Se lanzó hacia adelante, rozando de nuevo la parte posterior de su garganta, enterrándose hasta que la nariz de ella presionó contra su ingle. La mantuvo allí durante cinco largos segundos, dejándola forcejear, dejando que su garganta se contrajera alrededor de su m*****o como si intentara expulsarlo.
Tuvo arcadas fuertes, su cuerpo se sacudió, las lágrimas le corrían por las mejillas mientras la saliva burbujeaba alrededor de su base. Su cabeza se contrajo, intentando resistir la fuerza con la que él se introducía en su garganta. Como si supiera que no pertenecía allí.
Sus uñas se clavaron en su piel, manteniéndola boca abajo antes de permitirle apartarse lo suficiente para que pudiera tomar aire.
Luego volvió a presionar hacia abajo, y la punta de su pene golpeó la parte posterior de su garganta.
Ella gimió ante la intrusión. La vibración lo hizo sisear y empujar aún más profundo. Pero con eso ella se atragantó, sus dientes rozando ligeramente su pene.
Su mano cayó sobre su rostro de inmediato. Una bofetada. Fuerte y limpia.
—Sin dientes —espetó.
Le escocía la mejilla. El calor se extendió por donde la había golpeado. Se obligó a relajar la garganta, respirando por la nariz lo mejor que pudo.
Volvió a empujar, profundizando.
Su nariz se presionaba contra la base de él con cada movimiento forzado hacia adelante, la barba áspera le punzaba la piel. Extendió la mano hacia sus muslos, apoyándose en ellos para mantener el equilibrio.
—Mejor —murmuró, deslizándose aún más hacia el borde de la silla.
Su mano se apartó suavemente de la nuca de ella.
—Ahora chúpalo bien —dijo, con los dedos apoyados en el costado de su cuello.
Intentó tragar con él a su alrededor, la saliva ahora le goteaba por los labios. Movió la cabeza, asintiendo obedientemente. Le dolía la mandíbula de tanto acomodarse, el cuello le dolía por el movimiento. Las lágrimas corrían libremente por su rostro, mezclándose con la saliva.
Dejó escapar un gruñido de satisfacción cuando ella lo tomó más profundamente.
—Ya está —gimió—. Buena chica.
Sus caderas se estremecieron involuntariamente ante los halagos, y el calor se extendió vergonzosamente. Su propia humedad seguía goteando entre sus muslos. El orgasmo reprimido aún bullía en su interior, como si esperara a encenderse de nuevo, suplicando ser llevado al límite.
Las lágrimas volvieron a brotar. Dos palabras suyas bastaron para que ella pensara en su propio orgasmo, incluso con su pene apretándola.
Odiaba que su cuerpo reaccionara así. Odiaba que él pudiera hacerla contraerse con sus halagos, incluso mientras tenía arcadas. Su cuerpo estaba aprendiendo su lenguaje. Y no podía detenerlo.
Volvió a soltar un gemido ahogado, extendiendo la mano hacia la nuca de ella.
Pero justo cuando se preparaba para que él la derribara de nuevo, un sonido que oyó encima de ella la hizo estremecerse.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Lo cogió con la otra mano sin dudarlo.
—¿Sí?
Por un momento no supo si debía continuar. Así que se quedó inmóvil, con su pene a medio camino dentro de su boca.
La mano que le rodeaba la mejilla se hundió, empujándole la cabeza hacia adelante.
Ella obedeció, llevándolo más adentro de nuevo.
—Puedo enviártelos —dijo con voz totalmente despreocupada—. Dame cinco minutos, estoy terminando aquí.
La bilis le subió a la garganta mientras se bajaba alrededor del grueso m*****o, y la saliva burbujeaba con más fuerza.
Su mano libre se aferró a su cabello, obligándola a profundizar mientras hablaba con ese tono suave y profesional.
Su garganta se contraía convulsivamente, tragando saliva y líquido preseminal, con la nariz pegada a su ingle hasta que no pudo respirar.
Su voz no delataba nada. Sobre todo, no revelaba que ella estaba debajo de la mesa de conferencias ahogándose con su pene.
Se rió. —No te preocupes, eso pasa. Te lo envío. Cuídate.
El teléfono volvió a caer sobre el escritorio que estaba encima de ella.
—Cinco minutos, Marie —dijo—. ¿Crees que puedes hacerme venir en cinco minutos? Recuerda: tu evaluación vence pronto.
Se le revolvió el estómago.
Aceleró el ritmo, tomándolo con movimientos desesperados, la lengua aplanándose contra la parte inferior. Su cabeza ahora se movía con un ritmo casi frenético; cada movimiento era un gorgoteo húmedo.
Cada vez que ella ahuecaba las mejillas, succionaba sus labios alrededor de su m*****o. Los sonidos húmedos eran obscenos y humillantes, resonando en el pequeño espacio debajo de la mesa.
Envolvió su mano derecha alrededor de la base para acariciar su pene al mismo tiempo que su boca. Cada movimiento giraba ligeramente a su alrededor.
La estimulación adicional le hizo gemir. Sus caderas se retorcieron hacia ella.
Sus manos se posaron a ambos lados de su rostro, manteniéndola allí. Se apartó lo suficiente para que ella pudiera tomar aire, y luego volvió a embestirla, follándola la cara con embestidas cortas y despiadadas.
—Sí —dijo con voz ronca—. Demuéstrame que estás superando las expectativas.
Se le escapó una mordaza, pero la reprimió, concentrándose en su respiración. Cada embestida la hacía penetrarlo más profundamente. Su garganta se contraía a su alrededor. Lágrimas mezcladas con saliva. No le importaba.