Capítulo 10

737 Words
El aire frío le erizó la piel, y se le puso la piel de gallina en los muslos. Le dio las gracias a su yo matutino por haber elegido unas bragas de encaje rosa suave. Al menos eso debería contar con su aprobación. Él había dejado claro desde el principio que le gustaba que estuviera bien arreglada, como él mismo había dicho. —Mírate. Ofreciéndome tu cuerpo con tanta obediencia —sonrió triunfalmente. —Tal vez debería permitirte usar pantalones. Me da el placer de hacerte desnudar. Verte ahí parada. Goteando. Esperando a ser usada. De pie allí, solo con sus bragas y la blusa, de repente se percató de la fría luz de la sala de conferencias. De la gente en las otras salas, que seguían con sus asuntos como de costumbre. Se puso de pie y caminó lentamente alrededor de la mesa hasta quedar detrás de ella. Una mano se posó en su hombro y luego se deslizó por su brazo, antes de recorrer su vientre. —Durante todo el día —dijo en voz baja, con la boca cerca de su oído—, estuve pensando en cómo podemos asegurarnos de que este pequeño desliz de moda no vuelva a ocurrir. Su mano le apretó el pecho una vez, con el pulgar presionando con la suficiente fuerza como para hacerla estremecerse. Su respiración se entrecortó audiblemente. Su mano bajó aún más, jugueteando con la cinturilla de sus bragas. Sabía lo que él encontraría allí. Su cuerpo ya la estaba delatando. Estaba empapada a través del delicado encaje. Su dedo rodeó lentamente su clítoris a través de la tela. Un calor intenso se acumuló en la parte baja de su estómago. Se movió casi imperceptiblemente, incapaz de evitar que su cuerpo buscara su contacto allí. —Ya estás mojada y ansiosa —susurró—. Te he enseñado bien. Buena chica. Su espalda se arqueó contra él mientras su cuerpo respondía a sus halagos. Odiaba que eso sucediera. Que sus rodillas se debilitaran y su v****a se contrajera de anticipación. Su mano se deslizó bajo la cinturilla de sus bragas, y sus dedos la encontraron ya mojada. Se le cortó la respiración. —Todavía hay gente dentro del edificio. —Esta habitación está reservada hasta las ocho y media. No va a venir nadie. Sus dedos la separaron, recorriendo su piel húmeda. Ella se movió un instante, inclinando las caderas. En parte para alejarse de él, en parte para abrirse ligeramente a su tacto. Él rodeó su clítoris, despacio y con picardía. Su aliento cálido rozó su cuello. Su otra mano se posó sobre su estómago, presionándola contra él. Dejó escapar un suspiro entrecortado, moviendo las caderas contra él. No es que quisiera hacerlo. Cualquier cosa menos esto. Pero a su cuerpo no le importaba. La pasión ya había aumentado, y sus dedos acariciaban su clítoris hinchado con movimientos enloquecedores. Él la apretó contra sí y ella pudo sentir su erección presionando contra ella por detrás. Su dedo medio comenzó a dibujar lentamente un ocho contra su clítoris, enviando chispas de calor y placer por todo su ser. —Mírate —susurró—. Tan ansiosa. Tan mojada. Cada nueva embestida hacía que sus muslos se contrajeran. La tensión ya iba en aumento. Un dedo rodeó el apretado anillo muscular de su v****a antes de penetrarla sin previo aviso. Ella gimió ante la intrusión, aferrándose a él. Su pulgar rodeó el suave manojo de nervios de su clítoris mientras introducía un segundo dedo en ella. Al principio, la tensión le quemó; sus paredes vaginales presionaban contra él. Pero mantuvo el ritmo, empujando lentamente, curvándolas con un ángulo que la hacía estremecerse involuntariamente. Se concentró en guardar silencio. Los sonidos húmedos de sus dedos penetrándola se mezclaban con su respiración agitada. En su interior, el calor comenzó a acumularse a pesar de sí misma. Nunca rompió el ritmo, extrayendo placer de ella con una precisión enloquecedora. Cada movimiento de sus caderas era recompensado con una lenta caricia de sus dedos contra ese punto sensible en su interior. Su pulgar seguía intensificando la tensión en lo más profundo de su ser. Reprimió un gemido que amenazaba con escapársele. No quería darle esa satisfacción tan fácilmente. Inclinó la cabeza hacia atrás, buscando con la mano algo a lo que agarrarse; cualquier cosa con tal de no llegar al clímax como una idiota desesperada. Sus dedos se quedaron quietos.
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