Cuando llegó el momento de la llamada de seguimiento semanal, cogió su libreta y se dirigió a la sala de reuniones de Hirschberg.
Esta vez, subió por las escaleras.
Las salas de reuniones del piso 12 aún estaban ocupadas por otros equipos de trabajo, cuyas siluetas quedaban casi completamente ocultas por los vinilos de paisajes montañosos que cubrían la mitad de las paredes de cristal. Mamparas de privacidad con estilo.
Cuando entró en la sala de reuniones, Joshka ya estaba sentada a la mesa, con el portátil abierto y las mangas remangadas. La pantalla grande seguía apagada.
—Cierra la puerta —dijo sin levantar la vista.
Ella obedeció, sosteniendo sus teléfonos y su cuaderno en una mano.
—Siéntate. —Señaló la silla de enfrente.
Se sentó, conectó el cable a la pantalla y abrió la ventana de zoom en el monitor grande.
No dijo ni una palabra. Y ella no quería que lo hiciera.
La llamada se conectó a las 19:30 en punto.
Tres compañeros de la oficina de Frankfurt aparecieron en la pantalla.
Se le encogió el corazón. La habitación en la que estaban sentados era la misma en la que Joshka la había acorralado por primera vez. Lo sabía porque la gran lámina artística de la pared había sido su ancla visual mientras Joshka la había hecho llegar al orgasmo dos veces usando solo sus manos, su aliento caliente en su cuello.
El recuerdo bastó para que apretara los muslos con fuerza, tensando los dedos alrededor de la esquina de su portátil.
La llamada comenzó con una charla informal y educada sobre la desaceleración de la temporada navideña y el cierre del cuarto trimestre. Joshka lo manejó todo con gran fluidez: las cifras, los plazos, los próximos pasos y los desafíos.
Le preguntó a uno de los analistas de Frankfurt sobre su bebé. Recordó el nombre y un cólico que el analista había mencionado. Aquello hizo que el hombre se sintiera halagado por la atención recibida.
Lo adoraban. Su encanto natural y la experiencia acumulada durante años en el sector. Todos querían a Joshka.
No podía culparlos. Ella misma se había dejado llevar inicialmente. Joshka era uno de los directores generales más influyentes y apreciados.
Esta era la imagen que el mundo tenía de él. El que ganaba presentaciones a clientes, guiaba a empleados jóvenes y recibía premios del sector. El que tenía a su esposa acompañándolo a las cenas de empresa, aferrada cariñosamente a su brazo.
Debajo de la mesa, su pie encontró el de ella.
No se movió. No es que pudiera hacerlo sin llamar la atención.
La sutil presión de su zapato contra su tobillo aumentó, un recordatorio de que no estaba a salvo. Ni siquiera en una llamada con su propio equipo.
Sabían que él podía detectar un error en un modelo de Excel más rápido de lo que los analistas podían encontrar excusas.
Ella sabía cómo se sentían sus manos cuando él la hacía llegar al orgasmo.
Lo conocían como el genio del sector público.
Ella lo conocía como el hombre que le dijo que sonriera y le diera las gracias cuando le untó su semen en las mejillas.
La reunión transcurrió sin contratiempos. El equipo aprobó la presentación y las diapositivas que ella había preparado.
Y durante todo ese tiempo, la punta de su dedo del pie seguía rozando su tobillo.
Ella colaboraba cuando se le pedía. Daba respuestas sobre el estado de los oleoductos y las señales de riesgo. Pero cada vez que hablaba, sentía su mirada fija en sus labios.
Joshka finalizó la llamada dos minutos antes de lo previsto. —Se ve bien. Corrijan las erratas y la alineación en la última sección y listo. Gracias, equipo—.
La llamada terminó. La habitación quedó en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado y su respiración irregular.
Se recostó. —Lo hiciste bien. Ahora veamos si puedes ser igual de obediente sin público—.
Su portátil se cerró con un suave clic.
—Ponte de pie.
Se puso de pie con las rodillas temblorosas, sus piernas obedecieron antes de que su mente reaccionara.
La observó con los brazos cruzados. —Quítate la chaqueta.
—Joshka—
—Quítatelo.
Se estremeció. Sus manos se movieron lentamente. No pudo ocultar el temblor mientras se quitaba la chaqueta de los hombros.
—Dóblalo —dijo—. Ponlo en la silla.
Acababa de colocarla sobre la silla cuando una sombra pasó fuera de la habitación, su forma distorsionada a través del cristal esmerilado cubierto de calcomanías de montañas. Un carrito de limpieza pasó arrastrado frente a la habitación.
Se quedó paralizada, con una mano aún sobre la chaqueta, lista para volver a ponérsela.
—Pantalones.
Se le cortó la respiración, el corazón le latía con fuerza en el cuello.
—Alguien podría...
—No va a venir nadie. Quítatelos. —Inclinó la cabeza—. ¿O debería hacerlo yo por ti?
Sus dedos encontraron el broche metálico en su cintura. La cremallera silbó en silencio, un sonido agudo y agudo, a diferencia del suyo, que siempre era grave y amenazante.
—Más despacio —murmuró—. Quiero verte reflexionar sobre lo que hiciste. ¿De verdad creíste que un par de pantalones me mantendrían alejado de lo que es mío?
Las dejó caer lentamente antes de quitárselas, el tacón de su bota se enganchó en la costura por un instante antes de que la arrancara de un tirón.