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1391 Words

Federico había pasado una noche horrible. Se culpaba por no haber insistido en acompañar a Agustina, por haber faltado al trabajo, cuando jamás lo hacía y por no poder manejar sus pensamientos. Sólo el recuerdo de sus escasos encuentros le devolvía algo de paz que se esfumaba al recordar la forma en que se había ido. Llegó al edificio del puerto con la esperanza de volver a verla y el letrero que anunciaba que los días miércoles el museo permanecía cerrado terminó de agotar su humor. Preso de sus propias formas, saludó con cortesía a Aída y se encerró en su oficina para ocuparse en lo que mejor sabía hacer: trabajar. Las horas fueron lentas y tediosas, no entendía cómo se podía pensar en alguien todo el tiempo, sobre todo si era alguien a quien apenas conocía. Jorge pasó a saludarlo

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