Su cuerpo se estremeció, y una rodilla se separó más para mantener el equilibrio. La alfombra le desgarraba la piel dolorosamente.
La punta de su pene seguía lastimándole la garganta. Su saliva burbujeaba a lo largo de su m*****o cada vez que él se retiraba antes de volver a embestir. Él seguía follándole la cara, con embestidas cada vez más frenéticas.
Ella lo dejó.
Una parte de ella quería hacerlo bien.
No para él.
Por sí misma. Para demostrar que podía soportarlo. Si él iba a usarla así, ella no se derrumbaría por completo.
Su respiración se volvió entrecortada sobre ella. Su mano se dirigió rápidamente a la nuca de ella, sujetándola contra su pene.
Ella tuvo arcadas, la saliva le goteaba por la barbilla.
La punta de su pene se hundió más profundamente mientras él embestía dos veces más, enterrándose dentro de ella. Sus muslos se tensaron contra sus hombros. Su pene se hinchó hasta volverse increíblemente grueso.
—Tragar.
Dejó escapar un gemido ahogado. Su pene se contrajo contra el fondo de su garganta, eyaculando a borbotones. El semen caliente inundó su garganta, mientras el m*****o se contraía en su boca.
Se atragantó, tragando por reflejo.
Su agarre en el cuello de ella se intensificó por un instante, manteniéndola allí para asegurarse de que no se tragara ni una gota.
Sabía a sal, amargo y a él. Se obligó a tragar una y otra vez, ignorando lo que se le había colado por la nariz. Algo se le escurrió por la comisura de los labios y le goteó por la barbilla.
Finalmente, se quedó quieto en su boca, y la presión en la nuca se disipó. Luego, se retiró lentamente, y hilos de saliva y semen corrieron desde sus labios hasta la punta de su pene, hasta que se rompieron.
Ella jadeó, tosiendo húmedamente, la saliva y su semen goteando por su barbilla.
Por un instante se quedó allí, con los labios temblando, parpadeando entre lágrimas, tragando los últimos vestigios de él.
Se limpió la punta con la tela de sus calzoncillos antes de volver a guardar su pene.
Su mano se extendió rápidamente, agarrándole la barbilla para levantarle la cabeza.
—Mírame —exigió.
Parpadeó para contener las lágrimas y, a regañadientes, lo miró a los ojos. Su semen seguía pegado a su garganta, por más que intentara tragarlo. Eso solo hacía que lo saboreara con más frecuencia.
—Valoro a los compañeros que demuestran su afán por aprender y mejorar —le acercó el rostro—. ¿Aprendiste la lección, Marie?
Ella asintió lentamente contra su agarre.
Se inclinó más cerca.
—¿Y qué lección es esa?
—Vestidos —susurró, odiando la derrota en su voz—. O faldas. Nada que... que te lo ponga difícil.
Una sonrisa lenta y engreída se dibujó en su rostro. —¿Difícil para mí qué?
Su rostro ardía. —Para... usarme.
—¿Para usarte cuándo?
Ella volvió a tragar el sabor de él. —Cuando quieras.
En algún lugar del pasillo, una puerta de cristal se cerró de golpe. Se oyeron risas. Unos pasos se alejaron lentamente. Probablemente, uno de los otros equipos había terminado sus reuniones. Ahora se dirigían a casa, ajenos a lo que había ocurrido en la habitación contigua.
Parpadeó lentamente, y una última lágrima rodó por su mejilla.
—Ahora —dijo, soltándole finalmente la barbilla—. ¿Qué dices?
Ella sabía lo que él quería. Pero sus palabras le dolían como el ácido.
—Gracias.
—¿Gracias por...?
Su voz se quebró. —Gracias por... enseñarme.
—¿Enseñándote qué?
Una lágrima rodó por su mejilla. —Me estás dando una lección.
—Buena chica.
Su pulgar rozó sus labios y luego se deslizó hasta su barbilla.
—Eres un desastre —observó—. El rímel corrido. Mi semen en tu barbilla. Te sienta bien.
Se obligó a no inmutarse. A no mostrar más de lo necesario. Porque entre sus piernas aún sentía dolor y sensibilidad, y podía saborear su semen con cada trago.
Él echó la silla hacia atrás para darle suficiente espacio para que pudiera salir gateando de debajo del escritorio.
No es que quisiera. Quería acurrucarse. O vomitar.
Salió gateando a cuatro patas, con las piernas hormigueando dolorosamente por la postura y el esfuerzo. Volvió a toser, con la boca húmeda y forzada, con el semen pegado al fondo de la garganta.
Con las piernas temblorosas se levantó lentamente, sin mirarlo. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
Necesitaría toda la goma de mascar y la pasta de dientes que tuviera para librarse del sabor que le dejaba.
Recogió sus aparatos electrónicos y se dirigió hacia la puerta. Pero se giró de nuevo, como si algún pensamiento que se le había escapado antes hubiera vuelto a su mente.
—Toma un taxi para volver a casa, no quiero que estés sola en el transporte público a estas horas de la noche. Cárgalo a la causa.
Sin esperar su respuesta, salió y cerró la puerta tras de sí.
Se quedó allí de pie, con el sabor de él aún impregnado en su lengua.
En el instante en que se cerró la puerta, buscó a toda prisa sus pantalones, como si pudiera conservar su dignidad en ese momento.
Le dolía la mandíbula. Le ardía la garganta. El sabor de su semen aún permanecía en su garganta.