió, mientras él aflojaba el agarre alrededor de su cuello. —Sí —dijo con voz baja. —¿Sí qué? —Sí —logró decir—. Estoy orgullosa de estar mojada por ti. Su sonrisa se amplió, sus ojos brillaron. Se inclinó y la besó de

